No sabemos cómo y ni cuándo acabará la criminal agresión militar perpetrada, a traición, por Israel y Estados Unidos contra Irán. Pero sí sabemos, en todo caso, que los atacantes han perdido la guerra. Minusvaloraron la capacidad de defensa y de respuesta del régimen de Teherán y no supieron prever la inteligencia y capacidad que demuestran sus dirigentes, bombardeando las tiránicas petromonarquías del Golfo, burlando los sistemas antimisiles israelíes y estrangulando el tráfico del comercio mundial por el estrecho de Ormuz.
Donald Trump, dejándose arrastrar por la furia belicista sionista, ha cometido un gravísimo error que, inevitablemente, ya se le está volviendo en contra. La primera consecuencia de esta guerra es la subida especulativa de los precios del petróleo y del gas, que tiene y tendrá un efecto devastador sobre la economía de todos los países, incluida la de Estados Unidos. Hemos entrado en una incontrolada espiral inflacionista de la cadena de producción que se cargará miles de empresas, millones de puestos de trabajo y que impactará dramáticamente en la vida de toda la humanidad.
Israel se ha condenado. En vez de buscar –por difícil y complicada que fuera– una coexistencia estable con el pueblo palestino, reconociendo su identidad nacional y sus derechos territoriales, ha decidido exterminarlo. El infame genocidio que perpetró en la Franja de Gaza y que ahora está repitiendo en Líbano marcarán, por siempre jamás, la historia del Estado hebreo, creado en 1947 por las Naciones Unidas, y lo convertirán en un país paria y maldito, con quien nadie querrá mantener tratos políticos ni comerciales.
No está comprobado que Irán tenga armamento nuclear –una de las excusas que se han dado para intentar justificar esta brutal agresión unilateral–, pero la guerra desatada por Israel y Estados Unidos sí que es una “bomba económica”. Sus efectos se dejan y dejarán sentir en todos los rincones, empezando por los mercados financieros, incapaces de digerir la destrucción de las instalaciones de hidrocarburos del golfo Pérsico y entrando en pánico ante esta vertiginosa escalada de violencia en uno de los lugares más estratégicos y críticos del planeta.
A medida que pasan los días y la resistencia de Irán se hace más evidente y persistente, crecen tres fenómenos de fondo que cambian el orden mundial que conocíamos antes del aciago 28 de febrero: el acercamiento, por la base, entre las poblaciones chií y suní, las dos grandes ramas del Islam -históricamente enfrentadas-, ahora unidas contra la criminal acción de Israel; la creación de un amplio frente en el “mundo rico” (Europa, Canadá, Australia, Japón…), contrario a la guerra y harto de las provocaciones y barrabasadas imprevisibles de Donald Trump; y el surgimiento de una potente alianza internacional, liderada por China, que condena la mortífera escalada bélica que protagonizan Israel y Estados Unidos.
Incapaz de abrir por la fuerza de las armas el estrecho de Ormuz, Donald Trump empieza a percibir la hostilidad de las petromonarquías del Golfo, hasta ahora sólidas aliadas de Washington, que pagan un costosísimo precio por tener bases militares norteamericanas en sus territorios. Benjamin Netanyahu también constata la creciente oposición de la población israelí, indignada y devastada ante la multiplicación de muertes y heridos civiles por el impacto de los misiles y drones iraníes.
Impotentes de vencer la metódica resistencia de los Guardianes de la Revolución y de Hezbolá y cada vez más aislados y acorralados en el plano interior y exterior, el presidente de Estados Unidos y el primer ministro israelí tienen la tentación de emplear armamento atómico para intentar acabar con Irán, como pasó a finales de la II Guerra Mundial con Japón. Esta amenaza final, que desataría el holocausto del planeta, está más cerca que nunca en la historia de la humanidad.
Benjamin Netanyahu y Donald Trump ya han perdido esta guerra que comenzaron unilateralmente. Pero, heridos en su orgullo supremacista, se niegan a aceptarlo y están dispuestos a arrasarlo todo, aunque esto también signifique su autoinmolación. Física, en el caso de Israel. Económica y financiera, en el de Estados Unidos.
NO. Digamos NO a la guerra contra Irán. Digamos NO a la invasión del Líbano. Digamos NO al enloquecido presidente norteamericano y al genocida de Tel Aviv. Digamos NO a la escalada que nos lleva, inexorablemente, a la conflagración atómica. Digamos NO en las calles de todo el mundo, con colosales manifestaciones por la paz. Digamos NO, con concentraciones permanentes ante las embajadas de estos dos países agresores. Digamos NO, haciendo boicot comercial a los productos “Made in USA” y “Made in Israel”. Digamos NO, obligando a la Comisión Europea a hacer valer su potente capacidad de presión diplomática para parar esta guerra.
Hay que articular, antes de que no sea demasiado tarde, una Liga internacional de países por la paz, que hable con una sola voz para parar esta catástrofe humanitaria. Hay que devolver el prestigio y la autoridad moral a la ONU, única tabla de salvación para evitar la hecatombe final. Es preciso que los referentes de las grandes religiones -católica, cristianas, musulmana y budista- usen su gran influencia espiritual en estos momentos de máxima incertidumbre global.
Benjamin Netanyahu y Donald Trump son dos asesinos desesperados y fuera de control que se han convertido en un peligro letal para los 8.000 millones de seres humanos. Apelo también desde aquí a los israelíes y estadounidenses que quieren la paz para que se organicen y se movilicen para echarlos del pedestal del poder que ocupan. Es urgente e imprescindible.








