Sobrevivir a un ‘bullying’

Bluesky

Sé de lo que hablo. Lucho contra el bullying desde el momento en que lo sufrí en primera persona. Hace años que hablo de ello, no solo desde la experiencia personal o el activismo, sino también desde una mirada periodística.

Susana Alonso

Y lo que aún no he contado nunca… “Cosas” que tuve que soportar en silencio, aquello que no aparece en los artículos ni en las estadísticas. Y después de más de una década denunciándolo, la pregunta es inevitable: ¿ha cambiado algo? La respuesta es clara: no. De hecho, estamos peor.

El bullying sigue siendo cruel, y se ha sumado el ciberbullying, que no descansa nunca. Las redes sociales lo han convertido en una prisión abierta, sin horarios ni espacios seguros. Mientras tanto, los protocolos educativos son prácticamente inútiles. Sirven para que alguien pueda decir que “se está haciendo algo”, pero no para proteger a las víctimas. Sin una ley estatal contra el acoso escolar y una reforma del código penal que lo trate con la gravedad que merece, nada cambiará.

Hablando con psicólogos, abogados, psiquiatras, periodistas especializados y víctimas directas, hay tres consensos claros. El primero: el bullying casi nunca es el problema único; a menudo es la punta del iceberg. Debajo hay abusos sexuales, violencia física, negligencias y cómplices. El segundo: las instituciones, demasiadas veces, no hacen nada, mientras los agresores, por edad o por el poder de la escuela, gozan de una impunidad insoportable. Y el tercero: el foco mediático casi siempre se centra solo en los casos en los que la víctima se ha suicidado, mientras que las víctimas que siguen vivas reciben muy poca atención. Estas personas, que sufren secuelas físicas y psicológicas profundas y viven con miedo y silencio, quedan a menudo desamparadas, invisibles y sin recursos, cuando precisamente necesitan reconocimiento y apoyo inmediato.

¿Quién puede ser más experto que quien lo ha vivido en primera persona? Y, aun así, ¿por qué hay tan pocas víctimas que se atreven a hablar? Por miedo a represalias o porque han aprendido que denunciar no sirve de nada. Este silencio estructural es responsabilidad nuestra romperlo.

No puede ser que en los medios solo se hable de bullying cuando la víctima se ha suicidado. Este enfoque envía un mensaje perverso: que el sufrimiento solo importa cuando ya es irreversible. Hay que dar voz y protección también a quien lo ha sufrido y sigue aquí.

Este relato mediático deja desamparadas a muchas víctimas vivas, menores y adultos que llegan a sentirse menos víctimas porque no han “llegado al extremo”. No hay víctimas de primera ni de segunda. Sobrevivir no convierte a nadie en menos víctima. ¿Cuántas personas malviven con estrés postraumático, insomnio extremo, agorafobia, culpa profunda o intentos de suicidio sin que nadie lo vea? Una sociedad que solo reacciona ante la muerte está fallando con los vivos… Vivir traumatizado no es vivir: es sobrevivir. No podemos permitir que solo se escuche a quien ya no está o al famoso de turno. Las víctimas que hoy callan no deben pensar jamás que solo serán reconocidas si mueren.

Este silencio institucional se agrava cuando la justicia y la fiscalía no están a la altura. Cuando parece que el agresor está más protegido que la víctima, el mensaje es devastador: “mejor no hablar”. Este silencio institucional también mata. Y mientras miramos escándalos internacionales como el “Caso Epstein”, nos cuesta mirar hacia casa. ¿Por qué casi nunca se habla de la DGAIA? ¿Por qué evitamos hablar claro de la pedofilia? Existe. En las familias, en las escuelas, en las redes sociales. Negarlo solo protege a los agresores.

Y aquí hay otro punto crítico: el silencio social hacia los pedófilos. A menudo se prefiere ignorar, banalizar o esconder estos casos, incluso cuando hay sospechas dentro de las comunidades educativas o familiares. Y a veces, el bullying es la excusa perfecta para ellos…

Por suerte, muchas víctimas estamos vivas. Hablo con ellas. Y con todo respeto hacia las víctimas que ya no están, hay que decirlo claro: siguen siendo una minoría. La mayoría está viva, callada, silenciada o traumatizada. Y todos somos víctimas: los que lo están sufriendo en estos momentos, los que lo hemos sufrido y seguimos vivos, los que ya no están, y las familias de todas ellas que son criminalizadas: “No haberlo llevado al colegio, haberlo sacado antes…”

No es culpa de todos los docentes, ni de todas las escuelas, ni de todos los periodistas… El problema es estructural: un sistema educativo que falla, un sistema judicial que no protege lo suficiente y una libertad de prensa frágil, condicionada por el temor a la querella.

Sobrevivir al bullying no nos hace menos víctimas y nunca debería condenarnos al silencio. Debería ser el punto de partida para protegernos y escucharnos, evitando que se repitan nuevos casos. Hace falta justicia y acción inmediata del Ministerio de Educación y sus consejerías. La única manera de hacerlo es investigar cada caso a fondo y poner la verdad sobre la mesa, para que nadie más tenga que sufrir lo mismo.

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