La suerte de escribir columnas desde la continua reflexión es comprobar su buen envejecer. A lo largo de 2025 estuve preocupado por ciertos temas, que ahora afloran con naturalidad, pues al fin y al cabo los textos que les dediqué anticipaban sus crisis y retornos.
El primero de ellos es Rodalies. Desde hace algunas semanas, quizá no importa mucho en qué momento me leas, el servicio de trenes de proximidad catalán se ha visto sumido en una serie de problemáticas con tintes bien idóneos para simbolizar el ridículo de todo un país. Durante todo este tiempo no me ha chocado parte del cinismo político mediático, con Puigdemont arrebatado contra la actual administración y casi nadie con el dedo lúcido de meditar sobre cómo el problema es más grave desde la pasividad de muchos gobiernos catalanes, preocupados por cualquier cosa menos legislar, añadiéndose a su desbarajuste una nula voluntad de acuerdos con sus homólogos españoles de izquierdas o derechas.
Delante, detrás, un, dos, tres, pica pared, folre y manilles, más que nada por lo grotesco de plantear medidas para apaciguar los ánimos. ¿Seguro? Escuché en las radios en torno a compensaciones por las deficiencias del servicio, algo que muchos pedimos desde hace meses por viajar a oscuras, esperar trenes que nunca pasaron, comprobar el poco respeto de muchos usuarios para con los vagones o, simplemente, ser ninguneados por la cronificación del caos ferroviario sin recibir explicaciones.
Esto último es bien normal en Catalunya y España, donde, sin embargo, durante meses se han llenado la boca de la urgencia de ampliar el aeropuerto del Prat. No me importa repetir en estas mismas páginas lo que escribí en verano: mejoren la cercanía y piensen luego en los visitantes.
¿Por qué no lo hacen? La sensación es de mandamases sin capacidad para ejercer el mando, lanzar discursos vacuos y quedarse tan panchos, bien protegidos por el desdén de los votantes, resignados al mal funcionamiento de lo público y aliviados gracias al dios consumo de todos los santos, amén.
En las últimas semanas he tenido la oportunidad de notar un aire desganado en algunas oficinas repletas de funcionarios. En una comisaría a la que fui para renovar el pasaporte tardaron hora y media más de lo previsto. En Correos, una de las chicas atendía a los usuarios y luego se iba a pasear cinco minutos por el interior de la oficina, a priori sin un objetivo preciso, pues regresaba sin nada y tampoco se oían ruidos de colocar paquetes ni nada por el estilo.
Todo va tarde en España y sus autonomías. El país no cuenta nada a nivel cultural, algunos juzgan las traducciones literarias imposibles porque se asume la falta de empuje sin plantear virajes, pero sabe vender motos como nadie a partir de la bonanza económica que no repercute en la redistribución de la riqueza, causa que sería dignísima para el gobierno más progresista de la Historia, el mismo que, en su último giro vanguardista, se apunta al carro de una medida internacional.
Hablamos de la prohibición de las redes sociales a los menores de 16 años. Aplaudimos la idea, aunque iremos en la misma liga hacia otra división, no sin antes afirmar que algo deben haber hecho muy mal las izquierdas para que los jóvenes sean cada vez más racistas, conservadores y contrarios al Feminismo.
Durante años he criticado cómo los medios de comunicación abusaban de las redes sociales como fuente. La victoria de Donald Trump, aliado con Elon Musk, rebajó esa mala praxis durante unos meses. Ahora retorna y, desde mi punto de vista, reafirma la pereza para analizar los fenómenos en profundidad tanto desde el periodismo como desde la política.
El primero, a veces por falta de presupuesto, ha olvidado en un % preocupante la trascendencia de investigar y pisar la calle para comprender los fenómenos del presente. El segundo, valga el ejemplo de Rodalies, tira de populismos de mercadillo con la creencia de parar golpes que son gotas chinas; de este modo, oh sorpresa, ocurre un poco como con los temporales o los desprendimientos: la acumulación de agua amenaza con catástrofes que nadie vio venir al no tener en su diccionario la palabra previsión.
Con las redes tenemos un blanco fácil. Los veinteañeros no leen la prensa escrita y claro, acuden a esos engendros en los que se contaminan de maldad y falsedades. De acuerdo, pero volvamos a lo de antes. ¿Por qué no leen periódicos? ¿Por qué desconfían de lo que se escribe en los mismos? Mientras tanto los directores proponen iniciativas absurdas para la juventud, comodines de la llamada, como los discursos sobre haber resuelto el entuerto de los trenes. En todas estas circunstancias el denominador común se llama parálisis, abono para desgracias.
