M1édico especialista en radiología diagnóstica e intervencionista. Profesor en la UCAM y divulgador en las redes sociales. Enamorado de la vida y de las pequeñas cosas. Radiografía de una vida sana (Montena) es su primer libro.
¿Qué es una vida sana y cómo se radiografía?
La vida sana va de una manera de estar en el mundo. La salud no es la ausencia de enfermedad, sino nuestra actitud para vivir. Esto lo he aprendido de mis pacientes, que han enfermado, a veces muy seriamente, y que, aun con ello, han seguido su vida con alegría. A pesar de haber enfermado no han renunciado, en fin, a ser felices. El libro se propone hacer llegar a la gente qué es salud, no quedándonos en la superficie, sino fruto de reflexiones compartidas. Mirando un poco más allá de la lista de cosas que nos dicen qué tenemos que hacer.
¿Existe la felicidad? Hay quien sostiene que se trata de algo más bien difuso, que no se corresponde con el placer, que resulta más tangible.
La felicidad puede ser considerada un cóctel de muchas circunstancias. No sólo fisiológicas, en cuanto a los neurotransmisores, las hormonas, las circunstancias del momento, de quien nos acompañamos… Creo en la felicidad, en la ataraxia, según la definición que da Epicuro. Ese estado en el que nuestra mente no debe estar pendiente de grandes cosas, y puede centrarse en disfrutar de las pequeñas. Eso es, para mí, lo más parecido a la felicidad. No es, por descontado, la euforia o una alegría desatada.
Dice Byung-Chul Han que la felicidad ahora es una mercancía que se ofrece en los supermercados…
Sí, se trata con intereses económicos, comerciales… Parece que para intentar ser feliz hay que estar haciendo algo. Pero, la mayoría de veces, la felicidad nos sorprende precisamente en momentos de inactividad, en los que no estamos preocupados por algo aparentemente más importante y somos capaces de disfrutar de las cosas cotidianas, compartidas. Mucho más allá de los grandes viajes, el Black Friday…
El budismo dice que la vida es sufrimiento, y de lo que se trata es de buscar vías, de jugar con las cosas, para escabullirse. ¿Qué piensas?
Sí, es una manera de definir la vida, pero a mí me gusta pensar que, más que en una manera de vivir de puntillas y sufrir lo mínimo posible, se puede poner el acento en disfrutar de los momentos. Algo que no sólo nos viene dado por las circunstancias, sino que también depende de la manera de enfocar lo que nos pasa. No creo que lo ideal sea encontrar el camino más rápido desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, sino más bien disfrutar de cada una de las cosas que hacemos, pensamos, soñamos…
¿La «sanación», tan de moda, no parece más bien una etiqueta lastrada de intereses comerciales que ninguna otra cosa?
La sanación, claro está, tal y como se presenta, puede no estar exenta de ánimo de lucro. Se nos vende que estamos enfermos… Si es así, ¿quién nos ha hecho enfermar? Probablemente la sociedad de consumo, que nos induce a hacerlo todo rápido. Que cuantas más cosas hagamos, mejor. Que no nos centremos en nada, ni seamos conscientes de lo que tenemos delante. Estamos entre lo que teníamos que haber hecho y lo que nos queda por hacer. Si esta es nuestra enfermedad, probablemente, la sanación consiste en ser conscientes de que es provocada. No es algo que esté en nosotros, ni mucho menos. Si la sanación viene en forma de suplementos, o «hazte el plan en 21 días», muy probablemente nos quieren enfermar más.
¿Por qué no se nos enseña en la escuela a respirar, a comer, a dormir, a caminar…, en lugar, o además, de sumar, restar, multiplicar y dividir?
Creo que sumar y restar es parte de lo que se nos debe enseñar, pero sí que es cierto que el sistema educativo está muy enfocado a fomentar esta sociedad de consumo, a premiar mucho la memorización, y poco el pensamiento crítico… Existe un déficit en la preparación para la vida. Probablemente es algo más orquestado de lo que pensamos. No se nos enseña a conectar con nosotros mismos. Quizás más por dejadez, por no saberlo hacer de la manera ideal. O también por interés…
También hay quien dice que parte del bienestar viene de trabajar con las manos, algo que parece del pasado…
Entiendo que nuestro cerebro premie que hagamos trabajos manuales, una de las principales cosas que nos diferencian de otros animales. Todo lo que sea desarrollar estas condiciones que evolutivamente nos ponen en ventaja parece ser compensado con, digamos, placer, felicidad. Es una manera de postergar nuestra supervivencia, de seguir evolucionando. Tiene todo el sentido que hacer cosas con las manos genere bienestar.
Se dice que cada época tiene sus enfermedades. ¿Las de ahora son más bien las de carácter mental, más que las biológicas?
Las depresiones, las ansiedades, los TDAH… están al orden del día. En algunos casos parece una epidemia. A día de hoy quizás habría que darle la vuelta a aquello de «mens sana in corpore sano«. Aunque el origen sigue siendo externo. Si nuestra salud mental se está viendo afectada, no es porque nuestro cerebro funcione mal (a excepción de alguna bacteria o virus que le pueda afectar), sino por el entorno que influye. Sí que es cierto que la salud mental deja ahora mucho que desear. Somos muy indulgentes con todos los objetos que manejamos y que vienen muy camuflados, muy introducidos por la publicidad y por esta sociedad que nos quiere productivos.
¿Esto, en el fondo, podría ser en buena parte consecuencia del capitalismo en su forma actual, donde se nos induce a explotarnos a nosotros mismos, que acaba con el síndrome del trabajador quemado?
A diferencia de las generaciones anteriores, quizás ahora tenemos menos presente para quienes trabajamos. Por mucho que hagamos, por mucho que nos esforcemos en hacer más, no llegamos. Parece que el autónomo, que se dice que no tiene patrón, podría estar menos expuesto a eso de la autoexplotación, pero, en realidad, en la mayoría de los casos se trata de un empoderamiento falso, que le interesa a la élite. No es cierto que estás trabajando para ti. En realidad casi siempre lo estás haciendo para otros.
Si por aquí van los males, ¿podríamos intentar escaparnos de ellos mediante la vida contemplativa, por ejemplo?
La vida contemplativa tampoco está hoy libre de la mercantilización. Parece que para disfrutarla haya que adoptar algunos cánones, y entenderla incluso como una obligación más. Esto se puede convertir en una nueva necesidad, también creada, en la que los intereses comerciales también se meten. En seguida se te dice que no lo estás haciendo lo suficientemente bien. «Yo, con mi curso, te enseño cómo hacerlo», te dicen… Y no suele ser barato… Mercantilizar la vida contemplativa es un problema más, es una forma más de cómo se nos está comiendo esta vida de productividad. El vivir tranquilo se está convirtiendo, al final, en un engranaje más del rendimiento.
¿La sociedad de consumo, el mercado, nos ha reducido a mercancía? ¿Hablamos y nos comportamos como si fuéramos objeto de oferta y demanda, uno a uno, a costa de cualquier vínculo social? ¿Tiene también la colectividad algo que ver con la vida sana?
Sí, por descontado. La conexión social es una de las patas del bienestar. Al mismo nivel que el descanso, la alimentación o el movimiento. La relación con otras personas es fundamental. Disfrutemos de cualquier interacción. Las relaciones con los demás, sea cual sea su naturaleza, nos genera una emoción. Al fin y al cabo, es nuestra vida diaria. Nuestro leitmotiv.
En tu libro haces alusión a la música. ¿Constituye, en tu opinión, una vía digamos privilegiada hacia el bienestar y la vida sana?
Es el vehículo más rápido para la conexión con nuestras emociones, con nosotros mismos, con los demás. No sólo los humanos recurrimos a los sonidos armoniosos. Muchas otras especies lo hacen. La música, el ritmo, la melodía, el tono, están en la naturaleza. Algo de importancia primordial para un cerebro, como el humano, que es capaz de razonarla, de procesarla, de expresarla…
Prisioneros de las cosas externas, ¿en tu libro propones pasar del papel de espectador al de protagonista de uno mismo?
Ser protagonistas de nuestra propia condición nos ayudará a conectar más con los demás. Una de las cosas que en el hospital me ha hecho crecer es sentirme protagonista y compartir con mis pacientes lo que les pasa. Intentar aprender de ellos, empatizar. Nuestras emociones, nuestras actitudes, son lo que da sentido a la existencia presente. Disfrutando y viviendo todo lo que nos está pasando.

