En el convulso e inestable escenario internacional provocado por Donald Trump, desde su regreso a la Casa Blanca, hay una víctima silenciosa que merece toda nuestra atención y nuestro apoyo: los 9 millones de cubanos que viven en una situación de extrema precariedad, cada día que pasa más crítica.
La detención y secuestro por Estados Unidos del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su esposa Celia Flores, el 3 de enero pasado, ha tenido una consecuencia inmediata: la suspensión de los envíos de petróleo venezolano a Cuba, que era su principal proveedor.
Además, Donald Trump ha amenazado con la aplicación de aranceles suplementarios a cualquier país que ose llevar petróleo a la isla caribeña. Esta es una advertencia directa contra la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, que, por solidaridad y humanidad, envió el 9 de enero pasado un cargamento de 84.900 barriles de petróleo a Cuba, cuando el país necesita 37.000 barriles diarios para poder producir electricidad y hacer funcionar la economía.
En la actualidad, se calcula que Cuba solo dispone de reservas de petróleo para unos 10 días. La vida cotidiana de los cubanos es dramática: casi no hay suministro eléctrico en las casas y en las empresas ni tampoco gasolina para hacer funcionar los vehículos.
Esta falta de electricidad también rompe la cadena de frío y echa a perder la conservación de los alimentos. Solo las remesas que envían los emigrantes a sus familias dan un mínimo aliento a la exhausta población.
Desde la revolución del 1959, Estados Unidos siempre han tenido a Cuba en el punto de mira y la han castigado con un severo embargo comercial. Ahora, sin el petróleo de Venezuela, Donald Trump cree que el presidente Miguel Díaz-Canel caerá y tampoco descarta una intervención militar.
El experimento comunista en Cuba ha sido un desgraciado fracaso económico y las víctimas son los habitantes de la isla, que no tienen ninguna culpa. El implacable aparato represivo del régimen hace imposible cualquier revuelta interna y esto lleva a la gente a la impotencia y a la resignación.
Hay que reconocer que el comunismo ha aportado algunas cosas positivas al país, como la educación y la sanidad -hoy, muy degradadas-, y que el castrismo ayudó generosamente a la independencia de algunos países africanos contra el colonialismo y en el combate contra las dictaduras fascistas americanas. Pero todo esto ya hace tiempo que se ha acabado.
Paradójicamente, China, gobernada con mano sabia por el Partido Comunista de Xi Jinping, se ha convertido en un modelo económico de éxito, que ha sido capaz de erradicar la pobreza endémica del país y convertirlo en una potencia mundial hegemónica. El problema no es la teoría comunista, sino los líderes y los cuadros que la llevan a la práctica.
Cuba ha caído bajo las garras de Donald Trump y de su secretario de Estado, Marco Rubio, que tienen el poder y la capacidad de jugar con el futuro de la isla. Su estrategia, como vemos, pasa por mantener y acentuar el asedio de Cuba, cortándole todos los suministros y los intercambios exteriores, aunque esto signifique el sufrimiento extremo de 9 millones de personas.
Después del genocidio de Gaza, se está perpetrando otro genocidio –de momento, sin bombas– contra el pueblo cubano. Es nuestra obligación, como europeos y catalanes, ayudarlo masivamente con víveres y productos de primera necesidad.
Ya hemos constatado, con el intento de anexión de Groenlandia, que Donald Trump no tiene ningún tipo de manía a la hora de ningunear y de agredir a la Unión Europea. Esto tiene que espolear a Bruselas a tener una política exterior propia e independiente, sin estar supeditados a los desvaríos de la Casa Blanca, que abocan a Estados Unidos a devenir un régimen totalitario.
No podemos restar impasibles ante el drama silencioso que sufre la población cubana, condenada a la inanición. Ya sabemos el futuro que les espera si Estados Unidos consuman el dominio y el control de la isla.
Es por eso que, como herederos de los idealistas que, siglos atrás, forjaron la democracia y los derechos humanos, tenemos que dar el paso de socorrer a los hermanos cubanos en este momento crítico y desesperado que viven. En Europa no somos productores de petróleo -en cambio, Cuba tiene importantes yacimientos que todavía se tienen que explotar-, pero sí que podemos activar un puente aéreo y marítimo con La Habana para hacer llegar alimentos y medicamentos a su población.
El fascismo, ahora disfrazado de tecnofascismo, no ganará y pasará. Todas las personas tenemos en el corazón las pulsiones eternas e indestructibles del amor, la alegría y la solidaridad, de las que nace el proyecto y la convicción de hacer evolucionar la humanidad hacia un estadio superior de paz, armonía y felicidad compartida.
Es en nombre de este buen sentimiento universal que hay que ayudar ahora a los cubanos, sin apriorismos ideológicos ni políticos. Son las personas -niños, jóvenes, adultos y gente mayor- las que cuentan y las que tienen que guiar nuestra acción solidaria.
Cataluña tiene unos vínculos históricos muy profundos y especiales con la isla de Cuba. Razón de más para que, desde aquí, movilicemos toda nuestra atención en estos momentos de tanta dificultad.
