Hay acontecimientos que, por su desarrollo geográfico y temporal, son muy representativos del devenir de una determinada época. Es el caso, recientemente, de la Supercopa de Arabia Saudí. Ciertamente, tiene poco sentido afirmar que es la Supercopa de España cuando ésta se juega fuera del país de donde son los equipos que compiten por el título y, lo que es peor, cuando se diputa en una zona caracterizada por la vulneración de los derechos humanos más elementales y que no destaca, precisamente, por la defensa de los valores democráticos.
Es posible que algún lector pueda estar pensando que lo importante, en situaciones así, es el desarrollo de los tres partidos que forman el torneo y el desenlace de la final. No comparto esta opinión: los derechos fundamentales no pueden supeditarse a la emoción de una competición que, ya desde el inicio, está desvirtuada por el hecho de jugarse en un país que ha hecho del autoritarismo y la negación de las libertades más básicas (como la de expresión) una de sus banderas. Los cuatro equipos que querían levantar el título (Barça, Real Madrid, Atlético de Madrid y Athletic de Bilbao) habrían tenido que negarse, por una cuestión de ética, a disputar las semifinales y la final en Arabia Saudí. Pero ninguna de las cuatro entidades deportivas quería renunciar a las millonarias compensaciones económicas que han obtenido por el hecho de jugar allí.
Si en líneas generales las estratosféricas cantidades monetarias que mueve el fútbol, y que acaban repartidas en pocas manos, ya son muy vergonzosas, hacerlo en un contexto político y social como el mencionado todavía hace poner más los pelos de punta.
Como señalaba al inicio, este torneo es muy representativo del cambio de era en el que nos encontramos. Un cambio de era marcado por un capitalismo neoliberal, feroz, sin límites y capaz de subordinar cualquier otra cuestión a su objetivo de obtener los máximos beneficios económicos posibles. Y, no siendo menor, un sistema capitalista aliado de un autoritarismo que pisotea los derechos humanos sin ningún tipo de escrúpulo.
Habría sido interesante, aunque es prácticamente imposible dado el número de espectadores televisivos que moviliza una final Barça-Real Madrid, que nadie hubiera visto el partido. Al fin y al cabo, buena parte de los ingresos provienen de los derechos audiovisuales de los grupos de comunicación que retransmiten la competición.
Parece, desgraciadamente, que se ha asumido como normal jugar un partido de esta envergadura en un país que no es una democracia ni mucho menos. La desigualdad creciente en el conjunto de las sociedades, el auge de unos autoritarismos que combaten el pluralismo y la libertad, la sensación de incertidumbre que vive gran parte del planeta, y el individualismo promovido por las redes sociales están provocando que cada vez se cuestionen menos realidades como la de la Supercopa.
Buena parte de la ciudadanía ve el deporte y, especialmente el fútbol, como una distracción o una evasión de un mundo que parece cada vez más cerca del abismo. Tampoco ayuda, evidentemente, el hecho de que muchas noticias que aparecen publicadas en los medios de comunicación sean más bien una invitación a la desesperanza. Y la suma de todos estos factores tiene como réplica que el escepticismo o la discusión pública de determinados elementos políticos y sociales se haya ido evaporando. En consecuencia, esto favorece la consolidación y el crecimiento de aquellos colectivos, sobre todo grandes corporaciones empresariales, que salen ganando más económicamente. Y que quieren ganar cada vez más.
No es casual, pues, que la distancia entre ricos y pobres sea cada vez mayor. En este contexto de desorden en el que nos encontramos, es fundamental no sucumbir al relato de los que defienden que nada cambie, de los que propugnan la indiferencia o de los que emplean el miedo como factor de desmovilización cívica. Los cambios, históricamente, no han sido rápidos ni sencillos. Resignarnos a aceptar que la Supercopa se juegue en Arabia Saudí conlleva menospreciar el elevado precio que pagan algunos ciudadanos por oponerse a la monarquía absoluta y autoritaria de su país, blanquear un sistema político que desprecia los derechos de las mujeres, y contradecir los avances que se han producido en las últimas décadas en España y en Europa.
