La batalla de Portugal

Bluesky

En su enésima provocación, formulada para erigirse en el nuevo «emperador del mundo», Donald Trump ha aprovechado el foco de Davos para anunciar la creación del Consejo de la Paz («Board of Peace«), una organización multinacional liderada por él que pretende convertirse en la alternativa a las Naciones Unidas.

Hasta ahora, ya han manifestado su intención de añadirse a este club -previo pago de 1.000 millones de dólares- Pakistán, Azerbaiyán, Argentina, Hungría e Indonesia. Otros países que también podrían sumarse a esta iniciativa son los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Turquía, Egipto, Jordania, Qatar, Albania, Kosovo, Israel, Hungría, Marruecos, Kazajistán, Uzbekistán, Baréin, Belorrusia y Rusia, si bien el Kremlin lo condiciona al levantamiento del embargo occidental de sus fondos por la agresión criminal contra Ucrania.

Cabe subrayar que esta estrambótica alianza tiene un denominador común: la mayoría de estos países son regímenes autocráticos y dictatoriales, donde se conculcan los derechos humanos que promulgaron las Naciones Unidas en 1948 y que constituyen la base de la dignidad personal y de la convivencia humana. Este Consejo de la Paz -¡qué cinismo, el nombre!- tiene por objetivo consagrar la hegemonía mundial de Estados Unidos, masacrar a la disidencia política y liquidar a las minorías que molestan, como los palestinos, los kurdos, los armenios, los ucranianos, los yemeníes, los saharauis…

El Consejo de la Paz quiere establecer un nuevo orden mundial dirigido desde la Casa Blanca e impuesto por el gran arsenal armamentístico que tiene el Ejército norteamericano. Quien quede fuera de esta alianza pasará a ser considerado, automáticamente, «enemigo» por Donald Trump… con las imprevisibles consecuencias que esto puede comportar, dado su narcisismo patológico.

Pero el «nuevo emperador del mundo» lo tiene crudo para imponer su vanidosa e inestable voluntad. Los tres mayores bloques geopolíticos del planeta -China, India y la Unión Europea (con la excepción del húngaro Viktor Orbán)- ya han dicho «no» a la operación trumpista de dinamitar las Naciones Unidas. También los vecinos de Estados Unidos, con quienes comparte una larga frontera y una intensa relación histórica -Canadá y México- se han desmarcado y ya han aprendido a hacer frente a las sandeces y menosprecios de Donald Trump.

Para la historia quedará, precisamente, el brillante discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en el foro de Davos, donde rechazó el proyecto imperialista del presidente norteamericano y reivindicó la soberanía y el espíritu cooperativo de los países medios y pequeños que conforman el mosaico planetario, que son la mayoría. Es la reacción de un político inteligente ante las amenazas trumpistas de anexionarse Canadá, como también pretende hacer con Groenlandia.

El presidente Donald Trump ha convertido el mundo en una olla a presión, sin ninguna otra válvula de escape que la ciega obediencia a sus surrealistas pretensiones. Este ultimátum inaceptable ha tenido la virtud de reactivar la autoestima y el sentimiento europeísta, que pasaban por horas bajas, precisamente por el avance en muchos países de la extrema derecha impulsada desde la Casa Blanca.

Pero he aquí que la agresiva intromisión del presidente norteamericano en la integridad europea y su ataque contra nuestra voluntad de construir un proyecto común han provocado que supuestos aliados del trumpismo, como la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni; el primer ministro belga, Bart De Wever, o el líder del Rassemblement National francés, Jordan Bardella, se hayan revuelto con contundencia contra sus pretensiones expansionistas.

(Otra cosa es nuestra extrema derecha -Vox y Aliança Catalana- que continúan obnubilados por los desvaríos del huésped de la Casa Blanca y de su genocida de guardia en Oriente Medio, Benjamin Netanyahu).

La humanidad está confrontada a una disyuntiva decisiva: o la vía imperial que propugna Donald Trump, basada en la fuerza bruta, la represión y la humillación, como vemos en los mismos Estados Unidos con la actuación desmesurada y repugnante del ICE; o el camino de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, surgida después de la catástrofe de la II Guerra Mundial, aunque nos parezca largo, tortuoso y lento.

«Eppur si muove«, que dijo Galileo Galilei. Desde el fondo de los tiempos, la humanidad no ha parado de avanzar y, en muchos lugares del mundo, en especial en Europa, ha sido capaz, después de siglos de guerras y sufrimientos, de organizarse de manera altamente civilizada, democrática y justa.

El mundo según Trump y el mundo según la visión humanista europea libran, este próximo 8 de febrero, una batalla decisiva en Portugal. En la primera vuelta de las elecciones presidenciales, celebrada el pasado domingo 18, los portugueses otorgaron la victoria a António José Seguro (31,11% de los votos). Pero, al no haber logrado más del 50% que marca la Constitución, tendrá que enfrentarse al segundo clasificado, André Ventura (23,5%), en una segunda vuelta definitiva.

António José Seguro, hijo de una familia modesta de la Raya, es graduado en Relaciones Internacionales e inició su actividad política como líder de las Juventudes Socialistas. Ha tenido una carrera política dilatada, con responsabilidades como diputado en la Asamblea de la República y en el Parlamento europeo. También ha sido ministro y secretario general del Partido Socialista Portugués (PSP) entre 2011 y 2014.

Después de un periodo alejado de la política activa, dedicado a la docencia y a la investigación universitaria, anunció su candidatura independiente a la presidencia de la República de Portugal para las elecciones de este 2026, que ha ganado contra todo pronóstico. Su campaña ha pivotado sobre la defensa de los valores democráticos, como antídoto a la polarización, y ha puesto como «prioridad de prioridades» salvar el Servicio Nacional de Salud (SNS).

Seguro se define como un candidato moderado y dialogante, con el objetivo de evitar el extremismo político y fomentar consensos entre partidos para afrontar los retos del país. A pesar de contar con el aval del PSP, asegura que no será un presidente «sombra» del gobierno o de los partidos, sino un jefe de Estado que escucha y representa a todos los ciudadanos de Portugal.

Su contrincante, André Ventura, es el líder del partido de extrema derecha populista Chega, muy vinculado a Vox y que ha convertido la expulsión de los emigrantes y la mano dura contra la minoría gitana en su gancho electoral. Después de conseguir pasar a la segunda vuelta intenta presentarse como el representante de la «nueva derecha» y ha hecho un llamamiento a los electores conservadores y moderados para que se unan a él para «derrotar al socialismo».

Pero esta estrategia no le funciona. El partido de centro derecha PSD, del primer ministro Luís Montenegro, el gran derrotado de estas elecciones, ya ha dicho que no apoya a André Ventura.

Mucha atención a las elecciones de este 8 de febrero en Portugal. En este país -que tantas lecciones históricas puede dar a España- se juega el destino de Europa. No en términos políticos, pero sí morales. La victoria de António José Seguro sería una derrota no solo de la extrema derecha de Chega, sino también del «caballo de Troya» trumpista que pretende desunir y destruir a la Unión Europea.

Como escribe el eurodiputado socialista Francisco Assis: «El combate entre Seguro y Ventura no es una disputa entre izquierda y derecha. Nos lleva a dimensiones más profundas: la civilización contra la barbarie; el racionalismo crítico contra la apelación a las emociones primarias; el universalismo de los derechos contra el particularismo racista y xenófobo; el laicismo contra el ultramontismo religioso; la libertad contra la censura; la tolerancia contra el miedo; la duda inteligente contra los dogmas; los principios de la Ilustración contra el irracionalismo atávico; la democracia representativa contra el populismo; la dignidad del Parlamento contra el circo antiparlamentario; la argumentación seria contra la histeria discursiva; el humanismo contra el envilecimiento de los seres humanos concretos. Es esto lo que está ahora en causa. Hay momentos en la historia en que nos definimos integralmente. Tenemos que escoger entre civilización y barbarie o barbarie contra civilización«.

Una victoria de António José Seguro el 8-F será una reivindicación de la esperanza en los valores humanos y una gran dosis de optimismo para los europeístas. Tarde o temprano, Donald Trump dejará la escena pública. Portugal, siempre Portugal.

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