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De Sant Jordi y la Literatura

Jordi Corominas

Escriptor i periodista. Col·labora a diversos mitjans escrits i radiofònics, des del Catalunya Plural al '24 Horas' de RNE, o a 'Más de Uno' d'Onda Cero. Fa moltes coses, i per ara els seus darrers llibres són 'Bohigas contra Barcelona' (Athenaica) i 'Nortes' (Sílex), prova del seu amor per caminar la seva ciutat i tota Europa.
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El mundo del libro en Catalunya y España es una preciosa metáfora de cómo va el país, engañado en la percepción de sí mismo a causa de determinados males, detectables, sin mucha complicación, en la mayoría de sus ámbitos.

¿De qué enfermedades hablo? La más obvia, hasta el punto de centrar este texto, es la incapacidad de mirar más allá de su ombligo, algo asociado a un amor propio fortísimo, cuando en realidad suele ser lo contrario, no en vano Barcelona es una ciudad que se vanagloria, según un anuncio, de tener una hamburguesa bautizada Kevin Bacon.

Enrique Vila-Matas decía aquello de viajar, perder países, mientras suele atribuirse a Walter Benjamin que el nacionalismo se cura viajando. El lugar donde vivimos, un hecho aún más sorprendente en un mundo con muchas posibilidades de mirar afuera, padece un preocupante ensimismamiento. Lo demuestran las redes sociales, monopolizadas por ojos provincianos, inútiles porque son ruido y jamás quieren debatir y mucho menos aprender, pues si todo el mundo tiene razón es quimérico el diálogo, marchitándonos con bronca y mediocridad.

En este sentido, Sant Jordi es paradigmático. Durante unos días escuchamos eso de cómo somos únicos por la rosa y el libro justo el día de la muerte, o eso dicen, de los dos grandes de la literatura universal: Shakespeare y Cervantes. El 23 de abril también murió el más inmenso escritor en catalán. Josep Pla, pero nadie lo festeja en su casa, no por no ser profeta en su tierra, sino más bien porque la sombra del Pujolismo es alargada y eso de ir más allá causa enorme pereza.

Esta también es cinismo. Soy un autor al que no le va mal del todo. Tengo reconocimiento, brego por publicar en editoriales óptimas para mis intereses y jamás he manifestado pasión por Sant Jordi, pues preferiría 364 días centrados en apostar por los libros en vez de uno solo, qué cosas, donde los escritores permanecemos aparcados por fenómenos oportunistas y elementos de otras profesiones a quien un fantasma, empleo la palabra para no poner otra susceptible de crear malentendidos, les ha redactado el texto.

¿Por qué pasa todo esto? Porque, lo decía el editor jubilado Constantino Bértolo en un volumen de reciente publicación, aquí no se busca la calidad, sino la cantidad, no la literatura, sino vender como animales, como si los libros fueran productos. Epa, ahora mismo lo son para la mayoría de los implicados en este mercado interior con espíritu grotesco de perdedor, algo que conviene explicar a todos aquellos que no se hallan en la sala de máquinas.

Lo haremos mediante tres ejemplos. Ahora mismo nadie sin afición a la lectura podria reconocer a ningún autor/a por la calle. Alguien me desmentirá con aquello de “hombre Jordi, David Uclés está en todas partes”. Claro que sí guapi, hasta ser un meme, una caricatura indigesta que no hace ningún favor a la profesión al ser un personaje que confunde, pues ser popular no supone escribir bien y quien lea el último libro del chico de la boina sobre Barcelona, curiosamente subvencionado con una beca Montserrat Roig, comprobará como es una ficción inexacta y delirante en sentido peyorativo.

Por otro lado, este ser perdedores encaja muy bien con respuestas de editores y agentes literarios. Servidor, puede comprobarse aquí, así como en otros medios, cree en la idea de Europa. Escribo y me gusta tener lectores catalanes y españoles, hito complicado, sobre todo cuando en el Principado parece ofensivo usar ambas lenguas para escribir. Pero también me gustaría ir más allá y ser traducido en todo el Viejo Mundo. No es imposible, pero muchas veces ni se plantea porque, según muchos responsables, es complicadísimo cruzar esa frontera, mientras italianas, franceses o anglosajones nos llenan la mesa caliente de novedades con admirable constancia.

La mesa caliente es otro horror. Tiene altas temperaturas porque los libros, que deberían aportar reflexión, dependen de un macabro mecanismo según el cual no pueden respirar para dejar paso a la siguiente remesa de mercadería fresca. Así es utópico crear ningún tipo de canon válido ni proporcionar a quien manifieste interés unas vías óptimas e inmediatas, adjetivo que sólo cobra peso por cómo vuelan las páginas camino del almacén o la guillotina.

Una vez un editor me dijo que Italia queda muy lejos cuando le plantee un libro sobre un asunto de la Bota que a todos nos afecta. La lejanía no era la de Roma y compañía, más bien la de mentes estrechas de miras y ávidas en el arte de ganar dinero sin querer temas internacionales, como si deberíamos de conformar con la provincia, quitándonos la venda de los ojos sólo para consumir en Sant Jordi.

voler tenir temes internacionals, com si ens haguéssim de confirmar amb la província, traient-nos el drap dels ulls només per a consumir a Sant Jordi.

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