La participación electoral activa y descarada de los jugadores del primer equipo, incluido el entrenador alemán Hansi Flick, a favor de la candidatura continuista de Joan Laporta ha provocado un cierto debate sobre la conveniencia, la prudencia, el oportunismo y la ética del posicionamiento de aquellos que son los empleados mejor pagados del club y, evidentemente, potenciales figuras perfectamente capaces de orientar el voto de un determinado número de socios, una ciencia, por otra parte, absolutamente imprecisa y especulativa en cualquier caso.
A algunos les ha parecido una carta clave y de peso, o sea, efectiva a la hora de marcar distancias; a otros, un recurso inaceptable y una mayoría parece que se lo ha tomado con indiferencia.
La cuestión, en el caso de la festiva y llamativa manifestación coral de apoyo del vestuario en Laporta antes, durante y el mismo día de las votaciones, es el verdadero origen de esta corriente de simpatía.
Hay que analizar si este entusiasmo proviene del encanto natural del presidente o si existe el riesgo real de una repetición de un proceso de autocomplacencia como el que arruinó el Barça de Ronaldinho, precisamente debido al exceso de complicidad y proximidad de Laporta y el vestuario, cuyas fiestas legendarias e interminables protagonizaban sobre todo el presidente, Ronaldinho y Deco.
No parece que la amenaza, con Deco al frente de la dirección técnica, provenga de esta segunda vida del primer equipo, no con carácter grupal y más allá de que una estrella como Lamine Yamal haya reivindicado su espacio personal y privado para dar curso a su impulso natural y juvenil de divertirse con sus amigos y ocasionales novias.
Y también más allá de que, años atrás, si era Neymar quien celebraba una fiesta de cumpleaños o Dembèlè quien jugaba a la ‘play’, entonces la prensa que hoy justifica como normal y admirable la ‘independencia’ y la ‘mayoría de edad’ de Lamine Yamal montaba escándalos mayúsculos.
Riesgo de autocomplacencia
Actualmente, el riesgo de una segunda era de la autocomplacencia radica en la peligrosa dinámica de renovaciones que tanto aplaude Laporta y que califica de extraordinariamente meritoria, como una gesta, por parte de Deco.
No es así, ciertamente, ya que Deco no lo paga de su bolsillo y además, siguiendo estrictamente las directrices de Laporta, por la crítica situación económica, el único propósito de esta auténtica plaga de renovaciones sin sentido y exagerada es aliviar la masa salarial a corto, a dos años vista. ¿Cómo? Pues ampliando a cinco y seis años el horizonte de cada futbolista acumulando el total del contrato en las dos últimas temporadas, eso sí, con el atractivo de incentivos e incrementos por encima de las condiciones que ya habían aceptado satisfactoriamente y que consolidan grandes ingresos en el, por decirlo de alguna manera, ocaso de su carrera.
El ejemplo paradigmático es el de Ter Stegen, con dos años de contrato, un sueldo desbordado y un rendimiento que, por desgracia, al Barça no le ayuda, al contrario, lo lastra, y mucho, provocando situaciones tan extrañas como que después del 30 de junio volverá a Spotify Camp Nou al igual que Iñaki Peña a la espera de cesiones en las que el Barça de Laporta seguirá pagando la parte principal de su salario.
La realidad y la dinámica invitan a pensar que los casos de Ter Stegen, o el de Christensen, que tiene sobre la mesa una propuesta de prolongación de su sueldo por el mismo motivo, para aliviar el peso actual y la peligrosa sombra de corregir y aumentar el exceso de fair play, se irán acumulando.
De hecho, ya pintan mal y muy complicadas las operaciones para cerrar la continuidad obligatoria de Rashford y de Joao Cancelo, comprometidas por Laporta, jugadores que, progresivamente, cortarán el paso a otros, de Balde por ejemplo para justificar la titularidad del portugués, y que engordarán la plantilla sin reforzar de verdad las posiciones que necesita Flick.
A la larga, los jugadores que ya tengan su precoz jubilación asegurada y a precio de oro acabarán jugando sin ese estímulo de superación ni de títulos para mejorar su caché y su sueldo.
Ronaldinho y aquella generación ganaron una Champions y dejaron de competir, en su caso porque en las fiestas promovidas por el propio Laporta la prioridad dejó de ser seguir ganando, que eso estaba reservado a la generación de Messi, arruinando los dos o tres años que Ronaldinho habría podido dar todavía al Barça.
Voto de los jugadores
La alegría y el festival de jugadores votando a Laporta y saltando con Laporta el domingo por la tarde, tras la victoria sobre el Sevilla, es una imagen que, por desgracia, no es tan espontánea como parece, sino que es el reflejo de esta recompensa anticipada y asegurada en forma de contratos más que crecientes firmados a estos jugadores que aún no han ganado la Champions ni el Balón de Oro. Todavía no.
Lo que sería recomendable sería no asegurarles primas y sueldos por adelantado por títulos y éxitos que aún tienen que llegar. El riesgo y el peligro de un vestuario que, de repente, se desinfle, aunque sea un poco, está, cocinándose a fuego lento. El problema grande de Laporta, hoy, ya son Ter Stegen, Iñaki Peña y Ansu Fati. Es sólo cuestión de tiempo que los ‘enanos’ le crezcan.
Por otro lado, la entrada en la escena electoral de jugadores del primer equipo no es nueva, pero sí un tipo de militancia recuperada después de bastantes años de una razonable y sensata separación de poderes. En las elecciones de 1978, las que dieron la presidencia a Josep Lluís Núñez, Charly Rexach manifestó que, como socio, no votaría un ‘comunista’ en alusión al perfil de Ferran Ariño, sustituto de urgencia de Víctor Sagi, mientras que Johan Cruyff apostaba por la necesidad de elegir a alguien con experiencia y éxito empresarial a la altura de los tiempos, finales de los setenta, de cambio y de tendencia a una profesionalización de las estructuras del fútbol. Ambos, quedó claro, habían sido generosamente recompensados en agradecimiento a la expresión pública de sus opiniones electorales.
Desde entonces, los exjugadores sí fueron apareciendo en campaña dando su firma a diferentes candidaturas y algunos de ellos conquistando cargos técnicos con más o menos relevancia y eficiencia.
La generación de futbolistas de La Masia, integrados y socios desde muy jóvenes, sí han ejercido siempre su derecho a voto con discreción y absoluta independencia. Ha sido habitual ver a Guardiola, Piqué o Iniesta en las jornadas de votación participando en pleno uso de su derecho legítimo y democrático a escoger a los miembros de la junta directiva del club.
Exhibición pública
De todos los presidentes, en cualquier caso, Laporta es quien ha procurado que la plantilla exhibiera públicamente su empatía con el presidente, una sintonía nada casual ni espontánea. Más bien construida a golpe de talonario y de contratos mejorados, muchas veces al margen de las directrices de la dirección técnica. «Laporta es el mejor presidente de la historia», habían repetido jugadores como Xavi -especialmente-, ilustre y reiterado beneficiario de estos generosos ramilletes de Laporta.
Una admiración y un cierto sentido de la lealtad que aquel vestuario y sobre todo Pep Guardiola, entrenador en la transición a la directiva de Sandro Rosell, no disimularon, al contrario, a pesar del relevo en la lonja presidencial.
Pero, de todos, el gesto electoral más famoso y trascendental de la historia moderna lo protagonizó Leo Messi, que fue a votar en las elecciones de 2021 en un gesto inequívoco a favor de Laporta, el único de los candidatos que se había jugado la campaña a la que él sí renovaba Leo, como fuera, mientras que los otros dos contendientes, Víctor Font y Toni Freixa, habían expresado sus reservas sobre la capacidad de los recursos del Barça, por culpa de la pandemia, para mantenerle las condiciones extraordinarias (135 millones de sueldo) de su contrato anterior.
Aunque pueda parecer que a Laporta no le penalizó aquella mentira de campeonato, el Barça sí pagó en una magnitud de entre 200 y 300 millones anuales menos de ingresos la puntada en el culo a Messi. Y además de tardar cinco años en recuperar el nivel de facturación que el Barça ya había alcanzado en 2019, el dinero de la renovación se gastó en Ferran Torres, Aubameyang, Adama Traoré y Dani Alves, sin que el Barça, hasta ahora, haya vuelto a ganar, ni a jugar, una final de Champions, por dos más del Real Madrid. Cuenta porque el Barça de Laporta ya no se puede permitir más errores de planificación.

