A principios de junio, el papa León XIV visitará Barcelona. Vendrá rodeado de protocolo, autoridades, cámaras y una liturgia impecable de peregrinos. Hablará de fe, de perdón, de misericordia y de fraternidad. Pero hay una pregunta que sobrevuela cualquier homilía: ¿qué dirá a las víctimas de abusos? ¿Querrá reunirse con ellas y mirarlas a los ojos, algo que el “gran” papa Francisco nunca se atrevió a hacer con las víctimas de los jesuitas de Cataluña siendo él mismo jesuita?

Los casos de pederastia no deberían prescribir nunca y, sin embargo, siguen haciéndolo. Me pregunto por qué la ley permite que delitos tan graves caigan en el vacío del tiempo, pero no puedo mantenerme al margen del debate: me sumo a la voz de Enric Soler y exijo cambios reales e inmediatos. Su lucha, como la de muchas otras personas que trabajan para proteger a menores, es esencial: recuerda que el trauma no prescribe, el dolor no desaparece con los años y que la justicia no puede depender de los calendarios legales.
Llegar a hablar de pederastia exige valentía. Por eso quiero reconocer el trabajo esencial de espacios como el Instagram @metooclerical, donde colaboro, así como la labor de profesionales como las abogadas Paula Fraga y Noelia Rebón, que han dedicado corazón, cerebro y tiempo a defender a víctimas. Por desgracia, no somos muchos los que hablamos abiertamente de pederastia o de bullying, y menos aún desde el ámbito de la justicia. La crítica es dura y directa: una parte de la justicia y de la fiscalía ha actuado con demasiada frecuencia con lentitud, con excusas burocráticas, sin perspectiva de víctima y, en muchos casos, dejando que abusadores escaparan porque los delitos habían prescrito. Esto no es solo injusto; es inhumano.
Mientras tanto, escuchamos más a víctimas activas como Enric Soler o Miguel Hurtado, y menos a sacerdotes cómplices por su silencio, o a políticos que nunca han trabajado fuera de la política y que, en algunos casos, parecen tan cegados por su fe institucional que no ven la realidad social ni el dolor de las víctimas. Esa ceguera no es inocencia; es negligencia. No es extraño que el rechazo a las religiones crezca cada vez más cuando no actúan con responsabilidad y coherencia.
La Iglesia Católica arrastra décadas de abusos y encubrimientos que no pueden ocultarse con discursos solemnes. El papa actual debe rendir cuentas, porque el papa Francisco, tan elogiado como símbolo de renovación, mostró nula valentía para proteger y reparar de verdad a las víctimas de los jesuitas. Las víctimas, a través de los “metoojesuitas”, han denunciado repetidamente cómo sus casos fueron ignorados o minimizados. Y esto no es anecdótico: es la demostración clara de un sistema que prioriza la imagen institucional antes que la justicia y la protección de los niños.
El documental “La fugida” muestra con crudeza la brutalidad que niños tuvieron que soportar dentro de comunidades religiosas. Ese poder corrompido puede destruir vidas. ¿Y qué consecuencia legal ha tenido el abusador confeso, el jesuita Cesc Peris? Ninguna. Y no, esto no es excepcional. Tampoco ocurre solo en la Iglesia: ocurre en otras religiones presentes en nuestra sociedad, en organismos de poder, en centros de menores tutelados bajo la sombra de la DGAIA, en escuelas y familias donde la autoridad se convierte en escudo para los abusadores.
Es alarmante la sensación de normalización de la pederastia en ciertos círculos: los terroríficos casos de Epstein con autoridades y multimillonarios de todo el mundo implicados de forma directa, violaciones dentro de centros tutelados o escuelas que callan, discursos que trivializan o blanquean delitos extremadamente graves. Hablamos de menores, de niños y niñas que acaban traumatizados e incluso suicidados. Esta tendencia es profundamente inquietante y exige una respuesta social clara y contundente.
Un monstruo nunca debería quedar impune, pase el tiempo que pase. Por eso, personalmente, el papa no es bienvenido. Y el motivo es evidente: mientras instituciones enteras y gobiernos den pasos simbólicos, pero no eliminen definitivamente la prescripción de los delitos para los pedófilos, no asuman plenamente los daños irreparables causados ni responsabilicen a los cómplices que callan, no estarán ayudando a las víctimas, sino todo lo contrario. Como escribí en un artículo anterior en este mismo diario, yo siempre estoy del lado de las víctimas, y allí donde la “belleza de la fe” y las estructuras de poder se contradicen, elegiré siempre la verdad, la justicia y la protección de los niños antes que cualquier escudo institucional, político, religioso o poderoso.
Que la pederastia no prescriba: basta de silencio, basta de poder, basta de impunidad.







