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Es la hora de creer en el gran futuro de este equipo, por encima del resultado

Lamine Yamal (FC Barcelona)

El Barça juega este martes en el Metropolitano de Madrid uno de esos partidos para la historia, trascendente, memorable y de referencia para ambos equipos, sea cual sea el resultado y el desenlace de la vuelta de una eliminatoria de cuartos de final que dejará uno de los dos, Barça o Atlético de Madrid, casi a las puertas de una final de Champions.

En un análisis optimista y argumentado, el 0-2 de la ida, lejos de suponer un obstáculo insalvable o misión imposible, permite al Barça de Hansi Flick, a diferencia de su rival, el Atlético de Madrid de Diego Simeone, planificar el partido con un guión absolutamente claro y definido: jugar desde el primer minuto como sabe, cómodamente al ataque, controlando cada segundo y flanco del juego, asumiendo riesgos y, al mismo tiempo, confiando en sus mejores y más afiladas armas, las que le han llevado a mandar a la Liga. Llegar a las semifinales de Copa, a los cuartos de la Champions y conquistar la Supercopa de España con 128 goles, es decir, con una media espectacular de 2,6 goles. Un dato sólo al alcance de un equipo preparado como ningún otro para accidentes como el del partido de ida.

Hansi Flick le ha dado el contexto idóneo al afirmar que para remontar este martes «no necesitamos un milagro, sino hacer bien las cosas».

La cuestión de fondo para el Barça, más importante incluso que el mismo resultado en este enclave de su historia, es el despertar de una generación de oro bajo el liderazgo de un futbolista como Lamine Yamal, destinado a ser uno de los grandes del fútbol de todos los tiempos.

No debería centrarse tanto en si levanta un 0-2 tan adverso —viable ante un Atlético de Madrid capaz de ganar temiblemente en el Camp Nou y perder su ventaja en casa en minutos— como en la forma y consecuencias de conocer y procesar sus propios límites.

Este es el enigma psico-futbolístico del asunto, que nadie sabe dónde están esos límites. ¿Quizás en el Metropolitano si no se clasifica? Al jugar otra semifinal tan frustrante como el año pasado, que puede ganar, pero también perder? ¿En una final de la Champions que parece que está obligado a disputar y ganar?

No hay respuestas a estas preguntas, evidentemente, porque ni la videncia ni la IA pueden predecir el futuro. Lo que sí parece sustancial, indiscutible y forjado a prueba de fuego es que el Barça puede y debe proteger su actual proyecto, sentado sobre otra excepcional remesa de la Masía a base de refuerzos acertados y, sobre todo, de creer que el éxito no radica en ganar esta Champions ahora, esta temporada, como única etiqueta demostrativa de su indudable potencial, sino de estabilizar esta expectativa al sumar tantas Champions como sea posible durante la década Lamine Yamal.

Hansi Flick debe guiar al Barça de Lamine sin precipitar que ya gane la Champions.

Quizás, lo que hay que estudiar ahora sobre la teórica de la dinámica y de la dialéctica del enorme impacto que los cracks como Lamine Yamal causan en el fútbol sea si excitar la precocidad en forma de exigencia no es el camino equivocado.

Messi, para tomar la referencia más fiable de todas, se llevó el disgusto de su vida para no ir, ni convocado, a la final de París con el resultado de liderar tres más después (Roma, Wembley y Múnich), ocho Balones de Oro y un palmarés que lo corona como el mejor futbolista de todos los tiempos.

La perspectiva debe guiar al Barça de Hansi Flick en el alba de la era Lamine Yamal sin precipitarse ni concederle demasiada importancia, porque no la tiene, al hecho de sumar la primera Champions antes que Leo.

Si se recurre a esa misma perspectiva, principal y sucia enemiga de la ansiedad que tanto daño causa al fútbol, se puede entender por qué, lamentablemente, Ronaldinho o Neymar sólo conquistaron una Champions de azulgrana y por qué cabe con Johan Cruyff y Maradona.

No es tan fácil, al contrario, no sólo ganar una sola Champions. El simple hecho de estar diez años, como hizo el Barça de Messi, en condiciones de competir por ella es algo casi incomparable, sólo a la altura de alguna buena época del Bayern y de la extraordinaria trayectoria de Alex Ferguson en el Manchester United.

El gran error moderno del que fue creer que, para enfrentarse con el mejor equipo de todos los tiempos, el Barça de Messi, y caer en dos finales, había hecho mal las cosas. No mantener aquella paciencia, trabajo y fe en su propio estilo y personalidad futbolística, apartarse del modelo normativo de Ferguson, le ha hecho descarrilar por las prisas de querer recuperar ese poder en dos o tres temporadas.

Precocidades peligrosas

En esta lectura del pasado, por ejemplo, Robinho parecía que marcaría una era dorada en el Real Madrid, ya que llegó a deslumbrar más incluso que Messi al principio y hoy paga condena de prisión a Brasil porque el éxito le sorprendió en la plenitud de su inmadurez.

Otra medida de la extraña y curiosa forma en que se expresa el fútbol es que Mbappé sigue atrapado en esa precocidad tan peligrosa a los 27 años, sin haber levantado una Orelluda, mientras que el discutido Dembèlè, con 26 años, ya tiene una Champions más que él.

Quizá llegará a ganar tres, ya que hay un club, el Real Madrid, cuya producción de Copas de Europa sí queda al margen de cualquier ley, patrón y matemática.

Y es curioso que, a pesar de esta estadística y el peso de la épica y de los arbitrajes, que han escrito esta historia de aplastante dominación madridista, su presidente, Florentino Pérez, ha comprometido su prestigio y su poder al cargársela. Es verdad que hay insensatos para todo.

El Barça actual difícilmente escapará a su destino y no ganará una Champions que no merezca por la excelencia de su fútbol, sea subiendo esta noche el difícil escalón contra el Atlético de Madrid, esta temporada, la próxima o la otra.

Evitar urgencias

Lo que debe evitar, empezando por Lamine Yamal y el propio entrenador, directiva y afición barcelonista como colectivo, es exigirse este título y acuñar esta pretensión con el sello de la urgencia y el premuro.

Y menos aún reaccionar triunfalmente para pasar la eliminatoria o rasgarse las vestiduras para quedarse otra vez por el camino como el año pasado ante el Inter.

Ni el camino lo alisa la ilusión ni se trata de ganar, ganar y ganar, porque nadie puede ganar siempre. Se trata de creer, desde luego, en el futuro de este equipo, de no perder esa perspectiva que, siendo honestos, lo sitúa al principio de una época donde siempre, y aún más en el fútbol, los comienzos siempre son difíciles.

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