Icono del sitio El Triangle

Incendios geopolíticos: un nuevo giro al desorden global

Hector Santcovsky

Sociòleg, expert en polítiques públiques de desenvolupament i sostenibilitat.
Totes les Notes »

El mundo no avanza: se incendia. Y hoy lo hace bajo la combinación explosiva de dos dinámicas que desbordan cualquier cálculo racional: la erraticidad de Donald Trump y la deriva de Benjamin Netanyahu, más pendiente de su supervivencia política que de un orden mínimamente estable. El resultado no es solo una crisis más en Oriente Medio, sino una aceleración del desorden global.

Susana Alonso

Que el mundo está convulsionado ya no es noticia. Venimos de dos guerras devastadoras en pocos años —Ucrania y Gaza, y ahora la escalada regional— y de un mapa de conflictos latentes que raramente ocupan portadas: Sahel, Sudán, Afganistán-Pakistán o Taiwán. A todo ello se suma una creciente polarización política, liderazgos que trivializan la democracia y una opinión pública fragmentada.

Pero lo que está ocurriendo ahora introduce un salto cualitativo. La escalada retórica y operativa —ataques a infraestructuras energéticas, amenazas a los países del Golfo, incluso la banalización de la posible “eliminación de líderes iraníes”— sitúa al sistema en un terreno peligrosamente inestable. La pregunta ya no es si los servicios de inteligencia aciertan o fallan, sino qué ocurre cuando el error se vuelve inasumible.

En realidad, el núcleo del conflicto es energético. Las infraestructuras críticas —refinerías, plantas de gas, nodos eléctricos— han pasado a ser objetivos centrales en una guerra híbrida que opera por disrupción. Cualquier incendio, sabotaje o ataque tiene efectos en cadena: precios, suministro, inflación y estabilidad social. El Golfo Pérsico ya no es un escenario regional, sino un nodo sistémico.

Pero hay un elemento adicional que a menudo queda fuera del foco: la interdependencia tecnológica. Las infraestructuras energéticas y digitales ya no son ámbitos separados. Centros de datos, redes de telecomunicaciones y sistemas de control industrial dependen de un suministro energético estable, mientras que la gestión energética depende cada vez más de sistemas digitales avanzados. Esta doble dependencia amplifica los riesgos: una disrupción energética puede convertirse en digital, y viceversa.

En este contexto, Irán añade una nueva vuelta de tuerca. La crisis no es solo militar: es energética y geoeconómica. La tensión sobre los flujos de petróleo y gas afecta directamente a la competencia entre Estados Unidos y China. Si Pekín ve limitado el acceso a energía barata, su modelo industrial se resiente. La geopolítica energética vuelve a ocupar el centro.

Trump lo intuye —o lo instrumentaliza—: presionar indirectamente a China a través de la energía puede tener efectos globales. Pero su lógica estratégica convive con un estilo imprevisible. A veces calcula; otras, improvisa. Netanyahu, por su parte, juega en otra clave: la consolidación interna a través de la escalada externa. Entre ambos, el sistema internacional entra en una zona de turbulencias permanentes.

Además, los países del Golfo se encuentran en una posición delicada: actores clave del sistema energético global, pero al mismo tiempo potenciales objetivos ante una presión creciente. Cualquier alteración en su estabilidad tiene consecuencias inmediatas sobre los mercados y sobre la percepción de riesgo global. La primacía geopolítica de la energía reaparece con fuerza.

Esto encaja con el paso de un mundo VUCA a un entorno BANI: frágil, ansioso, no lineal e incomprensible. Los conflictos no se gestionan, se amplifican. Las decisiones no se corrigen, generan efectos secundarios. Y las infraestructuras críticas se convierten en campos de batalla.

Ante este panorama, lo que sorprende no es el caos, sino su normalización. Se ha perdido cualquier rastro de multilateralismo funcional capaz de contener tensiones en un mundo interdependiente. Entre la ingenuidad y la aventura militar, el sistema oscila sin rumbo claro.

El problema ya no es una crisis concreta. Es la concatenación. La suma de decisiones erráticas, cálculos a corto plazo y estructuras globales frágiles configura un escenario en el que cada nueva chispa puede tener consecuencias desproporcionadas. ¿Cuántas puede absorber el sistema antes de romperse? Esa es la pregunta real. Y, de momento, nadie parece dispuesto a responderla.

Salir de la versión móvil
Ir a la barra de herramientas