El impulso de convertir el Barça exclusivamente en un reflejo de sí mismo, lejos de reprimirse con el paso del tiempo, se agudiza peligrosamente en la figura de Joan Laporta. La última decisión demostrativa de su ego desbocado y soberbia enfermiza ha consistido en suprimir la identidad de la Llotja President Josep Suñol y denominarla de forma oficial Llotja Presidencial Spotitfy Camp Nou. Un acuerdo que forma parte de ese paquete tan funesto para el Barça que combina la tendencia inevitable de Laporta a borrar cualquier símbolo barcelonista que no haga referencia a su propia era con las concesiones prioritarias a los patrocinadores cada vez a cambio de menos ingresos.
Si Spotify exigió aparecer por encima de todo en el palco del Camp Nou, Darren Dein, el negociador/tapadera personal de Laporta, con derecho a pisotear a los propios directivos y asegurarse una indecente, innecesaria y millonaria comisión, cedió sin oponerse a esta y otras tantas demandas del patrocinador. Sin defender que la historia del Barça y sus elementos identitarios, los que configuran esa memoria barcelonista única y representativa de los valores de su resistencia al centralismo y las dictaduras, deben conservarse intactos, sobre todo para ilustrar la formación de las sucesivas generaciones que, desde Gamper, han crecido solidariamente entregados y comprometidos en la lucha a favor de los principios democráticos.
Hoy, Laporta representa todo lo contrario, el franquismo en su máxima expresión, reforzado por esa actitud personal de despojar al Barça de sus recuerdos y del merecido reconocimiento a todos los barcelonistas que lo han convertido en la entidad deportiva con la etiqueta exclusiva de Més que un club.
Laporta, en su palmarés como el neotirano que gobierna el Barça, ya tachó el nombre de Josep Lluís Núñez del Museu, en su momento se negó a retirarle las medallas entregadas por el Barça a Franco -lo tuvo que hacer Josep Maria Bartomeu- y ahora ha potenciado y entregado el mando ejecutivo del club a su cuñado Alejandro Echevarría, destacado miembro de la Fundación Francisco Franco, y viene de reconocer la figura de su suegro, Juan Echevarria, soldado de fortuna del régimen que se enriqueció gracias a la dictadura de Franco, como un admirable y respetado joseantoniano con el que sólo mantenía algunas diferencias.
La ultraderecha que tanto le preocupa a Pedro Sánchez llega años anidando y dirigiendo el FC Barcelona, ahora ya sin disimulo ni vergüenza por parte de Laporta, que, si se recuerda, también boicoteó los actos institucionales del 125º aniversario del club con el único propósito de que la celebración girase exclusivamente en torno a él.
Coherente con ese totalitarismo, Laporta ni ha pestañeado a la hora de enterrar otro héroe del barcelonismo, el presidente Josep Suñol, fusilado por el bando nacional durante la Guerra Civil y símbolo indiscutible de esa valentía a favor de las libertades y de la democracia que han distinguido secularmente a los barcelonistas.
Hoy Laporta, que sigue militando en la trinchera victoriosa del 39, no oculta los tics despóticos, neronianos y hasta napoleónicos que le han impulsado no sólo a desterrar al olvido a Josep Suñol. También a derribar la tercera grada de Núñez y a reformar el Camp Nou volviendo del revés el proyecto arquitectónico de Sandro Rosell. El Barça, a su modo de ver y sentir, es Laporta y su obra, sin más pasado ni historia que el de su propio reinado, eso sí, con Joan Gaspart de bufón, una corte de mediocres y pusilánimes directivos, un ejército mediático de fanáticos y una masa social cuya poca vitalidad, personalidad y voluntad acabará de enterrar el 15 de marzo próximo. Y no se espera ningún levantamiento.













