Una mujer saca el precinto de una fuente para poder llenar una garrafa de agua. Otra extiende sábanas para que se sequen a la puerta de una caravana. Si fuera una imagen en blanco y negro, podríamos pensar que es una escena de los años sesenta, cuando en Barcelona las barracas eran un hecho habitual. Pero se trata del siglo XXI durante una pandemia que está asolando el mundo y que agrava la precaria situación de los últimos barraquistas de la ciudad.

Pasar el confinamiento en un piso pequeño se está convirtiendo en un toda una odisea, pero hacerlo en una infravivienda como una barraca hecha con chapas o uralitas, una caravana o un camión habilitado es, directamente, una pesadilla en que viven de manera permanente más de 800 personas, 200 de ellas menores de edad. "Vivir en confinamiento en una barraca es muy complicado", nos explica Judith Escot, trabajadora de la entidad social Amics del Moviment Quart Món, que se encarga de dar asistencia a estas familias. "La mayoría han salido lo mínimo imprescindible, puesto que son muy conscientes respecto a las enfermedades. Tienen miedo por sus hijos y por sus abuelos", explica.

Desde la asociación se hace mucho énfasis en la diferencia entre uno sin techo que se hace un refugio o una familia que vive en una barraca. "Nos­otros atendemos familias que están de manera legal en el país pero que no tienen un lugar estable donde vivir, lo hacen en caravanas o camiones, que tienen habilitados". Cogen el agua y la luz directamente de la calle y trabajan en la economía sumergida: "Se dedican a hacer palets y a buscar chatarra, y ahora su economía se ha reducido mucho. Pero todo y sus carencias tienen mucho miedo de contagiarse, especialmente por los niños, y se han protegido haciendo el confinamiento".

Un caso contrario es el de personas sin techo, habituadas a vivir en la calle, que montan tiendas de campaña o se hacen pequeños cubiertos enganchados a la pared para tener un cobijo por la noche. "Nosotros les vemos desde la ventana de casa", explica Jordi S., vecino de la calle Badajoz, "y no han hecho el confinamiento, salen cada mañana de sus barraquitas y vuelven por la noche, pero no hay más que antes, son los mismos de siempre".

Voluntarios de entidades como Cáritas o Arrels Fundació les ofrecen bocadillos y kits de higiene con gel, mascarilla y guantes, pero, como asegura Jordi, "si fuman todo el día, no sé de que sirve que los den mascaretes. Tendrían que poder ofrecerles un lugar donde estar durante este periodo". En los dos pabellones de la Fira de Barcelona habilitados para la emergencia les dejan entrar pero no salir, y la mayoría no quieren ir porque prefieren la calle. La Barcelona en color también tiene barracas.

El ascensor social cuelga el cartel de "no funciona"
"Es muy complicado que los niños que viven en una infravivienda puedan seguir una escolarización en linea en tiempo de confinamiento", declara con rotundidad Judith Escot, de Amics del Moviment Quart Món. "La educación ha dejado de ser un ascensor social, porque no tienen acceso, como el resto de alumnos, y están en una gran desventaja respecto a otros niños. Si encima tienen padres que son prácticamente analfabetos, se complica todo todavía más, porque no tienen ningún apoyo", explica.

A la falta de recursos de las familias se tiene que añadir el hecho de que la Generalitat todavía no ha entregado los ordenadores portátiles prometidos a los niños de familias con menos recursos, para que puedan seguir las clases en linea. "Si repartes ordenadores pero no repartes líneas de internet, pues no haces nada, porque muchas veces estas familias se han movido de barraca hasta cinco veces en dos años, y no pagarán el wifi", comenta Escot. Según la asociación, cuesta mucho que los menores que viven en barracas estén escolarizados hasta el final de la ESO, y por eso seguir los planes educativos es tan importante. La educación, que tiene que servir de ascensor social, ha colgado el cartel de "no funciona".

Montjuic es el refugio de MENAs abandonados
Con una actitud desafiante y en grupos de tres o cuatro, los menores no acompañados que han salido del sistema de protección de la Generalitat pasan el tiempo de confinamiento paseando por las calles del Raval y los alrededores del parque de Montjuic. "Se pasan el día en la calle" asegura Olga, vecina del Poble-sec, "y tienen atemorizados a los vecinos que van a comprar. A muchos les han intentado atracar aprovechando que no hay Guardia Urbana, y si les llaman la atención, se encaran con quienes lo hace. Ya no tienen turistas para atracar y se dedican a los vecinos de la zona".

Estos jóvenes acampan en asentamientos ilegales en Montjuic, en barracas dónde con cuatro chapas y cartones se han construido un cobijo para pasar la noche. "No han respetado ningún día de confinamiento" afirma Andrea, que acostumbra a pasear su perro por el parque. "Se drogan, se pelean y duermen en las barracas que se han hecho. Montjuic está lleno e incluso esparcen llaves y cristales rotos para que la policía no pueda venir a cogerles".

La mayoría de estos jóvenes, todo y su corta edad, son viejos conocidos de los Mossos y de la Guardia Urbana, puesto que se dedican al trapicheo de drogas o a hurtos, cada vez con más violencia. El Ayuntamiento cifra en unos 70 los niños menores de edad que viven en la calle, pero la Generalitat asegura que son sólo unos 40, pero unos y otros coinciden en la dificultad de controlarles y hacerles seguir alguno de los protocolos de higiene.