El ascenso de la extrema derecha se explica en buena parte por su habilidad comunicativa. Entiende perfectamente que la política actual está dominada por la emoción, el mensaje corto y el golpe visceral. En un ecosistema saturado de información —sobre todo en las redes sociales—, los relatos simples cargados de miedo, rabia o esperanza impactan y se viralizan mucho más que cualquier argumento elaborado. Conectan directamente con el «estómago» de la ciudadanía en un contexto de atención fragmentada y volátil.
Para la izquierda, asumir esta lógica sin matices conlleva riesgos graves. Primero, la pérdida de complejidad: los proyectos progresistas parten de una lectura estructural de la realidad —desigualdades económicas, crisis climática, derechos sociales, calidad democrática—. Problemas que no admiten soluciones simplistas ni eslóganes vacíos. Reducirlos a consignas puramente emotivas banaliza el mensaje y debilita el proyecto.
Significa también jugar en un terreno ajeno. La derecha populista ha hecho de la comunicación emocional su especialidad: identifica enemigos, simplifica conflictos y ofrece respuestas aparentemente fáciles. Cuando la izquierda compite, pierde singularidad y entra en un campo donde el adversario tiene ventajas mediáticas, culturales y simbólicas. Además, una política sólo emocional erosiona el debate público y la deliberación colectiva, pilares esenciales para una democracia más justa y racional. Las adhesiones puramente emocionales son frágiles y reversibles.
Ahora bien, rechazar la emoción no es viable. La política siempre ha sido —y siempre será— una mezcla inseparable de razón y sentimiento. El reto real para la izquierda es integrar la emoción en una estrategia coherente con sus valores. Sin renunciar al «golpe al estómago» cuando sea necesario ni al «zasca» oportuno, hay que construir una narrativa potente de esperanza y futuro compartido. Una narrativa que supere la denuncia constante y abra espacio para imaginar alternativas reales, concretas y deseables.
Hay que apelar a los grandes valores —solidaridad, dignidad, justicia, cooperación— y transformarlos en ejes emocionales vivos, conectarlos con experiencias cotidianas, historias reales de personas, imágenes que generen empatía profunda y sentimiento de pertenencia. Esto implica explicar ideas complejas de forma accesible: metáforas claras, ejemplos cotidianos, relatos personales y formatos innovadores que acerquen el contenido sin perder profundidad.
Cuando la solidaridad se convierte en la imagen de un vecino que no debe elegir entre comida y calefacción, o la justicia se convierte en la rabia compartida ante un sistema que premia a los privilegiados, la emoción deja de ser volátil y se convierte en un motor sólido del cambio. El camino es combinar la fuerza del sentimiento con la solidez del argumento, la inmediatez del «zasca» con la profundidad de un proyecto colectivo, la utilización inteligente de los canales: redes para movilizar, sin dejar nunca de lado artículos profundizados, debates y formatos largos para formar criterio y combatir la desinformación.
Un referente a estudiar es Zohran Mamdani, que en noviembre de 2025 ganó la alcaldía de Nueva York con una estrategia innovadora. Centró el discurso en la asequibilidad (coste de la vida), hizo un uso creativo y coherente de las redes (vídeos virales, humor, contenido accesible), creó una estética visual potente y movilizó a miles de voluntarios jóvenes con una fuerte implantación territorial. Conectó emocionalmente con sectores amplios —especialmente jóvenes y clases trabajadoras— sin renunciar a una agenda transformadora socialista. Su triunfo demuestra que identificación emocional y coherencia ideológica no son incompatibles.
En definitiva, la izquierda no puede ignorar el poder de la emoción ni quedar atrapada. El reto pendiente es construir una comunicación propia que combine empatía y razonamiento, eficacia y profundidad, movilización inmediata y convicción duradera. Sólo así podrá disputar la hegemonía cultural y política sin renunciar a lo que la define.
