Hay que ser mala persona para, precisamente en el vigésimo segundo aniversario de los atentados del 11-M, alentar e incitar a una nueva guerra con la excusa de la salvaguarda de la civilización. José María Aznar, con esa sonrisita cínica que le caracteriza, vuelve a mentir, vuelve a ponernos al lado de la muerte, de la destrucción, de un nuevo orden mundial que supone más sufrimiento. Pero eso le da igual. La destrucción de un país autoritario vale la pena. Poco importa si las que mueren son niñas de una escuela o personal sanitario. Nada importan las vidas de periodistas, de músicos, de artistas, bajo las bombas de Trump y Netanyahu.
Aznar sigue sin pedir perdón por la sarta de mentiras de la guerra de Irak. Resuenan con dolor todavía aquellas palabras en el Congreso de los Diputados en las que afirmaba que aquel lejano país poseía armas de destrucción masiva. Temblamos ante el televisor porque creíamos que estas iban a acabar con el mundo que conocíamos. Pronto supimos que era el petróleo lo que buscaban. No tardamos en abrir los ojos y ver la gran mentira, que el golfo de Aznar nos involucró en un disparate que condujo a ese atentado que, todavía hoy, el exministro Jaime Mayor Oreja relaciona con ETA y, madre mía, con Francia.
El golfo de la guerra afirma con ese talante entre altivo y soberbio que hay que estar al lado de los que se han cargado el orden establecido después de la Segunda Guerra Mundial. España no puede vivir sin los aliados, es decir, EEUU e Israel. Hay que decirle, mirándole a los ojos, que han sido precisamente esos a los que llama aliados, los que han despreciado a los demás, a Europa, a España, imponiendo normas y chantajes, aranceles y pistolas en las sienes de los gobernantes elegidos democráticamente. Son, vamos a decirlo claro y raso, asesinos, mafiosos, empresarios sin escrúpulos dispuestos a robar lo que no es suyo y a amordazar a los que no estén de acuerdo con ellos.
Al golfo de la guerra hay que plantarle cara con hechos, con verdades que le incomoden, como que quizás prefiera no molestar a los que, como él, aparecen en los papeles de Epstein. Mejor unirse al enemigo cuando no se puede con él. Mejor manipularlo todo para que parezca que el que altera las reglas es Irán, cuando está claro que es EEUU, deformando la realidad, acusando a los que no queremos una guerra ilegal de que somos cómplices de los terroristas de Hamás. Sus grandes amigos, Isabel Díaz Ayuso y Miguel Ángel Rodríguez, son grandes especialistas en alterar esas reglas del juego, en maniobrar para que la opinión pública se olvide de sus muertos, de la responsabilidad que tuvo en Irak, de ese apelativo que le acompañará de por vida y que yo le repito, criminal de guerra.
No me extraña nada que, repito, un 11-M, tenga la caradura y la vergüenza de provocar con sus palabras a los familiares de los asesinados en el atentado de hace veintidós años. Y no me sorprende porque los que, como usted, se ponen al lado de los genocidas, de los pederastas y de los asesinos, comparten esa indiferencia y esa crueldad hacia los que no piensan como ellos. Siguen mintiendo y parece que no les va mal. Siguen callando ante la limpieza étnica en Palestina y ante la invasión de un país soberano como es el Líbano. Sigue usted riéndose en nuestra cara, apelando a no sé qué de la salvación de una civilización, que no es más que el supremacismo blanco y el racismo por encima de cualquier otra cosa. Sigue usted llenándose la boca con esa españolidad rancia mientras está dispuesto a que perdamos la soberanía. Cualquier asesino le mola más que un pacifista.
Voy a pedir dos cosas al universo. Así quedarán escritas y no serán meros pensamientos. La primera, que, si tanto le gusta la guerra, sean sus hijos y sus nietos los que se pongan delante, con la pulsera de la bandera de España, con la frente bien alta; la segunda, que el tribunal de derechos humanos siga adelante a pesar de su llamada y su apoyo al desorden mundial y siente en el banquillo a Trump y a Netanyahu. Y, no se me olvida, también a usted. Lejos de pedir perdón por la guerra de Irak, nos quiere meter en la de Irán. Hay motivos para juzgarle, aunque sea por delitos de odio, de incitación a la violencia, a la mentira. Ojalá lo vea. Vaya usted en paz. ¡Ah, no, que de eso no tiene ni idea!




