Durante el año laboral tengo la suerte de coger el servicio de Rodalies más bien poco, sólo el fin de semana. Soy usuario de la R2, la que hasta antes de la crisis funcionaba con cierta dignidad. Sin embargo, a lo largo del pasado verano pude comprobar cómo, en ocasiones, no pasaban trenes en previsión, algunos vagones carecían de luz y los errores proliferaban sin avisar y sin recibir ninguna compensación de los responsables.
Hoy, domingo 15 de febrero, cogí el tren, presentándome en la estación un poco antes por si, a veces los milagros existen, llegaba puntual. No ha sido así, haciendo acto de presencia cuarenta minutos más tarde, algo sorprendente, pues mi parada es la segunda del recorrido.
El día anterior, desde el Clot, debí esperar más de veinte minutos. Al menos han cambiado algunas voces en off que suelen impedir hablar cuando estás en el andén, como si con el bombardeo de mensajes pudiéramos pensar peor.
El trayecto de hoy ha sido penoso. Todo se paró a medio camino. Lo intuíamos porque, durante unos minutos, hemos ido por la via incorrecta y eso no podía presagiar nada positivo. Nos han comunicado como causa una espera de circulación.
Mientras esto pasaba, el panorama en el interior, salvo por alguna pequeña protesta, era de pasividad absoluta a partir de una imagen arquetípica en Catalunya y España, menos, aunque parezca increíble, en otros rincones de Europa. La mayoría de viajeros habían perdido el mundo de vista, concentrados en la pantalla de sus teléfonos inteligentes que los convierten en idiotas.
Los jóvenes, encapuchados en su mayoría, gritaban, con otros ofreciéndonos la banda sonora de su dispositivo sin reflexionar en torno al respeto para con los demás. Muchos adultos tecleaban, ajenos a retrasos y paros, sin mirar a nadie a los ojos.
En cambio, servidor tuvo la sensación de total hundimiento tras transcurrir diversos días del mes en el extranjero, donde el viento no colapsa el país y el dinamismo impera porque, de otro modo, es imposible avanzar. Aun así, no deja de ser tragicómico pensar que antes todo podía bloquearse por las luchas de los trabajadores, mientras ahora quien ejecuta esta sórdida melodía es el mismo gobierno, con el president debaja.
También he reflexionado sobre cómo, pese a llevar varias semanas de esta guisa, no se han producido altercados con violencia ni quejas potentes, pues hablar de las manifestaciones de hará diez días era inevitable desde el periodismo, si bien las cifras de participantes fueron irrisorias, lo que debería conllevar la amonestación de los que se atrevieron a titular con aquello de “tomar las calles de Barcelona”, una verdad demasiado parcial y grotesca.
Los zombis no se rebelarán y creerán ser malos depositando su voto en opciones de extrema derecha del país en el que hay dos partidos de estas características con aspiraciones de crecer en las urnas. ¿Y los que mandan? No deben preocuparse mucho dada su inacción para resolver todos los problemas del catastrófico 2026, donde uno de cada dos usuarios no coge Rodalies y la crisis de confianza asoma, enorme.
No se prevén dimisiones. La culpa, que antes siempre era de Colau, ahora no es de nadie, a lo sumo de los predecesores. La década pérdida hizo mucho daño, claro, pero resulta que los socialistas llevan casi dos años en el poder catalán y se atreven a tomar medidas como premiar a los CAP que den altas médicas, como antes se hacía con los conductores de tranvía que efectuaban una carrera de más.
Toda esta desgracia que suma siempre más ítems es muy poco de izquierdas. Muchos expulsados de Barcelona deben ir a la capital cada día por trabajo y usarán el coche, contaminando más. ¿Se habla de ello? No, vivimos en el reino de las omisiones, como tampoco se habla de las dificultades individuales de muchos por culpa de los trenes, ahora gratuitos y por tanto sin posibilidad de pedir compensaciones.
Los zombis no harán como con Michael Jackson y los cínicos se lavarán las manos. Esperaría una reacción de unos y otros. Como no se da, lo normal es atender a la apoteosis del desastre, cuando tampoco nada temblará, como si viviéramos en una inverosímil parálisis, siempre más terrorífica.




