La versión de la junta directiva y de la prensa colaboracionista sitúa a Hansi Flick en la posición, justificadamente, de privilegio. De haber aceptado de palabra una ampliación de contrato hasta la temporada 2027-28, teniendo sobre la mesa una oferta para prorrogarla, por una más, acordada por ambas partes en función de determinados objetivos y circunstancias. Flick no ha querido firmar, todavía, ninguna de las propuestas.
Su continuidad se da por hecha, segura, confirmada e incluso se estira como un chicle, si conviene, en función de las necesidades mediáticas del laportismo.
Fue objeto de una de las apuestas electorales más sonadas cuando, ante el anuncio de Víctor Font de sustituir a Deco en caso de ser elegido presidente, Laporta contraatacó con una jugada definitiva: «Si se va Deco, Hansi no continuará en el Barça».
Para Laporta, ambos forman una unidad del destino en el horizonte de la dirección técnica y del vestuario. Se trata de dos piezas clave de su gestión que, hasta ahora, han encajado en el desgajado y caprichoso zig-zag mental y estratégico diario del presidente.
Consecuencia de su improvisación, como es evidente, no hay fichaje de nivel que se pueda consumar por falta de fair play y, en caso de cerrar alguno, nunca es de primera línea, siempre resulta ser el de un amigo de Laporta (Mendes o Pini Zahavi). Y si valen la pena, como Dami Olmo o Joan Garcia, se acaban inscribiendo por la vía franquista y totalitaria, al más puro estilo laportista y con el sello inequívoco de su cuñado Alejandro Echevarria, a base de un decreto del Gobierno, cuya legalidad sigue pendiente de lo que decida la Audiencia Nacional, o de extorsionar a un compañero de vestuario lesionado gravemente (Ter Stegen) por abrir hueco por la vía civil o por la otra.
Dudas razonables
Las dudas razonables de Flick sobre si este verano se repetirá la ridícula y vergonzosa imagen del Barça, pidiendo refuerzos como el de Rashford o Joao Cancelo, mediocridades, mientras sus rivales se refuerzan de verdad, son del todo razonables.
De hecho, al comenzar el curso actual, después de otro verano agitado e insoportable, en el que Flick se encontró, de repente, sin gira por fallas administrativas, planes alterados inexplicablemente, Íñigo Martínez regalado también por sorpresa y tener que comerse el marrón interno que supuso retirarle la capitanía y expulsar del vestuario a Ter Stegen, circuló de fuentes fiables la noticia de que el entrenador alemán había decidido dejar el Barça el próximo 30 de junio.
Por descontado, ni los pretendidos Luis Díaz ni otros cracks que el Barça tanto ha necesitado esta temporada no llegaron en una plantilla que, debido a la precariedad laportista, no ha podido aprovechar las 25 fichas disponibles.
Hasta ahora, Flick no ha dado el menor motivo para sospechar que su liderazgo corre peligro, sólo ha dejado ir alguna referencia a que, como abuelo que es, le gustaría pasar más tiempo con sus nietos, aunque más como una formalidad de cara a la familia que como excusa para cortar su contrato.
Otra cosa muy diferente es que, a pesar de su compromiso demostrado, pasión y sentido de la profesionalidad y de servicio al Barça, no haya sentido la tentación, a veces incluso en forma de necesidad abrumadora, de salir corriendo de la órbita laportista, ese mundo tóxico de promesas, ilusionismo, engaños e incumplimientos sistemáticos que le ha tocado sufrir dos temporadas seguidas.
Explosión Yamal
La primera, con el resultado de un éxito menos sorprendente de lo que parece gracias al estallido que significó la explosión del fenómeno Lamine Yamal. La segunda, menos labrada (Supercopa y Liga, si no suceden fenómenos paranormales) y marcada por esta insuficiencia de los recursos propios.
También, se apunta, peligrosamente, por qué no se han adoptado ciertas medidas cautelares, responsabilidad exclusiva del eje Flick-Deco, como la limitada aportación de Lewandowski, las dudas sobre Ferran Torres, la catarata de lesiones (por imprudencia) que le han cambiado la cara al equipo sin Raphinha, el exceso de goles encajados y el debate en torno a un modelo de juego tan extraordinariamente ofensivo que ha tenido efectos suicidas en determinados momentos y circunstancias.
La plantilla y el presidente arrastraron al propio Flick a dar por hecho que el Barça, además de Liga y Copa, esta temporada estaba más que preparado y maduro para empezar a descontar las Champions y los Balones de Oro que ‘inevitablemente’ merece y debe conquistar por coherencia en la secuencia triunfal del despertar de la generación Lamine Yamal.
Sin lógica
Pero, en el fútbol, ni resiste ninguna lógica, ni es verdad que se ganen los títulos sólo para que el presidente sea el campeón de los tiempos y el control del entorno mediático.
También hay que darle los refuerzos que necesita Flick, evitar los alarmantes síntomas de autocomplacencia y exceso de euforia y, sobre todo, ayudar a Flick a orientar a favor del equipo y de los resultados el crecimiento de Lamine Yamal como lo que es, un crack tan extraordinariamente líder en el ámbito futbolístico como desordenado y excesivo, en todos los órdenes, debido a esta acusada personalidad de adolescente, que lo sigue siendo todo y su mayoría de edad.
En esta gestión, si no es con la ayuda de la autoridad y jerarquía de la directiva, del presidente, sobre todo, el vestuario se puede descontrolar.
Ganar la Liga (y la Supercopa de España) es un balance positivo en una temporada con un toque de final decepcionante debido a este doble KO en Copa y Champions ante el Atlético de Madrid que Laporta se ha encargado de atribuir a los arbitrajes y de una conspiración judeo-mazónica de dimensiones interplanetarias.
Flick no ha querido, en este sentido, anticipar la firma de su renovación como ‘favor’ electoral a Laporta, presidente por el que siente un agradecimiento infinito y más que suficiente como para entregarse y soportar otra temporada de calvario bajo su indomable compulsión de jugar a ser rico en un club arruinado, precisamente, para priorizar sus intereses personales a los del Barça.
Asegurar la Liga
Ahora, se ha excusado Flick, toca asegurar la Liga antes de escenificar la firma de una renovación que casi es un castigo, por la parte de bogey que le espera sufrir los desmentos de Laporta-Echevarria-Deco, pero que, como entrenador, le sigue abriendo las puertas de esta gloria de conquistar su segundo triplete, el tercero del Barça, haciendo historia con Lamine Yamal.
Hansi tiene la palabra, una enorme ilusión y una confianza ciega en sí mismo. Bastante menos en este círculo del poder laportista que cada año y en cada rincón de la temporada lo tira a los leones y lo engaña. Flick tiene dudas.

