Hay gente que querría enviar lejos a las personas que le molestan. Cuando esta voluntad afecta a personas que proceden de otros países esa gente dice que hay que deportarlas. A menudo se refieren a personas que han nacido en nuestro país pero que tienen rasgos físicos que no son los que los deportadores consideran que son los que justifican poder vivir cerca de ellos.
Chicos y chicas con la piel negra, oscurecida o amarilla, con los ojos achinados, se sienten decir que se marchen del país donde han nacido y se vayan a su país, un país del que vinieron sus padres o sus abuelos.
Hay gente que se piensa que el país donde viven es suyo y de los que considera suyos. Y de nadie más. Los que vienen de fuera o lo parece tienen que marcharse para que los deportadores sean los dueños del territorio que consideran propio.
Es evidente que la población migrada nos trae ventajas y molestias. Si hay grandes discusiones entre vecinos por la convivencia en una escalera, ¡cómo no debe haberlas con personas que proceden o tienen raíces en culturas diferentes! Si en nuestro país nos discutimos por si unos son independentistas, otros españolistas y otros ni una cosa ni la otra, ¡cómo no vamos a discutir por si unos sacan a pasear a un dios clavado en una cruz y otros creen que sus mujeres no se pueden emparejar con hombres que no profesan la misma religión que ellos!
Si la pobreza afecta más a unas determinadas comunidades es lógico que cometan más delitos contra la propiedad miembros de estos colectivos. Si el machismo está arraigado en las culturas y países de los que provienen no será sencillo hacerles entender el desacierto de esta ideología. No olvidemos, sin embargo, que la violencia de género está muy presente en nuestra sociedad y no podemos responsabilizar de ella a los recién llegados.
El odio daña la convivencia y las sociedades. Debemos ahuyentarlo sin cerrar a los ojos a las dificultades y a los conflictos que causan la pobreza, el desequilibrio entre el poder adquisitivo de los ciudadanos y las diferencias culturales. A la gente que comete delitos se la debe castigar penalmente, sea de donde sea. Sea el compañero de la presidenta de la Comunidad de Madrid o la persona inmigrada que roba una moto y la esconde en el instituto B9 de Badalona.
Pero no hay que votar a personajes como Xavier García Albiol que utiliza la palabra ‘gentuza’ para referirse a todo un grupo de cuatrocientas personas entre los que hay algún ladrón. O que da a entender que comprende que la multitud prenda fuego a un local donde se quiere instalar un grupo de inmigrantes pero que no lo digan en voz alta porque «todo se graba».
Me preguntó qué pasaría si la condena por proferir gritos y consignas de odio contra los inmigrantes o difundirlas en las redes sociales fuese deportar a los que actúan así. ¿Se puede deportar el odio? Todo hace pensar que el nuevo año viene cargado de este odio hacia los diferentes. Un buen propósito para 2026 es que seamos capaces de combatirlo.
Lo iniciaremos con un inmigrante socialista, Zoran Mamdani, asumiendo la alcaldía de Nueva York el 1 de enero. ¡Mejor estreno, imposible!





