Llevo días con el deseo de escribir sobre Donald Trump. Si no lo hice hasta ahora es por falta de tiempo y el miedo a que mis palabras queden desfasadas, pero en esto último hay tanto una trampa como una fórmula.
La primera consiste en seguirle el juego, hasta sucumbir a la machaconería del presidente americano. Esa es su fórmula, la de querer estar siempre en el foco, y claro, como los periodistas de medio mundo han acatado el procedimiento no hay modo para escapar del mismo, salvo si respiramos un poco, meditamos con la Historia en la recámara y sacamos algunas conclusiones, quizá válidas para el presente.
Entre ellas, está el recuerdo que no para de torturarme estas últimas semanas. En otoño de 1938 ocurrió un desastre. Adolf Hitler campaba a sus anchas ante la debilidad de las democracias supervivientes en Europa. La primera que lo padeció con creces fue la República Española, con el agravante de ver cómo Francia y el Reino Unido no movieron ficha, a diferencia del alemán y Mussolini, encantados de ayudar a los golpistas del 18 de julio.
En 1938 la situación se había vuelto más bestial si cabe. La primavera deparó la anexión de Austria al Reich, que ahora reclamaba los Sudetes de la República Checa. Para hablar del tema, Hitler aceptó una reunión al más alto nivel de poder en su ciudad de adopción, Múnich, en la que se juntaron los dos dictadores totalitarios junto a la pareja de primeros ministros franco-británica, Édouard Daladier y Neville Chamberlain.
Ambos se bajaron los pantalones y cedieron ante su oponente sin plantarle cara. El premier británico aterrizó en su país ondeando un papel que hablaba de la paz para su tiempo. Sólo Churchill, a la postre su sucesor, criticó ese paripé. Meses después empezaba la Segunda Guerra Mundial.
La actitud de las cancillerías democráticas del Viejo Mundo ante Hitler se conoce como política de Apaciguamiento. Conceder los pequeños anhelos parecía el método para evitar males mayores.
El fracaso de tanta cobardía es un aviso de navegantes para el presente. Trump va crecidito por Venezuela y tiene un estilo propio. Compararlo con el monstruo nacido en Austria sería simplificar todo demasiado, si bien la bravuconería les hermana, así como una visión imperialista que quiere socavar el orden, en nuestro siglo vigente desde 1945.
Pero el hombre del rostro naranja tiene prisa porque, si no pasa nada aún más raro, su mandato finalizará en enero de 2029. Sorprende cómo muchos medios ni siquiera lo mencionan. Sin embargo, si vamos al estricto 2026, Groenlandia, ese trozo de hielo según las palabras de quien aspira a conquistarla, marca una encrucijada en la que Europa no puede repetir el fallo de Múnich en 1938.
Para no imitar a los que antes erraron conviene ser claros y entender que somos una unidad más allá de las banderitas, apostar por un ejército propio que nos prepare para la paz, tal como oyen, y no arrodillarse ante una potencia herida con un líder con pies de barro, con aire desesperado. De otro modo no tiene sentido ese autoritarismo que rompe con las lógicas de su Nación a lo largo de 250 años, caracterizados por una defensa de la Democracia.
El Mundo libre ya no puede cobijarse en trapos con barras y estrellas. Son mejores las de la Unión, que debe dar nuevos pasos de gigante para actuar con la modernidad requerida, capaz de proporcionarle, al fin, un aire de independencia, como cuando somos mayores de edad y asumimos las riendas de nuestro destino, aquí liberándonos de maltratadores. Si en su casa también los vencen ya llegará el momento de volver a establecer lazos, pero mientras tanto romper debe ser balsámico.
