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El capitalismo desbocado

Hector Santcovsky

Sociòleg, expert en polítiques públiques de desenvolupament i sostenibilitat.
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Vivimos una época extraña. El capitalismo parece haber perdido cualquier mecanismo de autocontención. Las viejas élites económicas, industriales o financieras han sido sustituidas —o absorbidas— por una nueva generación de tecnooligarcas capaces de acumular simultáneamente datos, infraestructuras digitales, plataformas, inteligencia artificial y capacidad de influencia política global. Nunca antes tan pocos actores privados habían concentrado semejante poder.

Susana Alonso

Mientras tanto, Donald Trump dinamita cualquier molde ético o institucional. Ya no es sólo un liderazgo polémico, sino la normalización de una lógica donde el poder político opera como espectáculo permanente, confrontación emocional y transacción inmediata. La política se convierte en algoritmo, audiencia y relato instantáneo. Y en paralelo, tampoco queda claro qué domina el escenario global: si la geopolítica o la geoeconomía. Las guerras comerciales son guerras estratégicas; las cadenas logísticas, instrumentos de poder; los semiconductores valen más que muchos ejércitos; los datos son recursos críticos.

En este contexto, el mercado continúa proclamando las virtudes de la competencia y la eficiencia… hasta que aparecen las crisis. Entonces reaparece el Estado.

Ocurrió con la crisis financiera de 2008, donde las irresponsabilidades de bancos y fondos fueron socializadas mediante rescates públicos multimillonarios mientras muchos responsables salían indemnes. El capitalismo contemporáneo ha perfeccionado un mecanismo perverso: privatizar beneficios y socializar pérdidas. La retórica liberal desaparece cuando el sistema colapsa.

Sucede también con la transición energética. Los Estados subvencionan la descarbonización, financian renovables, redes, almacenamiento o electrificación porque la magnitud de la inversión supera la lógica privada. Sin embargo, los beneficios extraordinarios de eléctricas y petroleras alcanzan niveles escandalosos. Y cuando llegan crisis energéticas, son los gobiernos quienes garantizan suministro, precios o seguridad.

Lo mismo ocurre con las fracturas sociales. La inmigración derivada de desigualdades, conflictos o crisis climáticas es gestionada por sistemas públicos. También la exclusión, la precariedad laboral, la vivienda inaccesible o el deterioro de servicios básicos. El Estado custe las costuras de una globalización que fragmenta más rápido de lo que la política puede absorber.

Y, sin embargo, el populismo reaccionario sigue avanzando. Orbán puede retroceder puntualmente, pero Farage reaparece, Trump mantiene su capacidad de movilización y corrientes ultranacionalistas crecen en Europa y América. La paradoja es evidente: cuanto más imprescindible es el Estado para sostener la estabilidad, más se erosiona su legitimidad.

Mientras Occidente se consume en polarización, China observa, corrige y gana posiciones. Tiene problemas —burbuja inmobiliaria, envejecimiento, tensiones financieras—, pero mantiene algo que las democracias han debilitado: capacidad de dirección estratégica a largo plazo. Pekín entiende que energía, materias primas, inteligencia artificial, logística y datos forman parte de una misma arquitectura de poder.

Ante esto, varios economistas intentan reconstruir alternativas. Piketty y Zucman plantean fiscalidad global; Mazzucato reivindica el Estado emprendedor; Stiglitz insiste en corregir fallas distributivas. Y Polanyi reaparece explicando que la ficción del mercado autorregulado acaba destruyendo los equilibrios sociales que sostienen la democracia. Cuando todo se mercantiliza —trabajo, vivienda, energía, o datos— la sociedad reacciona para protegerse. Este «doble movimiento» sigue plenamente vigente.

La diferencia es que hoy el capitalismo opera a velocidad digital y escala planetaria, bajo arquitecturas tecnológicas muy concentradas. Y la izquierda, a menudo, parece haber perdido capacidad de interpretación. Entre discursos fragmentados, burocracias agotadas y cierta ingenuidad frente al poder tecnológico y financiero, parte del progresismo aparece desconectada de las inseguridades materiales.

Aquí reside una de las claves del momento. El neoliberalismo sigue ganando no tanto por convicción intelectual como por la incapacidad de sus adversarios para construir una narrativa sólida y operativa de futuro. ¿Y qué emerge de todo esto?

Un mundo más híbrido, inestable e intervencionista de lo que se preveía., y menos liberal de lo que proclama, pero no necesariamente más justo. Un retorno del Estado no como proyecto coherente, sino como mecanismo de contención ante crisis sucesivas. Y, sobre todo, una disputa creciente entre democracia, tecnología y poder económico para definir quién gobierna realmente las sociedades del siglo XXI. Porque la cuestión de fondo ya no es sólo económica. Es civilizatoria.

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