Todo el mundo se espanta por la desaparición del orden imperante en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Nos sorprendemos sin darnos cuenta, o sin querernos dar cuenta, de que ya hace muchos años que desapareció. Lo hizo al caer junto con el Telón de Acero un lejano 9 de noviembre de 1989. Ese día la frase con la que el primer Secretario General de la OTAN resumió el objetivo fundacional de la alianza, «mantener a los rusos fuera, a los americanos dentro y a los alemanes abajo», perdió todo su sentido de la misma manera que lo hizo la propia organización.
También perdieron sentido los instrumentos que debían garantizar una cierta gobernanza mundial, como Naciones Unidas, un organismo que quería reunir a todos los países del mundo bajo el imperio de los Derechos Humanos y la tutela de los Estados Unidos, la Unión Soviética, China, Francia y el Reino Unido –los Estados vencedores de la guerra que en aquel momento eran los únicos que disponían, o estaban camino de disponer, de armamento atómico.
Las guerras de la antigua Yugoslavia en los años 90 fueron el primer síntoma de que el orden internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial no funcionaba sin el Muro de Berlín. Su caída tuvo otra consecuencia más sutil, pero también demoledora, como fue la desaparición de un modelo económico y social alternativo al capitalismo y ante el que Occidente respondió con el Estado del Bienestar, que desaparecido el comunismo se empezó a ir socavando poco a poco.
La cosa ha ido a peor. Hoy las Naciones Unidas se ven privadas de legitimidad por su incapacidad, o la incapacidad de sus miembros, para adaptarse a un mundo que no tiene nada que ver con el de 1945. Su obsolescencia queda puesta de relieve al ver que uno de los miembros permanentes originales del Consejo de Seguridad, la URSS, ya no existe. No es el único cambio.
El mundo bipolar de la posguerra mundial ha sido sustituido por una multipolaridad, donde la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética ha mutado en una pugna entre Estados Unidos y China; Europa surge como una potencia que intenta influir globalmente más allá de la economía para convertirse en un actor político con voz propia ante las reticencias rusas y norteamericanas; y han aparecido otros estados nucleares, como Israel, Corea del Norte, la India o Pakistán que actúan como potencias regionales.
Los cambios no han sido sólo políticos y militares. La crisis climática, inimaginable hace 80 años, obliga a modificar los sistemas de producción para sustituir los hidrocarburos y sus derivados, un hecho que se encuentra en el trasfondo de la crisis de la industria del automóvil, y da alas a nuevas formas de energía limpia, lo que genera inquietud y resistencia de las todavía muy poderosas empresas petroleras. El calentamiento global es responsable del deshielo del Ártico, que permite establecer nuevas rutas comerciales que Rusia, Estados Unidos y China pelean por controlar.
Mientras tanto aparece una nueva oligarquía tecnológica que quiere hacer notar su poder y se afana por imponerse a unos estados que dependen cada vez más de sus productos para funcionar. Lo vemos en Estados Unidos, donde hoy quien envía cohetes al espacio no es una agencia estatal como la NASA, sino empresas privadas que la superan tecnológicamente, y también en China, gigantes corporativos como Tencent, Alibaba o Huawei concentran un inmenso poder económico y político que, de momento, ponen al servicio del Estado y del Partido Comunista. Estas nuevas tecnologías han hecho que se codicien nuevos recursos naturales, como el litio y otros metales raros, que son abundantes en lugares como las regiones ucranianas de Donetsk o Luhansk y en Groenlandia.
Resulta evidente que este nuevo mundo no se parece en nada al de 1945 y no puede regirse por una gobernanza surgida de la Guerra Mundial que nadie ha movido un dedo por actualizar. El resultado es el caos. Inevitable cuando no hay unas reglas de juego válidas y en lo que se mueven como pez en el agua los aspirantes a tiranos. En el caos prevalece una inestabilidad que genera miedo. Un miedo que justifica -en el interior de los Estados- el autoritarismo, el control social y la represión con la excusa de la seguridad nacional y -en el exterior- la muerte del multilateralismo y la desaparición de las viejas alianzas.
Todo el mundo está solo en un nuevo mesa de juego donde la fuerza militar recupera su protagonismo en las relaciones internacionales y se convierte en una garantía de supervivencia porque la guerra se normaliza y se despenaliza el uso potencial del arma nuclear. Lo estamos viendo en Ucrania e Israel y está implícito en las hazañas que escupe Trump.
