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La decepción del votante de izquierdas

Rosa Maria Puigserra

Periodista d'RTVE. Actualment, dirigeixo la revista cultural 'Les Notícies de llengua i treball'.
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La desmovilización de las izquierdas es una de las estrategias políticas mejor diseñadas y menos reconocidas por parte de las derechas. Funciona precisamente porque aprovecha las mejores cualidades de la gente de izquierdas: la exigencia ética, el sentido de coherencia personal y el rechazo a la hipocresía.

El «yo no me mancho las manos votando esto» es un lujo que sólo se pueden permitir aquellos que no se sienten en peligro inmediato. Los que aspiran al poder lo saben muy bien. Han aprendido que no hay que convencer a la izquierda de que su proyecto es mejor: basta con alimentar la decepción.

La frase « Yo no voy a cenar, que se joda el capitán » resume a la perfección esta actitud adolescente elevada a principio político. El problema es que el barco no se detiene porque tú no vayas a cenar. Sólo cambia quien está en la mesa del capitán.

Ser crítico es necesario. Ser exigente con los valores, también. Pero ser tan primoroso hasta el punto de la abstención o el voto de castigo sistemático es, demasiado a menudo, una forma sofisticada de irresponsabilidad disfrazada de superioridad moral. Y los adversarios lo celebran en silencio.

La abstención nunca es neutral. En la práctica, sólo es delegación de voto a quien la ejerce. A la derecha no le hace daño, ya que está estructurada y protegida política, económica y socialmente. La izquierda necesita a todo el mundo para cambiar el estado de las cosas.

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