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¿Qué estás leyendo ahora?

Quizás a algunos lectores les puede parecer inverosímil, pero les aseguro que hubo un tiempo que en las reuniones entre familiares y amigos que tenían una cierta formación académica, se acostumbraba a formular esta pregunta: y ahora ¿qué estás leyendo? Era una manera inteligente de iniciar una conversación, ya que se daba por supuesto que el interlocutor no permanecería callado y, con una sonrisa de complicidad bien ganada, contestaría diciendo el título y el autor del libro que había terminado aquel fin de semana, o que tenía medio empezado sobre la mesilla de noche. Naturalmente, también podía darse el caso de que este interlocutor no estuviera leyendo ningún tipo de libro en aquellos momentos, que estuviera pasando por un tiempo de silencio libresco, pero en este caso la pregunta a menudo le servía de aguijón para volver a incorporarse a la sociedad de lectores de la que había formado parte.

Susana Alonso

Si el libro leído o recién iniciado era una novela, tanto podía tratarse de una obra clásica (Madame Bovary, de Flaubert, Los papeles pótumso del club Pickwick, de Dickens, o La Regenta, de Clarín) como de una obra moderna que, pasados unos años, ha devenido también clásica (El Camino, de Delibes, El cuarto de atrás, de Martín Gaite, o El Quadern gris, de Josep Pla).

Algunos lectores tampoco se lo creerán, pero en aquellos tiempos las gentes que se hacían estas preguntas también leían, con aprovechamiento, libro de poemas, como por ejemplo Campos de Castilla de Antonio Machado, Poeta en NuevaYork, de Lorca, o Cementiri de Sinera, de Salvador Espriu.

En más de una ocasión sucedía que el libro por el que se preguntaba ya había sido leído por aquel que formulaba la pregunta, pero en todo caso aquella conversación iniciada servía para despertar la curiosidad de ambos -del que preguntaba y del que contestaba- por las lecturas de cada uno. Una conversación que, si iba acompañada de una copa de coñac o de un vaso de aquellos largos de whisky con hielo, podía alargarse toda la noche.

Actualmente son muchas más las personas que tienen una formación académica similar a la que tenían los lectores citados, pero, ¡ay!, en sus reuniones con familiares y amigos, las preguntas sobre las lecturas de cada uno casi han desaparecido y, a menudo, han sido sustituidas por otras relativas a las series televisivas o que se emiten por las plataformas de pago que nos rodean y que, como las sirenas de la Eneida, no paran de cantarnos sus músicas traidoras. O sea, que en vez de tú qué libro estás leyendo, la pregunta es tú qué serie estás viendo.

¡Ah!, y en la mesilla de noche de estos contemporáneos nuestros, en lugar de uno o varios de libros empezados y, alguna vez, subrayados, acostumbra a haber uno o dos teléfonos móviles, no fuera que, durante la noche, nos llame cualquier llamador.

Los lectores que, como el autor, sean o hayan sido unos contumaces cinéfilos, no pueden estar en contra de todas las series televisivas o que se emiten por las plataformas de marras; sin ir más lejos, hay series españolas y catalanas de pocos capítulos, como Hierro o In Vitro que son muy recomendables, por no hablar de aquellas otras, en general americanas, que se han erigido como referentes y que han dado lugar a varias secuelas (Los Soprano, El ala Oeste de la Casa Blanca).

Cabe preguntarse, no obstante, si la visión y el consumo diarios de diferentes capítulos de una serie televisiva o plataformesca, no es incompatible con la lectura semanal de una buena novela.

La respuesta, naturalmente, no puede ser otra que un «depende»: si el consumo de imágenes ocupa, de una manera indiscriminada y abrumadora, la mayor parte del tiempo libre del paciente consumidor, éste ya no tendrá tiempo para la lectura, que será sustituida por mensajes cortos y mal confeccionados a través del móvil.

En cambio, si el consumo de imágenes es moderado y selectivo, si cada uno ve las imágenes que quiere y no las que la constante e insistente propaganda de los medios nos propone, la lectura de buenos libros (no, por favor, de los best sellers de cualquier Sant Jordi) puede convertirse en una verdadera afición que dure tanto como la propia vida.

Ningún día sin leer, ningún día sin una lectura que nos sea aprovechosa.

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