Los de mi generación, los nacidos en los 80, somos los de la primera que fuimos adolescentes con móvil y con la primera semilla de lo que ahora son las redes sociales. Nuestro teléfono, sin embargo, era analógico y funcionaba con tarjetas de prepago. Si queríamos contactar con alguien, mandábamos un SMS que costaba dinero, así que escribíamos mensajes crípticos para meter el máximo de información y, una vez enviados, no teníamos un doble tic ni gris ni verde ni azul para saber si nos habían leído. Los más ahorradores, recibíamos a menudo un «llámame que no tengo saldo» que nos mandaba el que ya había agotado su dinero y éramos muchos los que hacíamos cola para poder jugar con el teléfono del amigo que tenía Nokia, que era el afortunado que poseía el juego de la serpiente.
Hoy en día la cosa ha cambiado mucho y niños con 12 años llevan encima un smartphone y un Chromebook. Cuando hacen los trabajos no tienen que ir a la biblioteca a buscar información, simplemente entran en ChatGPT y preguntan lo que quieren, sin cuestionarse si la respuesta que reciben es correcta o no. Lo mismo ocurre cuando escuchan a influencers, autoproclamados «expertos» en todas las áreas que nos podamos imaginar: psicología, finanzas, deportes, nutrición… Y de hecho, incluso pueden ahorrarse el consejo de amigos y padres y preguntar a la IA todas las dudas que les puedan surgir, desde cómo interpretar la respuesta que por WhatsApp les ha dado su crush, hasta cómo conseguir eliminar el control parental.
El resultado de todo ello es una hiperconexión y un bombardeo constante de estímulos que sólo generan soledad, estrés y, paradójicamente, una gran desconexión con el resto de seres humanos, además de una gran pérdida de profundidad y espíritu crítico.
Byung-Chul Han, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025 por sus análisis críticos sobre la sociedad del cansancio, la tecnología y el neoliberalismo, nos explica en su ensayo Vita contemplativa que «los medios sociales aceleran la desintegración de la comunidad». Pero eso no lo dice sólo él. Hace años que expertos nos alertan del peligro de las redes, que sabemos de la polarización que generan, del algoritmo hecho para que sigas haciendo scroll infinito reforzando tu pensamiento y acabando con tu espíritu crítico. También hace tiempo que circulan estudios que vinculan el aumento de depresiones y suicidios por parte de adolescentes, debido a los sentimientos de insuficiencia e inseguridad que les genera la exposición a estándares irreales de belleza y éxito. Y también conocemos los efectos que las redes tienen sobre el rendimiento académico, al reducir la capacidad de concentración y afectar el proceso de aprendizaje.
Por todo ello, y como madre de un niño de once años que el próximo curso empezará el instituto, el anuncio hecho por Pedro Sánchez esta semana, de prohibir que los menores de 16 años puedan utilizar las redes sociales, no solo me gusta, es que me alivia. Lo hace porque, aunque su viabilidad práctica no sea fácil, pienso que supone un aviso a navegantes, una manera de impulsar la sensibilización sobre los peligros del uso del móvil y de las redes sociales en los menores de edad.
Me tranquiliza pensar que, por fin, el sistema reconoce un problema grave, facilitando a los padres argumentos para luchar contra una masa social difícil de combatir. Ayudándolos a proteger y sensibilizar a sus hijos sobre la situación. Y sí, digo proteger, porque aunque parezca paternalista, la realidad es que no podemos exigir a los adolescentes el esfuerzo de utilizar las redes sociales con responsabilidad cuando están hechas para crear adicción y a los propios adultos nos cuesta. ¿O es que dejaríamos a nuestro hijo que usara un vehículo sin tener aún los conocimientos y la madurez suficiente para conducirlo?
Aquí en España, Sánchez ha anunciado que hará frente común con 5 países europeos más, y que juntos irán detrás de aquellos que promuevan la desinformación y los discursos de odio, una intervención más que necesaria teniendo en cuenta que casi el 20% de las publicaciones de las redes sociales contienen mentiras o falsedades que lo que hacen es desestabilizar a personas y a la sociedad, polarizándola y dañando la convivencia.
Australia fue el primer país que se atrevió a luchar contra este monstruo, que nos quiere a todos dormidos, solos y convertidos en máquinas de consumo. En los dos meses que lleva entró en vigor la prohibición, las principales compañías de redes sociales han informado de que se han borrado aproximadamente 6 millones de cuentas de menores de 16 años.
Parece, pues, que la prohibición funciona, lo que deseo, porque por encima de todo creo que los adultos, deberíamos garantizar que, cuando nuestros menores inicien su camino por la adolescencia, puedan sentirse libres de desconectar, que tengan tiempo para ejercer hábitos que desgraciadamente se están perdiendo y que son los que nos hacen crecer y forjar nuestra identidad y, sobre todo, que en vez de la soledad de la pantalla iluminándoles el rostro, disfruten de una comunicación auténtica, en un entorno físico, palpable, que los conecte con el presente y la vida real, que dista mucho de la que se ve en pantalla.
