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Laporta, ante otra crisis electoral por sus políticas de ‘apartheid’

Joan Laporta (FC Barcelona)

Joan Laporta vuelve a encontrarse en una esas encrucijadas de las que comúnmente quien sale malparado es el socio del Barça. A la pregunta de sobre qué criterio de admisión piensa aplicar a la ampliación del aforo prevista para la Fase 1 C de la licencia de primera ocupación del gol norte del nuevo Camp Nou, la respuesta es incierta, dudosa y, por ahora, otra de esas incógnitas que hasta ahora se han resuelto a favor del clientelismo. Es decir, a favor del turista y el aficionado VIP.

Los términos del misterio por resolver están claramente definidos: se trata de decidir qué porcentaje, quienes y a qué precio los socios del Barça ocuparán las nuevas localidades disponibles al pasar de las 45.401 actuales a las 62.000 contempladas en la siguiente apertura. Hasta la fecha, la directiva de Laporta se ha mostrado reacia, por razones exclusivamente económicas, recuperar el 85% del territorio abonado del Camp Nou antes de la reforma.

Por ahora, Laporta no ha concretado públicamente que vaya a aumentar el número total de socios con pase de temporada más allá del marco actual de 24.800 cuando obtenga la licencia 1C del Gol Nord, aunque sí ha dejado claro que su intención es aprovechar esa apertura para ofrecer nuevos abonos priorizando a socios en excedencia para los que «habrá una segunda oportunidad».

No se ha apuntado, en cualquier caso, una cifra oficial todavía. En diferentes circunstancias, la directiva ha admitido que «habrá un aumento de pases, pero todavía no sabemos la cifra final», dejando entrever que la intención es acercarse a una proporción de alrededor del 60% del aforo, lejos todavía del antiguo 85% de abonados en el corto plazo.

Los afortunados serían unos 14.800 socios que podrían recuperar su condición de abonados. Eso sí, en el formato pase de temporada y, por tanto, sujetos a las condiciones que se vienen aplicando a esta modalidad, la obligación de confirmar antes de cada partido la intención de asistencia, y luego esperar hasta unas horas antes la asignación de una entrada que suele ser de inferior calidad, por ubicación y servicios, de las que prioritariamente se destinan a los visitantes ocasionales, turistas en su mayoría, y a las agencias oficiales de venta.

Seguirían quedando fuera unos 48.000 socios que acumulan ya varias temporadas de excedencia y de irregular, por no decir nula, asistencia al estadio. 33.000, incluso, alcanzando esa paridad histórica del 85%.

La cuestión ahora es que para Laporta no se trata sólo de socios a los que el cuerpo le pide castigar en la misma medida, o más, que a los fieles de Montjuic a pesar de su demostrada lealtad y compromiso. No los soporta en ninguno de los formatos, sean como abonados o como quejosos y legítimos propietarios del FC Barcelona, siempre dispuestos a la crítica y al descontento fácil que, además, según el punto de vista del presidente que lleva años viviendo a costa del Barça, apenas aportan recursos a la caja del club con sus escuálidos abonos y cuotas históricamente tan bajas en comparación con las exigencias presupuestarias actuales.

Pero son votos a corto plazo, a muy corto plazo para ser exactos, que pueden decantar las elecciones en el caso de que colectivamente quieran demostrar su desacuerdo con relación a estas políticas de apartheid laportista sistemáticamente en aumento las últimas temporadas.

La disyuntiva ahora pasa por evaluar la posibilidad de contentar a esta multitud sedienta de Spotify y, ahora sí, impaciente por recuperar sus hábitos de abonado de toda la vida al mismo precio, o muy poco más, que lo dejaron, pues la grada está sin cubrir y la previsión sigue siendo de una larga demora antes de que puedan recuperar su plaza, o una muy cercana, anterior a las obras. Ofreciendo la totalidad del aforo a los abonados en espera, los 62.000 asientos, aún quedarían fuera 23.000 socios, más si se descuentan del aforo disponible las plazas reservadas a compromisos del club.

Por otra parte, sin embargo, Goldman Sachs ya está lo bastante mosqueada con los atrasos financieros derivados de la torpeza de Limak en las obras y sostiene la necesidad de que la mayor parte de las localidades se destinen a la venta por taquilla a los aficionados dispuestos a pagar diez veces más que un socio del Barça, especie ciertamente en peligro de extinción en la visión laportista del futuro.

Laporta sabe cómo echarlos a medio plazo a base de incrementar escandalosamente el precio de los abonos cuando el estadio se termine de una vez. Ahora no puede aplicar ninguna medida extrema y, al contrario, necesita engatusarlos con nuevas promesas que nunca podrá cumplir al mismo tiempo que Goldman Sachs no le va a permitir cerrar una de las vías de explotación previstas en el plan B de la financiación, que ahora mismo pasa por exprimir cada localidad del Spotify a precio de oro. El socio, precisamente, es el peor cliente en cuanto al consumo de restauración y servicios, y apenas se cuentan entre los usuarios de los asientos y palcos VIP.

Tiene un problema importante y de muy compleja solución satisfactoria. O pierden los socios o pierde el club, otro desenlace habitual de la gestión laportista.

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