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Donald Trump nos quiere esclavizar

Jaume Reixach

Periodista de vocació i, per això mateix, fundador i editor d’EL TRIANGLE des de 1990. Militant de la causa per un Món millor
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Nicolás Maduro era un presidente ilegítimo. La descarada manipulación de los resultados de las elecciones del 28 de julio del 2024 fue condenada por la práctica totalidad de la comunidad internacional, que nunca reconoció su supuesta victoria ante Edmundo González. Además, impidió el voto de los 8 millones de venezolanos que han tenido que marchar del país por la dura represión política y el fracaso económico del régimen chavista, a causa del cerco decretado por Washington.

Dicho esto, el secuestro de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores por un comando de la unidad Delta Force del ejército de los Estados Unidos es un hecho de una gravísima trascendencia que, paradójicamente, puede acabar girando como un bumerán contra los promotores de esta operación, el presidente Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio.

El gesto de fuerza que implica la extracción del mandatario venezolano y de su mujer ha sido mediáticamente impactante, pero el mensaje que deja es explícito, inequívoco y rotundamente inaceptable: bajo la presidencia de Donald Trump, los Estados Unidos pueden hacer lo que quieran, donde quieran y cuando quieran, pasándose por el forro la soberanía de los otros países y el derecho internacional.

En el actual contexto geopolítico, este principio amenazante y dictatorial sería aplicable a América Latina, Europa, el Oriente Medio y África. Pero no a otros países que disponen de un importante stock de armamento nuclear, como China, Rusia, India o Corea del Norte, que son intocables a ojos de Washington por su devastadora capacidad de respuesta destructiva en caso de conflicto o de provocación.

En la arquitectura de la condición humana y de todos los pueblos de la Tierra hay un factor básico y determinante: la dignidad. Que el actual presidente de los Estados Unidos se pavonee de actuar como un matón, que puede castigar de manera implacable a todo aquel que no le obedezca o no le ría las gracias, es una pésima y contraproducente carta de presentación.

Por eso, a partir de los hechos del 3 de enero, todos aquellos líderes o partidos políticos de cualquier país del Mundo que muestren su adhesión o sumisión a la despótica manera de pensar y de hacer de Donald Trump lo tienen fatal. Pienso, especialmente, en América Latina y Europa, donde rigen sistemas democráticos: cualquier candidato identificado con afinidades trumpistas y de extrema derecha será epidérmicamente rechazado por la mayoría de la población, que tal vez vive en difíciles condiciones, pero que no renuncia a su dignidad y a su orgullo patriótico.

Es muy saludable, en este sentido, que, ante el secuestro del matrimonio Maduro, los gobiernos de España, Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay hayan firmado un comunicado conjunto de rechazo a esta acción militar unilateral. O que los líderes de siete países europeos -España, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido, Polonia y Dinamarca- hayan hecho pública una declaración de repulsa ante la amenaza de Donald Trump de apropiarse de Groenlandia, porque así lo ha decidido.

Es obvio que el Mundo se encuentra en una situación geopolítica extremadamente peligrosa, azuzada por tres criminales patológicos que quieren imponer sus pulsiones territoriales expansionistas por la vía de la fuerza militar y, si hace falta, atómica: Donald Trump, Vladímir Putin y Benjamin Netanyahu. Estos tres asesinos -que se entienden muy bien entre ellos- tienen que ser identificados, desenmascarados y tratados como personas indeseables y sus países tienen que ser aislados y repudiados por la comunidad internacional.

En el mundo convivimos tres grandes civilizaciones, con raíces seculares: la occidental de matriz europea, la china y la musulmana, que reúnen a la gran mayoría de la humanidad. Después de las traumáticas vivencias históricas que todos hemos pasado, se ha forjado un gran consenso para intentar armonizar el Mundo por el camino de la paz y el diálogo, alrededor de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Precisamente, Donald Trump, Vladímir Putin y Benjamin Netanyahu se caracterizan por querer dinamitar la ONU e ignorar a las instituciones internacionales de control y regulación surgidas después de la II Guerra Mundial. Los humanos, en esta coyuntura crítica, no tenemos que perder el rumbo de la historia, que nos dirige a una globalización pacífica, justa e igualitaria, con respeto del medio ambiente y a la identidad cultural y a la soberanía de cada pueblo.

¿Cómo defendernos de la acción agresiva y genocida de estos tres jinetes del Apocalipsis? De entrada, organizando una gran coalición de países partidarios de las relaciones pacíficas y de las soluciones negociadas. Después, con una gran movilización social mundial para rechazar, frontalmente, cualquier relación con Estados Unidos, Rusia e Israel y, en especial, boicoteando todos los productos que comercializan y que intentan exportar.

La Unión Europea está ante un dilema existencial: fortalecernos o desaparecer, como pretenden los tres sátrapas a los cuales nos enfrentamos. Por eso, hay que combatir y acorralar, antes de que nada, a los grupos fascistas y sionistas que amplifican su influencia a través de las redes sociales y que se están organizando para asaltar el poder, aprovechándose de las libertades democráticas de las que disfrutamos.

La OTAN, bajo el mando de los Estados Unidos, es una alianza fracasada, a causa de la traición de Donald Trump a sus principios fundacionales y operativos. La guerra de Ucrania o las amenazas sobre Groenlandia y Canadá son pruebas fehacientes, con los países europeos dispuestos, más que nunca, a apoyar a Kiev, a Dinamarca y Ottawa. Hay que estructurar, de una vez, un verdadero ejército europeo que, además, ya cuenta con dos países con armamento nuclear disuasivo (Francia y Reino Unido).

Los europeos también tenemos una tarea urgente: lograr la independencia energética, sin ser prisioneros del gas y del petróleo de los Estados Unidos o de Rusia. Implementar nuevas fuentes de energía y nuevos sistemas de movilidad es posible y factible, con los adelantos tecnológicos conseguidos. Pero hay que reaccionar rápidamente y sin dudar en el proceso de descarbonización, que, además, es fundamental en la lucha contra el cambio climático, que ya está aquí.

La tradición y la evolución de la civilización europea, de raíz cristiana, nos impulsa a fortalecer nuestros lazos con los países de América Latina que no quieren ser sometidos por el yugo colonial que les impone Donald Trump. De aquí la gran importancia estratégica de dar luz verde, de una vez por todas, al acuerdo de la Unión Europea con el Mercosur.

El otro gran vector geopolítico tiene que ser el establecimiento de una sólida alianza con los países musulmanes, en especial con los que compartimos la cuenca del mar Mediterráneo, demostrando que las religiones no tienen que ser ningún obstáculo para convivir en paz. Al contrario, más allá de las creencias de cada cual, el mensaje de fondo de las religiones monoteístas, inspirado en valores fraternales y solidarios, nos podría llegar a hermanar, si mantenemos el corazón limpio y una actitud respetuosa y tolerante. Esto es básico para cohesionar la sociedad europea, donde la minoría musulmana que se ha implantado en los últimos años a través de la emigración, merece ser reconocida e integrada amicalmente.

La Unión Europea tiene que disipar sus prevenciones y recelos con China. En el actual contexto geopolítico, Xi Jinping puede ser decisivo para parar la guerra de Ucrania, vista la complicidad criminal que ha emergido entre Donald Trump y Vladímir Putin. También puede ser un gran aliado en la descarbonización de la economía europea y en la necesaria modernización tecnológica que necesitamos para no convertirnos en esclavos de las ambiciones imperialistas del presidente norteamericano.

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