El cadalso ya está construido. Y tiene vistas

Bluesky

Las sociedades no caen por accidente, sino por combinación de miedo, crisis y descrédito – lo advirtió Hobsbawm, uno de los historiadores marxistas más influyentes del Siglo XX-, y la historia lo confirma. Las sociedades no caen por golpes de estado espectaculares, sino por un agotamiento lento: primero la gente deja de creer en las instituciones, luego aparece alguien que promete orden, y finalmente el vacío se llena. La historia no se repite, pero a menudo tiene eco. En los años treinta, trincheras, inflación y millones de parados erosionaron y rompieron la fe en el progreso. La democracia parlamentaria pareció impotente, y el vacío lo llenaron ideologías de orden y grandeza. Hoy, las condiciones no son idénticas, pero el eco es inquietante.

Susana Alonso

Si Hobsbawm observara nuestro tiempo, quizás no equipararía directamente a los líderes actuales con los de los años treinta, pero sí analizaría las estructuras que los hacen posibles. Vería como figuras como Trump, Milei, Meloni, Abascal o Orriols han capitalizado un malestar profundo con sus populismos y nacionalismos excluyentes. No son totalitarios en el sentido clásico —no hay que cerrar el Parlamento si ya lo has convertido en un circo donde todos bailan al son de la misma música—, pero sí representan una oleada que erosiona consensos sociales consolidados, cuestiona la separación de poderes, desacredita instituciones y convierte al adversario en enemigo. Esta dinámica no es nueva, pero sus instrumentos han mutado radicalmente. Como diría alguien: antes los parlamentos hacían leyes; ahora hacen teatro.

Hobsbawm encontraría un paralelismo entre las dos épocas en cuanto a la propagación de la información: en los años treinta, la propaganda masiva, los mítines multitudinarios y la prensa partidista amplificaban mensajes simplificadores y emocionalmente cargados; hoy, las redes sociales y los algoritmos permiten que fake news y desinformación se difundan a velocidades inimaginables, movilizando miedos y resentimientos con una eficacia parecida y potenciada, pero más difusa y global. El mecanismo es comparable: transformar la indignación y el miedo en identidad política y acción colectiva. La novedad es que ahora la angustia se mide en likes.

Pero más allá de los medios, lo que persiste es el mensaje: la política del miedo. Miedo a la pérdida de trabajo, a la inmigración percibida como una amenaza cultural, a la inseguridad, a la «decadencia» nacional o a un futuro menos próspero. En los años treinta, el miedo era al comunismo, al colapso social. Hoy adopta formas diferentes, pero el mecanismo es similar: canalizar la angustia de las masas en un discurso político simple que divide y moviliza emocionalmente… y mientras nosotros estamos despistados, ellos actúan.

Las ideologías extremas (como el fascismo, el comunismo radical u otros populismos autoritarios) no consiguen el poder ni se imponen sólo gracias al carisma, la determinación o la fuerza de sus líderes. Su verdadero éxito depende principalmente de la debilidad y de la desconexión con la realidad de los sistemas políticos, económicos o sociales existentes que ellos quieren derribar o sustituir. Cuando una parte significativa de la población deja de sentirse representada o protegida, el terreno se convierte en fértil para proyectos que prometen soluciones contundentes e identidades excluyentes. La defensa de la democracia, pues, no puede quedarse en retórica: requiere movilización ciudadana, renovación institucional y, sobre todo, respuestas tangibles a los miedos reales que la extrema derecha sabe explotar. El miedo no paga, pero vende.

El autoritarismo no siempre llega con golpes de estado o de decreto explícitos; a menudo avanza paso a paso, normalizando la excepción, hasta que la democracia queda vacía de contenido. El cadalso ya está construido; sólo falta que subamos nosotros solitos. Y lo más insidioso es que, mientras subimos, sigamos creyendo que todavía somos libres de bajar.

Pero la historia también nos ha enseñado que las sociedades pueden reaccionar cuando despiertan a tiempo. El miedo no paga, pero vende. La indiferencia no mata, pero permite que maten. La historia nos demuestra que la resistencia colectiva, la vigilancia ciudadana y la defensa firme de los derechos han tumbado muchos cadalsos antes de que fueran irreversibles —como en el Chile de 1988 con el «No» que derrotó a Pinochet, o el Brasil de 2022-2023, donde una coalición amplia frenó el intento de golpe post-electoral de Bolsonaro. Por eso, hoy todavía tenemos la oportunidad de bajar y desmontarlos juntos.

La democracia no está muerta: es una giganta dormida. No la despertarán los gritos de los pesimistas, sino el coraje de los que aún creen en ella.

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