Activista social, periodista y editor. Coordinador, junto a Cristina Ridruejo, de 27 de septiembre 1975. Los últimos fusilamientos de la dictadura franquista , una obra coral promovida por la plataforma Al Alba, en la que han participado una veintena de personas (El Garaje Ediciones).
¿Por qué, cómo, esta iniciativa de escribir sobre los últimos fusilados del franquismo?
La idea del libro surgió el año pasado, al cumplirse 50 años de la muerte de Franco. Algo que suele ir acompañado de tergiversaciones y lavados de imagen. Queríamos recordar los cinco últimos fusilados por el franquismo, refutar las tesis del aperturismo del régimen que, históricamente y basándonos en los datos, son completamente mentira. En el libro ponemos de manifiesto que el franquismo no fue aperturista. Empezó matando y acabó matando. El libro comienza con la lista de personas muertas por las fuerzas de orden público, que sólo en 1975, fueron más de 20. Entre ellas, los fusilados del 27 de septiembre: José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz, del FRAP, y Juan Paredes Manot (Txiki) y Ángel Otaegui, de ETA PM. Se hace también un análisis de lo que fueron aquellos años, con el juicio de Burgos y sus penas de muerte, que luego fueron conmutadas.
Entre todas las voces que se recogen en el libro, ¿cuáles son en tu opinión las, digamos, más significativas, conmovedoras…?
Además de haber hecho entrevistas e investigaciones, el libro pone de manifiesto la opinión coincidente de que los fusilamientos fueron una auténtica injusticia. No hay ninguna prueba sólida de las acusaciones. No se permitió una defensa justa. De hecho, el propio Gobierno acaba de anular esos juicios, subrayando que no fueron legales, legítimos. Que ni siquiera les fueron comunicados los hechos a las familias de los ejecutados. Los condenados a muerte ya estaban condenados antes de ser juzgados en los consejos de guerra. También hay coincidencia en el alegato que se hace contra la pena de muerte y en defensa de los derechos humanos.
¿Se han anulado todas las condenas, incluyendo las cuestiones jurídicas y otros detalles que suelen acompañar el caso?
Todas las condenas han sido anuladas, pero como ha pasado con aspectos de la memoria histórica, resulta que la medida no fue publicada en el BOE. Hay un documento firmado por el ministro de la Presidencia que, a través de la Secretaría de Memoria Histórica, se ha hecho llegar a los familiares, en el que se dice que estos procesos fueron injustos, sin ninguna base legal. Así fue también en el caso de Ramón García Sanz, con sus compañeros y su abogado, porque no tenía familia.
¿Sigue habiendo resistencias a reconocer todo aquello?
Un gobierno elegido democráticamente tiene poder para cambiar, modificar las cosas, e incluso para dar un golpe sobre la mesa, si hay que darlo. Con la ley de memoria histórica también se dice que está muy bien, pero luego no se habla de dinero, medios… o que se pueda procesar a alguien. Eso ha pasado con los fusilamientos. Hay un reconocimiento moral, digamos, con un toque jurídico. Pero para la gente que duda de los hechos, habría que profundizar un poco más. Las familias, en cualquier caso, han acogido con emoción la decisión del Gobierno. Para ellas, ha sido como un descanso.
¿Cómo interpretas los fusilamientos? ¿Como una represalia, un escarmiento, un gesto agónico…?
La historia se ve más bien desde fuera, pero cuando se hace desde dentro, con datos, me quedo con unas palabras de Felipe González (en uno de esos documentales sobre la transición de Victoria Prego que no recomiendo en absoluto) que, en un momento de sinceridad, decía que no conocíamos el miedo y la debilidad del franquismo. Algo que quizás no se ha valorado mucho, pero que creo que fue muy importante. Hay que tener en cuenta que, a partir de los años 70, sobre todo, con el proceso de Burgos, hay unas nuevas generaciones que no quieren vivir en dictadura, que empiezan a luchar. No han conocido la guerra. Nacen nuevas organizaciones que hablan de libertad, de democracia…, a la izquierda del PCE, que hablaba de reconciliación. O sea, que al miedo al franquismo hay que sumar las movilizaciones. En cualquier caso, con estas penas de muerte, la dictadura estaba firmando su sentencia de muerte.
¿Todo esto no contribuyó también a que las muertes del 27 de septiembre dieran más pena, tristeza? ¿Aquellos jóvenes ajusticiados, de alguna manera, no fueron vistos como víctimas inocentes?
Muy poco tiempo después de los fusilamientos, muere Franco, y eso también contribuye a percibir los fusilamientos como algo gratuito, desmesurado. La pena de muerte dejó de aplicarse muy pronto. Con las peticiones de clemencia, como la del Papa, que llega a llamar a El Pardo, la noche antes de las ejecuciones, se creó un estado de ánimo propicio al perdón, incluso entre muchas personas lejanas de los ajusticiados. Oficialmente, Franco no estaba enfermo, pero, de hecho, no tardó mucho en morir.
¿Dónde fueron especialmente relevantes las movilizaciones contra los fusilamientos? Y en España, ¿cuáles fueron las reacciones?
Hubo estupor, rabia, de todo… Es difícil encontrar documentación de lo que pasó, porque estábamos en una dictadura, pero todos sabemos que hubo huelgas y movilizaciones muy fuertes en Euskal Herria, manifestaciones en Madrid y Barcelona… Miles de panfletos fueron lanzados en Madrid. La prensa de la época se limitó a publicar una noticia única. Los titulares de diarios como ABC o Ya no tienen desperdicio.
¿Por qué el fusilamiento como método de ejecución y no el garrote vil? ¿Quizás para dar un carácter militar a la represalia?
Cuando se empieza a hablar de penas de muerte, por Europa se hacen performances de lo que es matar con el garrote vil. Todo el mundo pensaba que se aplicaría. Pero el problema es que el franquismo ya no tenía tantos verdugos para las ejecuciones. En Madrid, se encargan pelotones de voluntarios de la Guardia Civil y de la Policía Armada. En Burgos fueron soldados. El sacerdote que asistió a los fusilamientos en Madrid explica que miembros de la Brigada Político-Social y ultras de régimen acompañaron a los ejecutores.
¿Hubo alguna reacción en contra de los fusilamientos desde el interior del franquismo? ¿Y en la Iglesia española?
No. Al cabo de unos años, gente como Adolfo Suárez decían que tuvieron que firmar porque no había más remedio. Algunos aperturistas, como Ruiz Giménez, influidos por las palabras del Papa, se pronunciaron en contra. La Iglesia mantuvo silencio. Aunque también había, es cierto, una Iglesia que quería la democracia, y que colaboraba con muchas organizaciones. En algunas parroquias hubo reuniones, asambleas, pero oficialmente no hubo reacción.
En el plano internacional, ¿quién se mostró especialmente beligerante con el franquismo?
Las manifestaciones fueron impresionantes en todo el mundo. En países como Francia y Alemania, donde había muchos emigrantes españoles, hubo grandes protestas. Los sindicatos europeos convocaron paros y concentraciones a las puertas de las fábricas. Olof Palme, entonces primer ministro sueco, salió a las calles a recaudar ayuda económica. En París, Mitterrand participó en una manifestación. Toda la socialdemocracia del mundo se movilizó. Echevarría, presidente de México, pronunció un gran discurso en la ONU, pidiendo la expulsión de España. También hubo reacciones en Sidney, Detroit, Boston… Incluso en el propio Moscú se celebraron actos.
¿Cómo han quedado los fusilamientos en la Ley de la Memoria Histórica? ¿Revividos? ¿Eludidos? ¿Objetivados?…
Con la medida del Gobierno, el año pasado, también se consiguió que mucha gente hablara de ello. Como el 27 de septiembre se asoció al terrorismo, a ETA y al FRAP, hay un cierto punto de rechazo en mucha gente. También hay interés en no destapar la transición, que dio mucho protagonismo a ciertas fuerzas políticas, que hicieron la Constitución, que pactaron, que estuvieron ahí, pero que dejaron al margen toda una lucha histórica. Los documentales, las películas sobre la transición casi no citan los fusilamientos. Se realizó un acto constitucional en el Congreso y otro en el Ateneo de Madrid, donde un secretario de Estado fue especialmente crítico con los fusilamientos… El libro, en fin, no caduca en el tiempo. Hay artículos afectuosos de gente que combatió con ellos, de familiares… Pero sobre todo recoge datos y muchas imágenes. Y, más que nada, es un homenaje no sólo a los cinco fusilados, sino a toda la gente que luchó por lo que vivimos hoy.

















