Más allá del resultado de la verificación de las firmas de los tres aspirantes, que ha dejado el camino expedito a Víctor Font como único representante de la oposición sin necesidad de pactos complejos y antinaturales, por no hablar de la estrategia ridícula de Joan Camprubí, el proceso deja en el aire indicios relevantes de baja expectación y motivación del barcelonismo, ajustado a las expectativas de un candidato superfavorido a la reelección, Joan Laporta. Ambos, igualmente, por debajo de la atracción social de 2021.
El tercer hombre, Marc Ciria, cayó como era de prever a la luz de la revisión de las firmas, culpable de haber llevado demasiado lejos su afán de protagonismo, pero sobre todo de haber transmitido estos rasgos propios de esquizofrenia barcelonista. No es compatible ser un fanático laportista y al mismo tiempo estar asustado de venganza y cargado de odio contra él por ignorarlo y dejarlo tirado después de haber estado implicado en su candidatura de 2015.
Si Laporta representa la piratería, la improvisación, la ruina, la opacidad y el gamberrismo como bandera, Marc Ciria es igualmente portador de los mismos instintos básicos, pero con el presunto y altivo convencimiento de que su formación financiera y cierto elitismo barato lo capacitaban para ser el anticristo ideal, el continuismo vestido de Prada.
Tanto se lo creyó, tras ser la estrella de la pasarela mediática como analista económico de la transición, cruel hasta la inquisición contra Josep Maria Bartomeu y entusiasta con la llegada de Laporta («es el único presidente que puede revertir la situación», proclamaba), que, inicialmente, durante meses, estuvo convencido de poder subir al barco, fuera como asesor, como ejecutivo o como directivo de segunda división.
Al igual que al publicista Lluís Carrasco, el presidente le dio un poco de cuerda y luego la cortó, básicamente porque Laporta sólo soporta un charrúa, Xavier Sala-Martín, el único que no pretende darle lecciones -tampoco es que sea una lumbrera-, mientras que el resto la aborrece, especialmente si son, como Marc Ciria, petulantes y ávidos de protagonismo.
Sobre la invalidación de casi 600 papeletas, uno de los dos escuderos de Laporta del Chuiringuito, Jota Jordi, ha atacado a Ciria en las redes, acusándolo de «suplicar a Víctor Font, la noche antes, unirse a su candidatura para no tener que presentar las firmas», de promover «denuncias supuestamente falsas a integrantes de otras candidaturas para coaccionar», de «falsificación de firmas». de «fotos con menores malintencionadas», de «utilizar firmas de otro proceso para estas elecciones», de «engañar a socios y socias» y de «entregar firmas sin DNI».
También ha manifestado que «el Sr. Ciria no sólo no podrá ganar estas elecciones, no debería poder presentarse nunca más. Y la comisión de disciplina del Barça debe estudiar seriamente la expulsión de socio de este señor de nuestro club. Mentideros, trileros y tramposo… los queremos lejos de nuestro club. Veremos cómo procede la Fiscalía después de lo que este hombre ha hecho este último mes».
Poco versado en las técnicas periodísticas más elementales, incluidas la redacción y la gramática, Jota Jordi también ha dado a Ciria material para la Fiscalía copiando textualmente las opiniones de sus únicas fuentes, exclusivamente laportistas, algunas también candidatas a acabar en los tribunales.
Es evidente que, de todas maneras, Marc Ciria deja detrás de él un rastro de tramposo en este proceso, parecido al de su reciente intento de incluir en el orden del día de la asamblea ordinaria de octubre la revocación de la autorización para vender hasta el 49,9% de Barça Licensing & Merchandising (BLM), aprobada en 2022, amparándose en el artículo 20.11 de los estatutos.
Verificación
Presentó 3.316 firmas (2.716 manuscritas y 600 digitales) el 13 de octubre, pero el club validó sólo 1.867, invalidando 738 por falta de antigüedad (5 años mínimos), duplicados, no elegibles, edad o firma. El club verificó las firmas en su área social y legal, rechazando anexos no conformes al artículo 20.11 y citando a Ciria ante notario para certificar el resultado. Ciria cuestionó los criterios, alegando que no se preveían en los estatutos ni en la ley y que se ignoraron firmas digitales permitidas telemáticamente.
Como Agustí Benedito o Jordi Farré, impresentables protagonistas electorales que han querido aprovechar el ruido mediático para atraer cámaras y popularidad, Marc Ciria debería apartarse y darse cuenta de que, si ya era muy poca cosa en solitario, la compañía de Marc Duch, otro representante de los entornos más sórdidos del barcelonismo, lo ha arrastrado al tipo de prácticas, malas artes, con las que Duch promovió el voto de censura contra Bartomeu en su día.

