En 1979 hubo 18.916.900 días de huelga, participaron 5.713.200 trabajadores con una población ocupada de 12.596.360 personas. En 2024 se registraron 703.178 días de huelga con 231.739 trabajadores participantes dentro de una población ocupada de 21.684.700 personas. Es un indicio de los avances en la transición, de la siguiente parálisis y el retroceso actual.
Lo que los trabajadores consiguen y mantienen mediante su movilización, organización y ayuda mutua, perdura y se consolida; lo otorgado no. La duración media de los contratos de trabajo en 2024 fue de 45 días, 8 menos que en 2021.
La prosperidad compartida, la gobernanza escogida y un proyecto de futuro eran la ilusión que ofrecía el sistema liberal. El neoliberalismo —con la disrupción tecnológica privativa, la globalización mezquina, el oligopolio y la aparición de populismos rupturistas— enriquece obscenamente unos cuantos, impide que el progreso beneficie a todos, hunde la promoción social y profesional e imposibilita la gestión autónoma de vidas y comunidades.
El centre de treball es dissenya segmentat, per desunir els treballadors vinculant-los a empreses diferents, amb escassos terminis d’amortització per facilitar la deslocalització i infondre por. S’automatitzen i simplifiquen els llocs de treball perquè els treballadors siguin substituïbles i prescindibles. La mà d obra humana pot córrer la mateixa sort que els cavalls: innecessària per a la producció moderna.
Los trabajos estables, con sueldos decentes y oportunidades para progresar y hacer carrera, escasean incluso para los que tienen un título universitario. Se suprime el salario personal, se percibe lo que asignan al puesto de trabajo según valoren la exigencia mínima para desempeñarlo. El robot es el equivalente perfecto del trabajo esclavo: cualquiera que compita con un esclavo deberá aceptar la equiparación.
Se presumen derechos ilimitados –civiles, nacionales, biológicos– que pasan a ocupar el centro del discurso mientras la situación real de los trabajadores se deteriora.
Todo ello explica en gran medida el resentimiento de las clases populares contra las élites, —que crece desorganizado e insolidario—, contribuye al distanciamiento político, inclina hacia soluciones sencillas de extrema derecha para problemas complejos y culpabiliza a migrantes, personas empobrecidas y, pronto, a los pensionistas.
L’escriptor anglès H. G. Wells anticipava a La màquina del temps una distòpia futurista en què la tecnologia segrega tant la humanitat que aquesta evoluciona en dues espècies separades: uns en el secret de la tecnologia i les finances, altres pendents de la renda bàsica, la legalització de la marihuana i l’entreteniment adotzenat.
La qüestió que potser té més importància quan parlem de tecnologia és la capacitat de decisió. Les eines digitals es dissenyen per a la vigilància, l’automatització exclusiva i la recopilació de dades amb què manipular el comerç i la política? O per ajudar els treballadors i complementar les seves capacitats? Per generar una desigualtat implacable o una prosperitat compartida? La manera com s’utilitzin i de la direcció que adopti la innovació depèn dels qui prenen les decisions.
No se puede cambiar el rumbo de la tecnología sin revitalizar o crear poderes compensatorios que eviten el «diseño por genios para que lo utilicen idiotas» y la implantación de máquinas y programas informáticos que empoderan a los amos y arrinconan a los trabajadores.
Nos dirigimos hacia una mayor desigualdad no porque sea inevitable, sino por las decisiones de quien ostenta el poder en la sociedad y el rumbo que toma la tecnología. Sin la intervención de unos sindicatos fuertes, la clase trabajadora no tendrá voz ni voto sobre la dirección que debe tomar la tecnología que condiciona la vida humana.
El origen de nuestros problemas actuales radica en el enorme poder político, económico y social que tienen un puñado de empresas, sobre todo las del sector tecnológico y financiero, que se apoderan incluso de los gobiernos democráticos.
Tres principios componen la fórmula para escaparse de nuestra difícil situación actual. Uno: cambiar el discurso insolidario y las normas privatizadoras. Dos: promover los poderes compensatorios, especialmente el sindicato de clase. Tres: impulsar soluciones políticas que transfieran el poder de los accionistas a los trabajadores.









