Cuando era pequeño sólo estaban las pantallas del cine. Cada barrio tenía su sala de cine. Era obligado, pues, salir de casa a ver qué echan hoyen la sesión doble y continua. Continua quería decir que si llegabas empezada la peli, después de ver la siguiente te quedabas un poco más para ver la parte no vista de la anterior. Era también tiempo de celuloide, 35mm, proyector de arco voltaico y run run de las bobinas. Se trataba de una actividad colectiva con la familia, amigos y siempre, la gente del barrio.
La siguiente pantalla fue la tele en blanco y negro. Una caja de madera voluminosa marca Telefunken, Iberia, Grundig, Iberia, Vanguard… Con la tele, pelis y series como Viaje al fondo del mar, Thunderbirds, La Familia Munsters, Los Picapiedra, Hechizada, El Fugitivo o buen teatro como Estudio 1, Historias para no dormir y Las Demostraciones sindicales del 1 de mayo, comenzaron a eclipsar programas de radio como Matilde, Perico y Periquín, La comarca nos visita, Pau Pi o El Consultorio de la señora Francis.
Algunas familias vamos a seguir escuchando Radio España Independiente. Continuaban siendo actividades de grupo y nos podíamos mirar y mantener complicidades. La primera retransmisión en color fue en 1969 precisamente con ocasión del festival de Eurovisión con resultado de empate a cuatro: España (Salomé), Gran Bretaña (Lulu), Holanda (Lenny Khur) y Francia (Frida Boccara). Por cierto, Austria no participó en protesta contra el régimen franquista.
A finales de los años 70 llegaron las primeras pantallas de los ordenadores domésticos Comodore, Amstrad, Sinclair y las pantallas de las consolas Nintendo y Atari. Como ya he adivinado comencé a tener una edad provecta.
El siguiente paso importante de las pantallas se dio con la llegada, a principios de la década de los años 2000, de los teléfonos móviles con pantalla táctil que permitía interactuar. Esta capacidad de interactuar con un pequeño ordenador continente de muchos recursos ha sido, como ya sabéis, fundamental para cambiar hábitos personales y colectivos.
No te relacionas con las personas. Literalmente te relacionas con el teléfono/ordenador mediante la pantalla. Fijémonos la cantidad de personas que, en el transporte público, van mirando la pantalla absortos, encerrados en su individualidad, ausentes del entorno. También es cierto que pueden estar mirando anuncios, películas, sintiendo canciones, Instagram o leyendo la prensa o un e-book.
Hace poco observé en el metro cómo una madre sostenía la pantalla ante la cara de su hijo de unos tres años para que siguies una peli de dibujos animados. Y el día que escribí esto otra madre desayunaba con su hijo que miraba atentamente la pantalla de un móvil sostenido en un vaso sobre la mesa de la cafetería.
En la calle debemos prestar atención a las bicis y patinetes que circulan por la acera, a los alcorques vacíos, a las cacas de los perros y a aquellos que caminan mirando la pantalla. Más de una ensoñación he provocado intencionadamente. Yo no modifico mi trayectoria. Normalmente reaccionan con un susto exculpador. Hay que decir que yo mismo he sido protagonista de este autismo tecnológico, faltaría más.
Los animales de tiro acostumbran a llevar lo que en castellano se llama anteojeras y en catalán parece que se llama aclucalls. Unas piezas de cuero que se colocan en el lado exterior de los ojos para que no se espanten y se concentren en el camino que deben seguir consiguiendo un efecto túnel.
Nosotros ya tenemos nuestros acicate que evitan que nos despistemos del camino que señalan los algoritmos. Mientras tanto, el mundo gira incrementando individualidades en sesión continua.










