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¿Qué es hoy ser un hombre fuerte en política?

Temi Vives

Biòleg i filòsof. Professor Honorífic de la Universitat de Barcelona.
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¿Qué es un hombre fuerte? Esta es una pregunta política crucial, sobre todo si tenemos en cuenta que ciertos sistemas democráticos contemporáneos están siendo desmantelados por hombres fuertes como Putin, y Netanyahu, entre otros. La definición de «ser un hombre fuerte» ha evolucionado muchísimo. Ya no se trata solo de la capacidad física o de aguantar el peso del mundo en silencio; hoy, la fortaleza es mucho más multidimensional y auténtica. Tradicionalmente, ser fuerte significaba «no sentir» o, al menos, no mostrarlo. Hoy, la verdadera fuerza radica en la inteligencia emocional que implica tener el valor de admitir cuando tienes miedo, estás triste o necesitas ayuda. Otro elemento básico de la fortaleza es tener autocontrol, es decir: no dejar que la ira o la frustración dicten tus acciones, sino procesarlas de forma constructiva.

Cuando veo a Donald Trump como persona, veo a un agente inmobiliario de Queens con un talento natural para el espectáculo, cuya evidente mala condición física se disimula con trajes horribles y mal ajustados y mucho maquillaje y tinte capilar. Cuando lo escucho, oigo una sarta de bravuconerías cuando no lloriqueos egocéntricos, en medio de una gesticulación infantiloide. Nada de esto me hace sentirlo fuerte. Sin lugar a dudas, lo reconozco como presidente de Estados Unidos, país al que he admirado y espero poder admirar en el futuro y acepto la legitimidad de sus instituciones, mediante las cuales fue elegido debidamente. Por las mismas razones, me preocupa que abuse del poder del cargo, quebrante la ley y pretenda reemplazar la estructura constitucional norteamericana y los tratados internacionales con un culto esperpéntico a su personalidad.

Para esos hombres fuertes, no son el cargo ni la ley lo que importa. Esos elementos les ayudan a alcanzar cierta posición, pero son esencialmente un telón de fondo, un elemento teatral. Lo que básicamente hacen es una demostración de fuerza, para posteriormente instrumentalizarla para hacer otras demostraciones de fuerza. Parece ser que “la demostración de fuerza” es lo que importa. El hombre fuerte es fuerte en la medida en que se le vea como fuerte y se le acepta como fuerte. Estamos en guerra, una guerra que, a todas luces, es una permanente demostración de fuerza. Nuestros dictadores son fuertes porque son más fuertes que los demás. Puede secuestrar a Maduro. Puede asesinar a Jamenei, invadir impunemente Ucrania, matar indiscriminadamente a los palestinos, ejerciendo la fuerza a un coste enorme para los demás.

Otra cuestión, por supuesto, es si todo esto fortalece a Estados Unidos, Rusia e Israel. El uso de la fuerza de esta manera es obviamente ilegal tanto en términos del derecho internacional como del derecho nacional. Quebrantar las instituciones internacionales y nacionales tenderá a desprestigiar y debilitar a sus países en lugar de fortalecerlos. Una pregunta no retórica es ¿por qué lo hacen? Posiblemente haya dos causas. La primera es que el hombre fuerte, posiblemente es fuerte porque se le considera más fuerte que quienes lo perciben como tal. La segunda es una especie atributo animal-antropológico: en un momento determinado, se le otorga el atributo de fuerza como recompensa por una actuación.

En otras palabras, el hombre fuerte es fuerte si aceptas en cierto momento que él es más fuerte que tú y por tanto aceptas que eres más débil que él. No sólo hemos participado en la creación colectiva de esos hombres fuertes, también estamos definiendo nuestro comportamiento futuro: hemos decidido ser débiles. En cualquier confrontación con el hombre fuerte, si no cambiamos de planteamientos seremos los débiles. Tras la atribución inicial de fuerza, es difícil volver atrás, porque hacerlo no es simplemente reconocer un error, sino reconocer que hemos reconocido ser débiles. Los consideramos «hombres fuertes» en la medida en que priorizan el liderazgo personalista y el nacionalismo sobre el protocolo institucionales internacionales.

El problema verdaderamente grave es que su poder hoy día está mediado por la polarización: son vistos como salvadores por sus seguidores y como amenazas democráticas por sus detractores. Esperemos que más pronto que tarde se encuentre la manera de romper ese bucle diabólico y destructor. La fuerza hoy debería medirse por el impacto positivo en los demás. Un hombre fuerte debería usar su energía para proteger y proveer en lo económico, y aportando apoyo emocional y seguridad para la sociedad en general. Un hombre fuerte no necesita pisotear a otros para reafirmar su valor; su confianza viene de su propio desarrollo personal y moral. Considerar a figuras como Donald Trump, Putin y Benjamín Netanyahu bajo la etiqueta de «hombres fuertes» es un ejercicio común en la ciencia política contemporánea. Pero esos hombres supuestamente fuertes, no son los que el mundo necesita hoy. Esperemos, que pronto desaparezcan de la escena política y sean sustituidos por “verdaderos hombres fuertes”.

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