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El cuerpo de la mujer como arma electoral: el caso del burka y el nicab

Enric Llorens

Militant del PSC des de la seva fundació. Actualment, presideix el Club Còrtum i centra bona part del seu activisme en la lluita contra les 'fake news', impulsant eines com VerificaTHOR per combatre la desinformació a les xarxes.
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El debate sobre el burka y el nicab ha resurgido con fuerza a raíz de una propuesta de prohibición rechazada en el Congreso. El cuerpo de la mujer se ha convertido en un campo de batalla político.

La derecha (PP y Vox) lo presenta como símbolo de opresión machista, amenaza cultural y riesgo de seguridad. Prohibirlo sería, dicen, defender a la mujer y a los valores occidentales. Una justificación que, en realidad, responde a una estrategia islamofóbica más que a una preocupación genuina por los derechos de las mujeres. Una preocupación que su propia trayectoria desmiente: han votado contra leyes de igualdad, incrementos salariales y reformas laborales que reducen la brecha de género, y han cerrado servicios de atención a mujeres maltratadas. El feminismo sólo les interesa cuando sirve para alimentar la islamofobia y ganar votos.

Desde la izquierda, y con diferentes matices, también se condena el burka y el nicab como violencia machista y vulneración de derechos humanos: no son expresión religiosa legítima, sino una imposición que se traslada al espacio público. Es necesario, sin embargo, abrir un debate serio y constructivo, junto a las mujeres que lo viven y las comunidades implicadas, y basado en evidencias sobre qué medidas realmente funcionan para promover la integración y la libertad de todas las mujeres. Para hacerlo posible, hay que tener en cuenta dos realidades: que la gran mayoría de mujeres musulmanas no llevan estas piezas, y que el burka y el nicab, como símbolos visibles, generan rechazo en una parte de la sociedad. Por lo tanto, no debemos estigmatizar a toda una comunidad por una minoría muy reducida.

Si una mujer se queda en casa porque no puede llevar burka en la calle, no es la ley quien la oprime, sino quien le exige cubrirse el rostro para poder pisar la calle. La ley abre la calle, pero no desarmará nunca a quien interpreta de manera interesada —o inventa— el Corán para mantener a la mujer bajo su poder. La solución no puede ser sólo legalista si no va acompañada de otras herramientas.

Estudiosos del islam, incluso conservadores, han reconocido que el burka y el nicab son invenciones posteriores, ausentes en el Corán, que responden más a una lógica de control que a un mandato religioso. Este consenso teológico debe traducirse en una transformación interna del rol de la mujer dentro de las comunidades musulmanas, una responsabilidad que recae directamente en sus líderes, civiles y religiosos: no basta con el discurso, hacen falta hechos. Es clave que se impliquen, educando contra cualquier forma de sometimiento, promoviendo la igualdad de género dentro de su entorno y rechazando prácticas que invisibilicen a las mujeres. La integración es bidireccional: adaptarse a las normas de convivencia occidentales y, al mismo tiempo, cambiar desde dentro.

El cuerpo de la mujer no debería ser botín electoral. Lo que hace falta es feminismo real: más coeducación, más igualdad efectiva, más laicismo aplicado, más apoyo a las mujeres que quieren liberarse y más diálogo con las comunidades. El burka y el nicab deben desaparecer de nuestra sociedad. Esto sólo se logrará cuando las mujeres tengan herramientas reales para elegir libertad —no por leyes oportunistas ni por discursos de odio—. Hasta entonces, seguirán siendo el escenario favorito de algunos partidos que solo saben ver mujeres cuando pueden usarlas.

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