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¿Por qué ahora Irán?

Hector Santcovsky

Sociòleg, expert en polítiques públiques de desenvolupament i sostenibilitat.
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Nadie duda de que Irán no ha sido precisamente un modelo de gobierno. La represión interna, el carácter teocrático del régimen, su apoyo a varios grupos armados en la región, su implicación en episodios como el atentado contra la AMIA en la Argentina —señalado por varias investigaciones internacionales—, su retórica sostenida contra la existencia de Israel y su ambición nuclear forman parte de un expediente sobradamente conocido. Nada de esto es nuevo. Y, precisamente por eso, la pregunta clave no es qué es Irán, sino por qué la confrontación se intensifica ahora y no hace seis meses, ni de aquí a un año.

Las razones difícilmente se pueden entender únicamente desde la lógica moral o de seguridad. Hay que buscarlas en una encrucijada de factores estratégicos, energéticos y, sobre todo, políticos internos en Estados Unidos. En un contexto de competencia global creciente y de desgaste del liderazgo occidental, la tentación de reafirmar el poder en el exterior sigue siendo un recurso clásico para consolidar posiciones en casa. La política exterior, una vez más, funciona como extensión de la política doméstica.

El tablero del Oriente Medio añade otras capas. Irán representa a un actor disruptivo en el equilibrio regional, especialmente en la arquitectura energética y en las alianzas del Golfo. La estabilidad de lo que podríamos llamar el «arco petrolero» sigue siendo decisiva para los mercados y para la capacidad de influencia de Washington. A esto se suma la posición ambigua de Arabia Saudita, actor imprescindible pero cada vez más autónomo, que juega su propia partida entre Estados Unidos, China y sus intereses nacionales.

Ni siquiera la lectura confesional clásica —chiíes ante sunnitas— explica por sí sola la dinámica actual. Organizaciones como Hamás, de raíz sunnita vinculada al universo de los Hermanos Musulmanes, muestran que las alianzas reales responden más a cálculos de poder que a afinidades religiosas. La región funciona hoy menos por identidades que por geometrías variables de interés.

Así, la dureza del momento parece responder menos a una revelación repentina sobre la naturaleza del régimen iraní —conocida desde hace décadas— que a una combinación de reposicionamiento geopolítico, seguridad energética y necesidades de liderazgo político en un mundo percibido como cada vez más inestable.

El problema es que esta lógica táctica, comprensible desde la realpolitik, conlleva riesgos estratégicos enormes. Cuando las potencias actúan para enviar señales de fuerza más que para resolver conflictos, el margen de error se reduce dramáticamente. Y el Oriente Medio es un lugar donde los errores raramente son pequeños.

La teocracia iraní puede ser un régimen profundamente cuestionable. Pero la pregunta decisiva sigue siendo si la manera de afrontarlo contribuye a desactivarlo o, por el contrario, nos acerca a una espiral de confrontación de consecuencias imprevisibles. La historia reciente sugiere que, cuando la política internacional se mueve al ritmo de urgencias internas y cálculos energéticos, el mundo suele acabar pagando un precio mucho más alto de lo previsto.

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