En una de esas intervenciones suyas tan recordadas, sobre todo por la prensa, tratando de acertar con el mensaje, el titular y el mejor efecto propagandístico, Joan Laporta afirmó una vez que el socio del Barça debía escoger entre “entre Qatar y corruptos o entre Unicef y limpios”. Corría el verano de 2015 y Laporta acabó perdiendo las elecciones de 2015 ante Josep Maria Bartomeu después de haberlas forzado erróneamente en una maniobra de la que finalmente había salido derrotado y sin argumentos con los que luchar contra el Triplete del Tridente. Batalla inútil en la que estuvo rebuscando aún más, desesperadamente y sin éxito, entre las esencias del barcelonismo hasta dar con aquella declaración sobre los cuatro puntos cardinales del Barça. “El ser ‘Més que un club’ está basado en cuatro principios: Johan Cruyff, La Masia, Catalunya y UNICEF, un club polideportivo y una organización profesional que hace que el club funcione”, repitió una y otra vez.
A la vuelta de unos años, la nave laportista hace ya bastante tiempo que ha abandonado aquel rumbo, adentrándose en otras aguas más turbulentas y procelosas no solo por la fuerza e inercia de sus propios intereses y necesidades. También se siente más a gusto y explícitamente cómodo al margen de ese corsé que no es más que otro embuste de su inagotable repertorio. A Cruyff, y hasta Pep Guardiola, los ha relegado a un pasado del cual ni quiere acordarse, con la estatua de Johan olvidada en algún rincón de las obras y la memoria de Cruyff aparcada porque ya no vende. Hace años que ni siquiera aparece por el Sitges el día anual en que la familia lo recuerda. Solo le mantiene conectado el dinero que el Barça dona -todavía- a la Johan Cruyff Foundation. En cuanto a Unicef, ya fue pateada lejos del Barça y de la camiseta hace dos años y del catalanismo de Laporta apenas se pueden detectar hoy señas visibles.
Todo lo contrario, su cuñado, y franquista declarado, Alejandro Echevarría, ya se deja ver sin recato ni disimulo como cabeza visible de ese estrecho círculo del poder en el que Echevarria es el ‘número dos’ de facto en el orden ejecutivo. Manda, desde luego, más que Rafael Yuste, controla el entorno del primer equipo, vestuario y secretaría técnica (Deco) incluidos, y hasta decide qué directivos pueden estar cerca de Lamine Yamal además de ser el amo y señor del poderoso aparato de seguridad laportista que, a su vez, colabora con la seguridad (trama) corporativa de importantes organismos privados y públicos como el cuerpo de Mossos d’Esquadra.
Alejandro Echevarria ha escalado hasta alcanzar tal estatus de protagonismo y nivel absoluto de mando que él mismo ha sido el único y avispado hombre del presidente capaz de abortar la peor y más efectiva carga submarina electoral contra Laporta. El pasado día 23 de enero, los grupos integrantes de la desaparecida Grada d’Animació, Almogàvers, Nostra Ensenya, Front 532 y Supporters Barça, a punto estuvieron de darle al presidente una cornada mediática que nadie vio venir: la presentación pública de un documento firmado por 10.000 barcelonistas, de los cuales se especula que 6.000 podían ser socios votantes, en el que exigían la reapertura de la Grada d’Animació en su formato original. Solo los servicios de inteligencia del ‘cuñado’ alertaron del riesgo de la convocatoria, amenaza cierta y mesurable que Laporta vio claro cómo deshacer poniendo al frente la operación ‘Keep Calm’ al propio Alejandro Echevarria. Sobre todo, porque los colectivos se negaron a sentarse con la vicepresidente Elena Fort, hartos de sus mentiras, broncas, su obsesión por echarlos y manifiesta manía persecutoria, cuando la directiva les invitó urgente y precipitadamente a fumar la pipa de la paz bajo promesas, en principio serias, de su readmisión.
No hay duda del fondo electoral y oportunista de la maniobra de Laporta, una marcha atrás forzada por la fuerza social de Almogàvers, Nostra Ensenya, Front 532 y Supporters Barça aprovechando la manifiesta y se diría que sorprendente sensibilidad demostrada por miles de votantes -firmantes del manifiesto frenado en el último momento- en abierto desacuerdo con el credo laportista y el severo castigo, la excomunión y el exilio infringido por Elena Fort en nombre del presidente a la Grada d’Animació.
Echevarria lo tiene tan fácil como asegurarles por escrito y con garantías que la Grada d’Animació regresará al punto donde lo dejaron en Montjuïc, en realidad mejor, sin razones para gritar aquello de “¡Barça Sí, Laporta No!”, confortablemente alojados donde -si es que caben sus integrantes- en el espacio reservado en principio para el engendro ‘Gol 1957’ que debía suplantar, previa depuración, selección, anestesia y lavado de cerebro de sus habitantes, la Grada d’Animació.
El papel de Elena Fort
Equivocadamente o no, Almogàvers, Nostra Ensenya, Front 532 y Supporters Barça han creído y parecen confiar (allá ellos) en el ‘cuñado’ y no en la vicepresidenta Elena Fort, inaceptable personaje que, para cerrar el círculo de su deplorable tránsito en este mandato, debería dimitir si le que queda un gramo de dignidad.
Ya no es que Laporta la haya desautorizado otra vez ridículamente de su carnavalesca imagen de la bruja mala para los chicos de la Grada d’Animació. Irse debería ser la consecuencia coherente de su prolongado discurso mediático y en las redes sociales contra acuerdos del club con países árabes como Qatar y Arabia Saudí, enfocado en violaciones de derechos humanos y contradicciones con los valores del Barça. Fort exigió en 2016 retirar toda publicidad de Qatar Airways del Barça, llamando «inútiles» a las directivas por depender de ellos económicamente y frases como «al final, Qatar nos ha dado por el culo» y criticó suplicar «tragar Qatar para salvar el club» en alusión a los patrocinios de Qatar Foundation y Qatar Airways con Sandro Rosell y Bartomeu. También ha rechazado viajar a Arabia Saudita con el Barça por la falta de respeto a derechos humanos, especialmente hacia las mujeres y por sus políticas sectarias y de rechazo al colectivo LGTBI.
Ya hubo de matizar sus principios cuando Laporta escogió cerrar la operación de los asuntos VIP con fondos de inversión de Qatar y de Emiratos Árabes Unidos y se justificó diciendo que «en la vida hay que aceptar contradicciones» y que sus opiniones personales «no son relevantes».
Laporta, además de haber cambiado a su antiguo referente, Cruyff, por su propio liderazgo presidencial -incluso contra Messi, de haber cambiado la Masia por la vergüenza de seguir fichando a jugadores como Vítor Roque, a pesar de que le está salvando la herencia de Bartomeu, y de cambiar Catalunya por su ‘cuñado’ franquista, ahora también se ha deshecho de Unicef en favor del patrocinio de Dubai, o sea por un presunto ingreso para el Barça a cambio de blanquear a otro país de Oriente Medio en el marco de unas políticas de inconfundible proximidad y estrechamiento de las relaciones con Qatar, Arabia Saudita y Emiratos.
El dinero también ha ‘comprado’, eso es evidente, la voluntad de Elena Fort que ya no sale ni a mentir en su otra especialidad, la reforma del Spotify. Su papel en la junta se reduce al de representar una cuota femenina y al de ‘florero’, por desgracia para el barcelonismo y para la imagen y valores del Barça.

