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La esperanza de Berlinguer

Jordi Corominas

Escriptor i periodista. Col·labora a diversos mitjans escrits i radiofònics, des del Catalunya Plural al '24 Horas' de RNE, o a 'Más de Uno' d'Onda Cero. Fa moltes coses, i per ara els seus darrers llibres són 'Bohigas contra Barcelona' (Athenaica) i 'Nortes' (Sílex), prova del seu amor per caminar la seva ciutat i tota Europa.
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En verano de 2024 escribí en La Vanguardia un artículo donde mostraba mi preocupación porque en Italia, mi segunda patria, empezaba a notar el nacimiento de la desmemoria para con el pasado reciente pues, durante esos meses, no conmemoraron con la energía de los viejos tiempos el centenario del asesinato del socialista Giacomo Matteotti y los cuatro decenios de la repentina muerte de Enrico Berlinguer.

Por suerte, con relación a este último, mis temores no se confirmaron; bastaba con esperar, dado que las cosas bien hechas requieren paciencia. Primero llegó la película Berlinguer: la grande ambizione, en la que se repasaban los años de lucha del secretario general del PCI para alcanzar el compromesso storico con Aldo Moro, líder de la Democracia Cristiana, y ahora pude ver el muy buen documental Berlinguer, a love story, dirigido por Pierpaolo Farina.

La pieza arranca con el fatídico mitin de Padua de cara a las europeas de 1984, su malestar mientras hablaba y la muerte en el hospital, adiós al hombre y nacimiento de un mito también reivindicado por los jóvenes.

De hecho, el director del documental, nacido en 1989 y encantado de apoyarse en voces aún más nuevas que exhiben como Berlinguer no marchó esos días de junio de 1984 sino que sigue bien vivo pese a la parálisis de una izquierda, la de hoy en día, incapaz de navegar por referentes no tan lejanos al perder la brújula del presente, en el que se mueve al ritmo de la batuta de la revolución neoconservadora, inaugurada justo cuando el político nacido en Cerdeña se aprestaba a redundar en su esfuerzo en pos de ofrecer un Comunismo para el nuevo siglo.

Quizá su inesperada muerte fue una bendición para nuestro mañana. Consigo también partió el PCI, a posteriori traicionado por una serie de sucesores que jamás entendieron su legado y traicionaron unas siglas legendarios, usando otras que eliminaron la hoz y el martillo, aceptación (in)directa de la demonización del Comunismo, bien hegemónica en un panorama donde ser progresista es cada vez más compliado.

Es justo por eso que Berlinguer, a love story reivindica la maestría del líder del PCI durante 12 años, no sólo para realizar una hagiografía, pues la intención, una rareza a estas alturas del partido, es analizar cómo puede aportarnos, sobre todo desde dos vertientes.

La primera es la personal. En una era en la que la clase política parece tener problemas para salir del despacho y pisar la calle, Berlinguer se erige como una excepción ejemplar. Daba la mitad de su sueldo al partido y, cuando dormía en Roma, se encargaba de comprar básicos como la leche para su familia. De este modo tocaba, nunca mejor dicho, con los pies en el suelo, la forma idónea para aprehender los problemas de sus militantes, los de un partido que era de los trabajadores, no de los dirigentes, algo fenomenal, prueba indudable de otro punto medio desaparecido del mapa: hacer política consiste en pensar en los demás, pues si se tiene un cargo no es para lucrarse, sino más bien para trabajar con el objetivo de mejorar la sociedad.

La segunda tiene un matiz precioso. Además de la película y la cinta que comentamos, también han aparecido algunos libros sobre la figura de Berlinguer. Recuerdo uno que ponía en duda de manera rotunda el valor de su acción. El autor olvidaba como, muchas veces, las derrotas nos brindan más lecciones que las victorias. Las suyas fueron, entre otras, el compromiso histórico, la voluntad de privilegiar la Democracia como sistema para el Comunismo y la lucha para integrarlo por completo en una órbita europea independiente a los bloques de la Guerra Fría. ¿No aprecian en esta trilogía pilares más que válidos para nuestra labor? Si los siguiéramos olvidaríamos la estupidez egoísta de nunca mirar a al enemigo a los ojos desde la reflexión,  potenciaríamos las izquierdas y avanzaríamos hacia unión más profunda del Viejo Mundo, el nuestro.

En la cínica donde Berlinguer iba a morir fue Bettino Craxi, a la sazón primer ministro y secretario general de los socialistas, los mismos que silbaron al comunista cuando fue a su congreso. El hijo del jefe del PCI ordenó a los suyos que no imitaran las burdas maniobras de los craxianos desde el silencio, como si recordara el funeral de las víctimas de Atocha, pero sobre todo por no ser como aquellos que arruinarían con corrupción la posibilidad de un gobierno de supuesta izquierda y propiciaron el berlusconismo.

El documental de Pierpaolo Farina nos abre una puerta para modificar el rumbo de un desastre. Berlinguer es una buena receta. Quizá no tiene todas las curas, pero mirándonos en su espejo podemos parar una crítica orfandad, la nuestra, la de todo el progresismo europeo en este mundo a rebosar de tinieblas.

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