Resulta que una mujer insultó en un mitin a Pedro Sánchez. Resulta que es concejala del PP. Se llama Belén Navarro y decidió acudir a un acto del adversario para gritar ‘hijo de puta’, en este caso sin fruta.
A nadie sorprende el nivel de la política española. Sin embargo, sí lo hizo una afirmación del ministro Bustinduy en un programa de TVE. Preguntado sobre el clima de crispación y los improperios de la representante popular respondió que ahora hablamos de crispación como si en el pasado lejano no existiera.
La frase me hizo pensar, porque se aderezaba con la reflexión de estar igual que antes, como si la calidad del debate fuera nefasta desde la noche de los tiempos y se asumiera con toda naturalidad.
Si el ministro lee esto refutará mis reflexiones, pero las imágenes grabadas registran lo que dijo, algo sin duda chocante, más tratándose de un tipo más bien sensato y nada proclive a mear fuera de tiesto, por lo que es lícito aceptar sus palabras desde la sinceridad.
De ser así nadie debería extrañarse, sobre todo desde un análisis a fondo de la cuestión. Estas palabras fueron pronunciadas en un programa matinal de máxima audiencia en el que los tertulianos se sienten cada vez más como los herederos de sus homólogos del corazón de principios de siglo. De los Matamoros hemos pasado a todólogos que pueden quedarse sin medio en el que escribir sin importar mucho, pues mediante un sistema de repeticiones siempre dispondrán de un sueldo en alguna tertulia estéril, donde al final se informa poco, se habla mucho y nada se aporta para el debate público, aquel idóneo para mejorar la calidad democrática del país.
En el caso de los todólogos españoles aún no hemos llegado al bochorno catalán de la era del Procés, cuando muchos se transformaron en políticos y engrosaron las filas de las formaciones que defendían con tanto ahínco, donde, para estupor de nadie, replicaron la retórica habitual de bronca sin ninguna voluntad de cambiar el paradigma.
Los que se sientan en esas mesas, algunos quizá hasta duermen en ellas mientras miran la pantalla de sus teléfonos, tienen una enorme responsabilidad, al igual que la clase política. Al no cumplir con la misma acrecientan el virus, sin ganas ni inteligencia para revertirlo, provocándose día tras día una mayor desafección del ciudadano con el sistema.
A diferencia de otras generaciones ahora los poderosos no deben sudar de miedo ante esa reacción de los votantes. Nunca antes hubo menos espíritu revolucionario en Occidente pese a todas las hostias de la cotidianidad desde la ineptitud o inacción de los gobernantes. La opción individualista cuajada desde lo neocon no tiene rival y el colectivo es un recuerdo lejano que debería resucitar desde la decencia del bien común, el mismo por el que nadie apuesta, pues una clave del estado de la cuestión en España es un supremo egoísmo que jamás contempla ir más allá del ombligo, como si fuera un pecado pararse a meditar sobre la conveniencia de trabajar para el conjunto de la población.
No se hace porque causa demasiado esfuerzo y la sedación del electorado, con o sin hastío, es absoluta. Por eso Feijóo puede permitirse chulear a la comisión de la Dana y por eso mismo desconocemos por completo qué ocurrió con el apagón del 28 de abril de 2025. A estos dos ejemplos se añade que, mientras los perros de las principales fuerzas ladran siempre con más estrépito, otras no mueven un dedo, crecen en apoyos por incomparecencia de los demás y encima manejan el marco, hasta saturarlo de racismo para con los inmigrantes, a los que demonizan sin decir una sola verdad.
El PP cree poder ganar sin proponer. El PSOE se figura sobrevivir desde el maniqueísmo. El hundimiento se mide desde otros parámetros y es una tragedia que, sin palabras, nos insulta a todos hasta salpicarnos de y con demasiado asco, idóneo para rebelarse, enquistado como la nulidad de la discusión en nuestra provincia.






