Desde hace un tiempo, las redes sociales se han convertido en escaparates de hombres —y también de alguna mujer— que exhiben cuerpos musculados con una naturalidad casi provocadora. Selfies delante del espejo, vídeos en el gimnasio, abdominales perfectamente definidos. A menudo este fenómeno se presenta como una expresión de empoderamiento, autocuidado o disciplina personal. Sin embargo, ¿hasta qué punto no estamos ante una nueva forma de presión estética?. El cuerpo masculino, históricamente menos sometido al escrutinio constante, ha entrado de lleno en el mercado de la imagen, y lo hace, sobre todo, sin mucha resistencia aparente.
En los años cincuenta, cuando el estereotipo de masculinidad estaba fuertemente delimitado, aparecieron los teddy boys: jóvenes británicos de clase trabajadora que invertían buena parte de lo poco que tenían en una estética muy concreta. Chaquetas largas, zapatos llamativos y peinados elaborados. La ropa y el cabello no eran sólo una cuestión de vanidad personal era una forma de reivindicación social, de hacerse visibles en una sociedad que los relegaba a la marginalidad. El valor social de aquellos jóvenes no dependía del cuerpo: la masculinidad continuaba vinculada al trabajo, a la fuerza y al rol público. El cuerpo podía embellecerse, pero no era todavía el centro del reconocimiento social. En este sentido, los teddy boys fueron, paradójicamente, pioneros.
Haciendo un gran salto hasta los noventa, emerge la figura de los metrosexuales. Hombres con más capital económico y cultural que aquellos jóvenes trabajadores británicos, que cuidaban la piel, el cabello y la ropa sin pedir permiso. Por primera vez, el hombre heterosexual podía qurerse, cuidarse y mostrarse sensible sin ser automáticamente cuestionado. Era una ruptura simbólica importante, pero también un privilegio. Un privilegio que las mujeres hacía décadas que pagaban caro: mientras ellas eran juzgadas tanto por quererse demasiado como por no quererse lo suficiente, los hombres transformaban el cuidado personal en una opción, no en una imposición social.
Hoy, sin embargo, el foco se ha desplazado hacia el gimnasio, convertido en un nuevo templo contemporáneo. Muchos hombres dedican horas a esculpir el cuerpo, controlando alimentación, el descanso y el entrenamiento con una obsesión que hasta hace poco se asociaba casi en exclusiva al mundo gay. Van más a menudo al peluquero -perdón, estilista- que sus hermanas o sus compañeras, se depilan, se broncean y se someten a rutinas rígidas. Y, sobre todo, se fotografían. Lo que antes ridiculizábamos en algunos hombres mayores —como teñirse el cabello para esconder la edad— hoy lo hacen influencers, actores y futbolistas erigidos en modelos de virilidad y éxito.
Esta generación tiene nombre: spornosexuales. Expresan una masculinidad basada en la fuerza física, la exhibición constante y la validación digital. El cuerpo ya no es sólo un cuerpo: es marca personal, capital simbólico y moneda de cambio. Los likes en las redes representan el reconocimiento social y pasan por el aspecto físico. Pero a diferencia de lo que ocurre con las mujeres, esta presión se muestra todavía como una elección libre, como un hobby o un estilo de vida, y no como una imposición estructural.
La paradoja es evidente: mientras el feminismo se esfuerza en desmontar cánones de belleza opresivos y en reivindicar la aceptación de todos los cuerpos, muchos hombres asumen ideales —igualmente inagotables— sin cuestionar el sistema que los genera. No se trata de competir para ver quién sufre más, sino de entender que el patriarcado también construye trampas para los hombres, aunque no los coloca —aún— en el mismo grado de vulnerabilidad ni de exclusión.
Cambian los cuerpos visibles, cambian los referentes y las estéticas, pero el mecanismo de fondo se mantiene intacto: la definición y la imposición social de lo que es deseable. En última instancia, el espejo no sólo refleja, sino que también disciplina y coacciona y puede convertirse en otra forma sutil de control.





