El barcelonismo en bloque está a punto de dar un paso histórico el domingo con las elecciones, probablemente en la última oportunidad de votar libremente al respecto, que comporta el cambio definitivo del modelo histórico de propiedad de sus socios a un sistema feudal y absolutista en el que un solo amo y señor posee el poder total y absoluto sobre su corte, sobre la plebe anónima, sin voz ni voto, y, lo que es más grave de todo, sobre el patrimonio, tierras, casas, haciendas y castillos que han pertenecido a los socios a lo largo de 126 años. Hasta hoy.
Sorprendentemente, este retorno a lo más oscuro y negro de la era medieval será el resultado de la fanática y decidida voluntad democrática de miles de socios, convencidos laportistas de que este tipo de moderno illuminati es la figura barcelonista llamada y escogida por el destino para llevar al Barça hasta una dimensión desconocida, excelsa y por encima del bien y del mal, la definitiva conversión a una secta bajo la tiranía, los caprichos y la absorbente personalidad de un presidente cuyo enriquecimiento personal coincide con la caída a los infiernos de las finanzas y reservas del club.
La enajenante dominación de este ser superior es demostrable con el argumentario social de quienes votarán a Joan Laporta masivamente. Lo harán porque, repiten como un loro que «con Laporta el Barça se ha saneado económicamente, porque se ha recuperado la alegría y porque el equipo ha vuelto a la élite de la primera línea mundial».
Más allá de este credo simplista y sin duda más que discutible —sobre todo el origen único de un bloque extraordinario de jugadores de La Masía, heredado completamente—, la devoción por Laporta es tan ciega y poderosa que a ninguno de sus miles de admiradores se le ocurriría contrastar tantas mentiras, tantos abusos, excesos y trampas en la contabilidad con la intención de racionalizar el voto.
Cualquier reflexión crítica o en otra dirección es rechazada hasta el extremo de que cualquier sesgo al margen del pensamiento único o disidente se lee en clave antibarcelonista y como otra conspiración madridista. Quien no es laportista, es el enemigo.
No hay medias tintas. Los socios del otro lado, los que no han abandonado la esencia de la sensibilidad barcelonista de toda la vida y no se han dejado arrastrar por la superficialidad del relato mediático dominante, ven a Laporta, en cambio, como un monstruo que sí es, lejos de aquella visionaria figura salvadora y encarnación del salvador del club, una seria y peligrosa amenaza.
Nadie mejor que un socio experimentado, sin ambiciones electoralistas y un pasado impoluto de independencia y de respeto hacia el resto, como Quim Molins, para ilustrar su percepción del personaje y de su obra. Molins ha sintetizado sus emociones y pensamientos en sus cuentas de las redes sociales: «Laporta ha mentido en: Renovación de Messi en 2021 y 2023. Cómo pagar el aval, lo pagaba ISL. Modificación del Proyecto Camp Nou, más obra y más caro. Coste del Camp Nou, de momento 300M por encima. Vuelta al Camp Nou, iba a ser en noviembre de 2024. Elección de Limak, la peor valorada. Financiación del Palau, no entra en los 1.500M. Grada de Animación. Nyap Barça Studios. Fichaje Vitor Roque. Capacidad New Era. Fair Play y 1×1, etcétera».
Razones
Por estas razones se extraña que tantos socios apuesten por su continuidad mayoritariamente. Molins no entiende que se pueda «tolerar que Laporta sea el presidente del Barça que más años pagó a Negreira…, para nada. Y, encima, le triplicó el importe. Y que la lista continúe con el franquista [Alejandro] Echevarría, [Darren] Dein, Limak, el Nou Palau, la lonja Suñol, el Código Ético, ISL, New Era, Barça Studios, carné físico, los desplazamientos, Camp Nou un año y medio tarde (mintiendo), [Enric] Masip, secciones, sin abono, precios de las entradas, deuda (Espai Barça aparte) doblado, etcétera».
Molins también ha resumido sus sensaciones, más bien decepcionantes, sobre la reforma del Estadio. «Estamos gastando 1.500 millones en manos de incapaces como Joan Sentelles en un Camp Nou con pésimos acabados. Han conseguido algo que parecía imposible, empeorar la mera Segunda Gradería. Ya llevo dos partidos con barandillas tapando miserablemente la visibilidad. Bocas de acceso a la gradería estrechas. Escaleras estrechas al poner barandillas a cada lado. Escalones en medio del pasillo. Y si te toca estar cerca de la zona visitante puedes perderte medio campo».
Por desgracia del Barça como institución, la frustración proyectada sobre Laporta y sobre su legado por este resumen abreviado de su segundo mandato resulta fácil verificarla a través de las cuentas oficiales o de la propia experiencia de cualquier abonado que haya podido volver al colegio. Spotify Camp Nou, así como de un mecanismo tan sencillo como la observación y la comprobación de cada una de las advertencias y conclusiones de una lista que es ampliable a otros ámbitos de la gestión como las asambleas franquistas o el maltrato sistemático a los poseedores de un pase de temporada de los dos años y medio de exilio en Montjuïc y del breve y no menos nefasto periodo de retorno en obras.
Lo bueno es que hubiera otra realidad como la pintada por las fantasías y los delirios de Laporta y sus directivos tal y como bien la expone y sintetiza el socio Quim Molins, no aparece en ningún sitio. No existe.
La cuestión es si votar a un Barça de cartón piedra, el que muestran y tanto echan los medios de comunicación cómplices y cuentas digitales del régimen, o votar para echar a los ocupas, lo que viene a ser Laporta y su banda (del Reus), reagrupada para otro asalto al Barça. Es un ser o no ser del Barça de verdad .

