Joan Laporta ha vuelto a los titulares de actualidad del Barça para quedarse de cara a las elecciones que aproximadamente de aquí a un año tienen que elegir a un nuevo presidente. La diferencia respecto a su desorden y la compulsión mediática anterior es que ahora vuelve muy dirigido, bajo un estricto control y con el fuerte apoyo del periodista de más influencia en Cataluña, Jordi Basté, director del espacio de radio más escuchado en esta comunidad, El món a RAC1.

Jordi Basté ha iniciado una inteligente serie de acciones para reconvertir a Joan Laporta en un personaje del entorno barcelonista nuevamente creíble y con capacidad para liderar este sector de los socios que todavía siguen los referentes de la histórica oposición al nuñismo, básicamente el credo del cruyffismo, como guía espiritual. También quiere aprovechar el lustre que le dio en su día fichar a Guardiola, contra su voluntad, y capitalizar los títulos de Messi.

Aunque Laporta ha demostrado ser un pésimo gestor de su propio patrimonio, sigue destacando por ser demasiado audaz, irresponsable y caradura como pocos, capaz de dejar el club en quiebra el 2010 y obtener 15.615 votos el 2015. Y si se ha convertido en el preferido de Jordi Basté es porque, entre otros motivos, odia Víctor Font y le ha hecho, amistosamente y de buen rollo, un pulso a Jaume Roures. El periodista de RAC1 se ve capaz de presentar su propio candidato y hacerle presidente. No le ve rival, siempre que le haga caso y obedezca sus consignas.

No es casual el giro respecto a Sandro Rosell, a quién Basté sacudía radiofónicamente día sí día también, y a quien ahora propone para el Nobel de la paz. Detrás hay la astucia mediática de recomponer la imagen de Laporta, que para muchos socios sigue siendo un barcelonista mal educado, vividor, tramposo y mentiroso que se aprovechó del Barça para sus propios intereses profesionales y de negocio.

Como primer paso, Basté ha aprovechado el lanzamiento del libro de Sandro Rosell, Un fuerte abrazo, por el único titular que le interesaba: que Rosell y Laporta habían hecho las paces. Efectivamente, Laporta llamó a Rosell siguiendo el plan de Jordi Basté, habilidoso aunque poco sutil, para intentar presentarlos los dos al mismo nivel ante la opinión pública. Si lo consigue, de aquí a un año sólo uno será candidato a las elecciones, Joan Laporta, salvo que haya sorpresas de última hora.

La diferencia entre ser víctima y hacerse la víctima
La estrategia es presentar Rosell como una víctima de las cloacas del Estado y Laporta como víctima, también, del acoso judicial por la acción de responsabilidad derivada de haber dejado más de 70 millones de pérdidas. Sería una farsa mediática y periodística más. A Rosell, en efecto, le persiguieron penalmente por presuntos delitos de corrupción financiera y blanqueo de dinero de los cuales fue del todo absuelto después de cumplir la pena preventiva más larga de la historia carcelaria en España por delitos económicos.

A Laporta, por el contrario, fue la Ley del Deporte, en aplicación de la normativa y por un legítimo mandato asambleario, quién le interpuso una acción de responsabilidad por el hecho, no delictivo, de haber gastado más dinero de los socios del Barça de los que podía gastar. A partir de aquí, todos los procesos que ha habido, el primero por parte de Joan Laporta impugnando los acuerdos de la asamblea ordinaria del FC Barcelona del 2010, que perdió en todas las instancias, no han hecho cambiar nada. Laporta y su junta se gastaron 70 millones de más, que tenían que devolver. Gracias a la generosidad de Josep Maria Bartomeu, pero, que paralizó el recurso ante la Audiencia Provincial, el club no los ha recuperado. Ni los recuperará nunca.

Todos quieren ser el heredero de Johan Cruyff
La arma propagandística y el reservorio del cruyffismo como el único remedio universal de todos los males del Barça no le sirvieron a Joan Laporta para ganar las elecciones del 2015, cuando cayó ampliamente derrotado por un Bartomeu imbatible gracias a un tridente y al triplete que conquistó. El escenario, pero, ha cambiado mucho en los últimos años hasta que esta etiqueta de cruyffista se ha convertido en un tipo de tesoro pretendido ahora por hasta tres perfiles diferentes.

Uno de ellos, el precandidat Víctor Font, por supuesto ha hecho bandera de Cruyff y del que representa, aunque se le haya metido entre ceja y ceja que esta filosofía lo encarne la figura de Xavi Hernández. También ha empatitzat con la herencia de Cruyff, sorprendentemente, la junta de Josep Maria Bartomeu, que ha sido responsable de su beatificación azulgrana después de su muerte. No sólo ha levantado un estadio en su nombre, sino que pretende transferirle los valores del plantel (heregía), arrebatándoles al único fundador de la filosofía del fútbol azulgrana, Oriol Tort.

Tal ha sido la obsesión de Jordi Cardoner, vicepresidente primero y emprendedor de esta revuelta interna a favor de Cruyff, que además de financiar su fundación desde la del Barça, ha abierto un canal de comercio electrónico para la ropa Cruyff dentro de la web del FC Barcelona. Y finalmente, hay Laporta, el genuino heredero del cruyffismo, que, no lo olvidemos, organizó el Elefante Azul a principio de las guerras de los ismos y se inventó después el cargo de presidente de honor.