Estupefacta

Bluesky

Un loco tiene al mundo entero aguantando la respiración sin saber qué hará o dirá en los próximos cinco minutos. El mismo loco que «consiguió» un mal llamado plan de paz para Palestina, donde todavía los israelíes asesinan a los palestinos. El mismo loco que montó un operativo digno de El Equipo A (¿os acordáis?) para secuestrar al presidente de un Gobierno en su casa, asesinando a todo el mundo que se le ponía en el camino. El mismo loco que bombardeó unas barcas porque supuestamente eran narcolanchas, sin ni el más mínimo indicio de juicio y cargándose la presunción de inocencia a golpe de bomba.

El mismo loco que quiere comprar Groenlandia y, si no se la venden, no descarta la acción militar. El mismo loco que un día habla mal de Petro, o de Zelenski, y al día siguiente los recibe llenándolos de honores para, dos días después, volver a darles una buena coz. El mismo loco que dirige un gobierno que justifica que un policía asesine a una mujer de un disparo en la cabeza metiendo la mano dentro del coche porque no ha parado cuando se lo han pedido en una batida antiinmigración que tiene a la mitad de la población acojonada.

Y nos tiene tan entretenidos, el loco payaso multimillonario, que nos olvidamos de que mientras tanto otro autócrata gélido juega a anexionarse el territorio de Ucrania con una guerra que pronto hará cuatro años que dura; y que en Oriente otro loco continúa sus derivas militaristas exterminando a todo un pueblo. Y podría seguir poniendo ejemplos.

Estos personajes gobiernan el mundo, y no es ningún accidente. La teoría política hace décadas que alerta de este escenario: cuando el poder se concentra y deja de tener contrapoderes efectivos, la democracia se vacía por dentro y se convierte en una escenografía. A veces el motor es la economía, otras la vanidad imperial, el control territorial o la necesidad de perpetuarse, pero el resultado es el mismo: derechos subordinados al poder.

La politóloga norteamericana Wendy Brown lo describe como la mutación del ciudadano en mercancía y de la política en simple gestión empresarial, mientras que Hannah Arendt ya advertía de que el peligro no es sólo el tirano, sino la normalización de su discurso hasta que deja de parecer excepcional. Tiempo al tiempo si no acabamos encontrando «normales» las locuras que dicen y hacen.

Pero la realidad es que los Derechos Humanos saltan por los aires. La legalidad internacional queda reducida a papel mojado. Estos multimillonarios autoritarios y neoliberales y esos autócratas de vanidad imperial que necesitan perpetuarse gobiernan el mundo a golpe de talonario o kalashnikov y aquí nadie dice nada.

Ni una manifestación en la calle en ningún lugar del mundo, nada más allá de la gente que está saliendo en Estados Unidos por la actitud de los supuestos agentes del orden en las batidas antiinmigración. Y no es poca cosa lo que está pasando, porque sin reglas el mundo se convierte en una selva donde gana el más fuerte y siempre, siempre, pierde el débil. El filósofo y jurista italiano Norberto Bobbio lo decía mejor que yo: sin normas compartidas, los derechos humanos dejan de ser derechos y se convierten en favores concedidos por los poderosos.

No sé si estoy más cabreada por lo que está pasando o más estupefacta por este aniquilamiento del pensamiento, pero sobre todo por el adormecimiento de la capacidad de movilización. Porque no olvidemos que el neoliberalismo no sólo gobierna economías, sino que también, y sobre todo, gobierna conciencias, individualiza el malestar, fragmenta la indignación y convierte el miedo en rutina. No es casual que no salgamos a la calle, es una victoria política. Y da escalofríos sólo el pensarlo. No olvidemos que Hitler también llegó al poder a través de las urnas, aprovechando el cansancio, el miedo y la desmovilización de una sociedad exhausta.

A pesar de todo, no quiero perder la esperanza de pensar que somos mayoría quienes no queremos este orden mundial, quienes no nos interesan los multimillonarios sin escrúpulos ni los dictadores que juegan con la gente como si fuéramos muñequitos de Playmobil. Pero estoy estupefacta por la tibieza de las respuestas de los gobiernos de todo el mundo, sobre todo los europeos, y por la nula movilización ciudadana. Porque no nos es lejano ni indiferente lo que nos pasa, nos afecta en el presente y más que nos afectará en el futuro. Porque mientras tanto, ellos campan, y juegan, y se divierten poniéndonos el ay en el corazón cada día, pero dejándonos tan estupefactos que no somos ni capaces de reaccionar.

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