La situación, las expectativas y el futuro de Julián Álvarez se han convertido desde hace meses en un aliado recurrente y cada vez más sórdido de las portadas de la prensa especializada del Barça y en una especie de folleto que, más allá de parecerse a otros seriales del mercado de verano, empieza a mostrar puntos de coincidencia, bastante peligrosos y alarmantes, con otro de esos traspasos que han hecho historia y cuyo relato aún resulta molesto de revivir por razones obvias, como el sonado fichaje de Luis Figo por el Real Madrid en el verano del año 2000.
Entonces, en el momento más caliente de la batalla electoral, el candidato a la presidencia del Real Madrid, Florentino Pérez, prometió a sus socios pagarles un año de cuota de su bolsillo si salía elegido y Figo no era presentado como nuevo jugador blanco.
Para que aquella promesa electoral, agobiante, desafiante y de un riesgo enorme, se hiciera realidad, debían darse y coincidir tres circunstancias absolutamente excepcionales: la primera, que los socios del Real Madrid, creyendo en aquella bomba, votaran Florentino; y la segunda, que se depositase en LaLiga la desorbitada cantidad de 10.000 millones de pesetas, 60 millones de euros al cambio, que, con el IPC aplicado desde hace 25 años, equivaldrían a un valor de mercado actual de 107 millones de euros. Complicado y perturbador.
El tercer vector que debía alinearse, aún más determinante si cabe que los otros dos, era la voluntad personal del futbolista portugués de aceptar convertirse en el juguete electoral de un candidato del Real Madrid, un millonario como Florentino Pérez, mientras que el 100% de los demás dos, era la voluntad personal del futbolista portugués de aceptar convertirse en el juguete electoral de un candidato del Real Madrid, un millonario como Florentino Pérez, mientras que el 100% de los demás dos, era la voluntad personal del futbolista portugués de aceptar convertirse en el juguete electoral de un candidato del Real Madrid, un millonario como Florentino Pérez, mientras que el 100% de los demás dos, era la voluntad personal del futbolista portugués de aceptar convertirse en el juguete electoral de un en el Barcelona también se celebraban unas elecciones igualmente trascendentes para la sucesión del presidente Josep Lluís Núñez después de 22 años de mandato y de su dimisión controvertida y forzada por una gran alianza en su contra integrada por la mayoría de fuerzas políticas desde la plaza de Sant Jaume, poderes mediáticos (TV3, Mediapro, Grupo Z y el eje SER y El País), así como potencias económicas, policiales, judiciales y sociales de Cataluña que apoyaban y cobertura a quien por entonces ya era un agitador insensible, barato y cruel montado a lomos del Elefante Azul, como lo era Joan Laporta.
Con todo, los socios del Barça votaron a Joan Gaspart pese a que Núñez nunca lo señaló como su sucesor ni le dio su firma, ante la figura ciertamente artificial y arrogante de Lluís Bassat.
Fuego cruzado Barça-Madrid
En medio de aquel fuego cruzado entre Barcelona y Madrid, e internamente en cada frente electoral, Figo se erigió en el principal protagonista de las portadas después de haber firmado, en efecto, que aceptaba vestir de blanco si Florentino ganaba las elecciones y depositaba la cláusula de rescisión.
Figo jugó a dos bandas, se explica desde su entorno, con la certeza de que, si Gaspart, o Bassat, resultaba vencedor, el Barça pagaría la penalización acordada entre el portugués y Florentino por el importe equivalente a una temporada de las cuotas de socio del Real Madrid.
En el Madrid ganó Florentino y en el Barça, Gaspart, que se negó a gastar parte de las reservas del club en retener a Figo después de haber firmado con el enemigo y, en cambio, se apresuró a derrochar el enorme patrimonio económico heredado de Núñez y, además, los 10.000 millones de pesetas de la cláusula del portugués en una decena de fichajes horrorosos, especialmente Overmans y Petit.
La consecuencia fue que, a los tres años, Gaspart había arruinado al Barça, como es bien sabido, y había abierto de bate a bate las puertas a un malgastador y tramposo aún peor, Joan Laporta.
Repitición de una historia
En cuanto a Figo, como ahora ocurre con Julián Álvarez, él fue el principal y único culpable de aquel terremoto, firmando el que firmó, comprometiéndose a vestir de blanco a pesar de ser un referente del barcelonismo.
Nada nuevo ni sorprendente. Siendo jugador del Sporting de Lisboa (1994-1995), Figo llegó a firmar dos acuerdos con dos equipos italianos, el Parma y la Juventus, un hecho expresamente prohibido por las normas del fútbol profesional.
El conflicto legal fue escandaloso, ya que ambos clubes reclamaban tener derecho sobre el jugador y Figo quedó expuesto a una sanción de hasta dos años sin poder jugar en Italia. La
a solución para evitar la sanción pasó por negociar la ruptura de uno de los contratos (con la Juventus), manteniendo el del Parma, que, a su vez, se comprometió a llegar a un acuerdo para traspasarlo al Barça.
Duplicidad de contratos
Más adelante, Figo ya dio otro aviso de su facilidad para duplicar contratos firmando un precontrato con el Milan mientras negociaba su renovación con el Barça. Se dio por hecho que jugaría en San Siro, pero finalmente Núñez pudo deshacer el embrollo y ligar la continuidad de Figo a cambio de fichar, con el desgraciado beneplácito de Louis van Gaal, todos los holandeses que entonces jugaban en el Milan.
Ahora, en un escenario en el que parece más difícil que alguien acabe pagando la cláusula de 500 millones del delantero argentino del Atlético de Madrid, sí es evidente que Julián Álvarez es quien está permitiendo con su silencio y complicidad que primero el Barça, ahora el Real Madrid y apenas el Bayern aparezcan como aspirantes serios a ficharlo.
El Barça, en un movimiento extraño, ha filtrado su oferta inicial de 100 millones y también que solo subirá la apuesta hasta los 120 millones si llega el caso.
Absurdo. Mientras el Real Madrid acaba de protagonizar un ‘juan-palomo’ reconociendo haber ofrecido 150 millones al Atlético de Madrid por Julián Álvarez y haber obtenido una respuesta negativa desde el Metropolitano en otra maniobra que deja la duda sobre si el jugador, cuyo agente se deja estimar por lo primero que pasa, había permitido abrir esa vía completamente incompatible con la posibilidad de jugar en el Barça.
Listón a los 150 millones
Florentino deja el listón de la operación, al menos en teoría, por encima de los 150 millones si hay que hacer caso de esta negativa del Atlético de Madrid, que continúa remitiéndose a los 500 millones de la cláusula.
El Barça, sin entrar en otras consideraciones, también se ha adueñado de pasada la burla del Atlético de Madrid, publicando en sus cuentas oficiales su ‘oferta’ por Lamine Yamal y Pedri: una suscripción al ABC, entradas para un concierto de Bad Bunny y pipas…
Con todo ello, Julián Álvarez no ha hecho más que empeorar las cosas cada vez que, ambiguamente, habla de su futuro como si no tuviera la intención de cumplir su contrato con su club actual, lo que permite las especulaciones y el interés azulgrana como posible sustituto de Lewandowski.
La cuestión es si, con estos antecedentes, el Barça debe replantearse el fichaje de un futbolista tan poco serio en este sentido, flirteando con el entorno azulgrana sabiendo que tiene cuatro años de contrato con su club actual y que, salvo que el Barça no venda Raphinha, por ejemplo, o varios jugadores, sigue estando a años luz de encontrarse en condiciones de asumir el coste de su fichaje.
Deseos
Al Barça de Laporta le va bien mantener esa llama mediática encendida en el panorama oscuro de su precariedad de este otro verano, ya que en las encuestas ya aparece el nombre de Julián Álvarez como el gran deseado para la delantera del tercer proyecto de Hansi Flick.
Al mismo tiempo que, contradictoriamente, se gasta el dinero que aún no tiene en Anthony Gordon (80 millones) un fichaje que en la práctica del auténtico fair play azulgrana, aún excedido, no cabe y además complica o imposibilita el de Julián Álvarez.
Y ahora el Mundial lo acabará de complicar todo porque, si marca goles, aumentará su cotización y se alejará aún más del Spotify; y, si fracasa, el fichaje no tendría sentido. Hace olor a montaje, sí.

