La guerra que algunos todavía perdemos

Bluesky

Ante la polémica desatada por si «La guerra que todos perdimos», era una afirmación o una pregunta, quería dar mi opinión. ¿En condición de qué? Haber sufrido durante muchos años la dictadura que surgió de la guerra debería ser condición suficiente para poder opinar, pero si además mi abuelo fue asesinado en una curva de La Rabassada, mi suegro pasó por cárceles y trabajos forzados y que he leído mucho sobre la guerra civil, estoy en condiciones de poder opinar.

Susana Alonso

De entrada yo me preguntaría «¿quién empezó la guerra?». Aquí no hay ningún tipo de duda. Una joven república con dificultades, con un gobierno del Frente Popular que tenía profundas divisiones incluso dentro del socialismo (Prieto y Largo), surgida del final de una dictadura militar y huida de un rey débil, que había sufrido dos años de gobiernos de derecha y los hechos de octubre de 1934 (en Cataluña y Asturias), con la iglesia en contra, con militares descontentos que ya habían hecho una tentativa al menos (Sanjurjo) y en un contexto histórico con adelanto del fascismo por Europa… se enfrentaba a grandes peligros.

A pesar de todo, en pocos años la República había hecho avances muy significativos con relación a los derechos fundamentales (como el voto de las mujeres), la política agraria, la educación, la cultura, el reconocimiento de los territorios (los estatutos de Cataluña, Euskadi y Galicia), la separación del estado y la iglesia o el nuevo papel y estructura de los militares. Nada de eso dejó indiferente a todos aquellos que veían recortados sus privilegios y que lo confundían (o lo hacían ver) con un atentado en la España eterna.

Y llegó julio de 1936. Una parte del ejército (no todo) dio un golpe de estado sanguinario. Estaba comandado en teoría por un general (Sanjurjo otra vez) que se estrelló con un avión cuando iba de Portugal a España a hacer no se sabe muy bien qué; por un «director» (Mola) que emitía «directivas» cada vez más violentas y afectado por el asesinato de su hermano en Barcelona; un republicano traidor ( Queipo) y otro republicano (Queipo de Llano) más preocupado por el sexo que por otras cosas; un grupo de generales monárquicos (Kindelán y Saliquet) que soñaban con el retorno del rey; y bien escondido un Franco, que con su calculada indecisión provocaba el desconcierto del resto (Queipo le llamaba «la culona») y que finalmente se hizo con las riendas del golpe el día 1 de octubre de 1936.

El triunfo del golpe sólo se explica por tres factores determinantes: los errores del gobierno republicano, con Casares Quiroga al frente, por ignorar lo que se gestaba y que no supo cortar a tiempo lo que estalló; la desunión de los partidos de izquierdas, con la violencia desatada por la CNT-FAI que anteponía la revolución a todo (en Cataluña, el entreguismo del gobierno de Companys a quienes eran los amos de la calle); finalmente, la financiación por parte de las grandes fortunas de la época (March sobre todo) y el apoyo internacional del nazismo y fascismo desde el primer momento a la vez que las potencias democráticas (Inglaterra, Francia y EEUU) mantuvieron una posición muy tibia, debido probablemente y en parte a la violencia en la retaguardia republicana.

Es evidente quién provocó la guerra civil e igualmente lo es quien la ganó: Franco y los suyos. Y quien perdió durante cuarenta años: los que no eran de Franco y los suyos, no necesariamente los republicanos de izquierda. También los monárquicos, los judíos y madrileños, los homosexuales, muchos intelectuales, gente de derecha no adscrita, algunos carlistas e incluso falangistas disconformes con el rumbo de la dictadura. A menudo perder la guerra supuso también perder la vida: se estima unos 50.000 ejecutados y muchos más muertos de hambre y enfermedad (gente como Besteiro o Miguel Hernández) después de decir cínicamente que «la guerra ha terminado» el día 1 de abril de 1939. Un verdadero holocausto, en palabras de Paul Preston.

Lo peor de todo es enterarse, cincuenta años después de la muerte en la cama del dictador, de que un 21,3% de los jóvenes españoles (también catalanes) están convencidos de que la dictadura fue buena o muy buena. No es que la guerra la perdimos, sino que la estamos perdiendo todavía ahora, casi noventa años después, ante la ola de ultraderecha que nos invade. Los demócratas, independientemente del color político, no podemos quedar impasibles ante este desastre. Nos debe hacer reflexionar, identificar dónde hemos fallado y actuar inmediatamente.

Si no lo hacemos, seguiremos algunos perdiendo la guerra, probablemente aunque no seguro, sin sangre en las calles y cárceles, pero con la libertad y valores pisoteados. ¡Nada me haría más feliz que equivocarme!

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