«El feminismo es una lucha muy urgente, muy vital»

Entrevista a María Eugenia R. Palop

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María Eugenia R. Palop

Profesora de Filosofía del Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid. Especializada en derechos de las mujeres y derechos ambientales. Militante ecofeminista, fue vicepresidenta primera en la comisión de Igualdad del Parlamento Europeo. Ahora publica Conversaciones urgentes (Icaria Editorial).

¿Qué conversaciones y por qué urgentes?

Se trata de un libro de entrevistas a las que yo entiendo que son grandes voces feministas de este siglo. No son las únicas, evidentemente, pero todas las que hay en el libro lo son. Es urgente porque nace con una vocación: no es un libro de feministas para feministas. Pretende hacer llegar los ejes centrales del feminismo de una manera, digamos, ágil, a todo tipo de público. Por lo tanto, es un libro muy accesible que puede leer cualquiera. Eso me parece importante, porque el feminismo es atacado de manera muy central y con mucha voracidad, y no sólo por parte de ciertas formaciones políticas o movimientos. Hay también una resistencia social al feminismo. Además, al ser un movimiento de un éxito notable, porque es muy propositivo, muy transformador, hay un intento de suplantar el feminismo por parte de ciertos personajes y formaciones políticas, aunque su feminismo es profundamente patriarcal. Es el caso de Giorgia Meloni o Marine Le Pen, que se autodenominan feministas simplemente porque han recogido cuatro puntos relacionados con el feminismo. También está organizado, en parte, el intento de suplantar el movimiento feminista por otros que no son tan transformadores ni tan antisistema. Me parece que convenía poner las cosas en orden y recuperar los planteamientos feministas más genuinos.

El término «cartografía», que utilizas en el libro, hace referencia, quizás, a la necesidad de dotarse de mapas para pasear por un territorio tan amplio y a veces ignoto como el feminismo actual?

El feminismo es un proyecto integral. Relativamente, hace poco tiempo, se incorporó como una ideología política en los libros de filosofía política. Hasta entonces el feminismo era una especie de excrescencia del liberalismo, la socialdemocracia o incluso del marxismo. Trabajo en filosofía política y hago clase, entre otras materias, de las grandes ideologías de nuestro tiempo. Antes eran las que citaba, pero ahora no. El feminismo, como el ecologismo, se consideran ideologías políticas porque son programas integrales, que afectan a la vida cotidiana de la gente, que entran al mundo privado y doméstico y que, por supuesto, se extienden al mundo laboral, empresarial… No tienen un principio y un final. Tienen una vocación, podríamos decir, de tocarlo todo. Un ecologista puede plantear un programa que afecte a su dieta u otro que sea de transformación global. Del ámbito más íntimo hasta el más general. Al feminismo le pasa lo mismo.

En este contexto tan amplio y variado, ¿cuáles pueden ser las cuestiones más relevantes del feminismo actual?

Si nos preguntamos cuáles son los puntos que hoy el feminismo trabaja de manera más intensa, te diría que uno esencial es el de los derechos sexuales y reproductivos. Abarca desde las relaciones íntimas hasta un servicio sanitario que debe permitir abortar, según las condiciones. Está el eje de las violencias, que cada vez tiene más apellidos. Hablamos de violencia sexual, en el trabajo, institucional, económica, vicaría… Hay, por descontado, todo el tema de los cuidados, la interdependencia, que es un deber de civilidad. No tenemos tanto derecho a recibir cuidados como el deber de cuidar. Un vínculo que es interespacial, intergeneracional… Está también la cuestión, que es la que más ha trabajado el ecofeminismo, de la relación de todos nosotros con los recursos naturales, el mundo natural, porque se entiende que ha habido y hay una naturalización de las mujeres, y una feminización de la naturaleza. Todas las políticas de dominación orientadas a la explotación de los recursos naturales son las mismas que sufren las mujeres. El control del cuerpo de la mujer se hace desde la misma lógica que el control del territorio. Por eso el feminismo es también antirracista y anticolonialista.

¿La misma dimensión del universo ecofeminista no puede ser un obstáculo, un hándicap, para su comprensión y manejo en el campo de la sociedad y específicamente de la política?

Creo que el feminismo está muy definido y concentrado, y no sólo en las decisiones teóricas y pretendidamente pedagógicas. De hecho, yo, que he sido eurodiputada, he trabajado durante cinco años en una comisión donde hemos sacado una directiva de violencia contra las mujeres donde se señalan con todos los pelos y señales los tipos penales, cuestiones que son tan reales que pueden acabar siendo utilizadas en un juicio. La directiva de tráfico de mujeres también está muy bien ligada. Creo que el feminismo sí tiene un programa con un impacto muy directo sobre los cuerpos legislativos y las políticas públicas. No hay nada más real que decirle a la Comunidad de Madrid que haga una lista de médicos objetores al aborto. Esto es una conquista del feminismo. Y si hoy en día hay juzgados específicos de violencia contra las mujeres se debe en buena parte al feminismo. Otra cosa es la versión academicista, donde a veces se tratan cosas que interesan a poca gente, o que tienen muy poca traducción real. Pero eso ocurre en todos los ámbitos del mundo académico. El feminismo es una lucha muy urgente, muy vital.

¿Cómo se deben interpretar las palabras de la escritora Rita Segato, entrevistada en tu libro: «Antes luchábamos contra un sistema, ahora por incluirnos en este sistema, para sobrevivir»?

Lo dice autocríticamente. No como una propuesta, sino todo lo contrario. Hemos presentado con ella el libro, en Barcelona y en Madrid. Ella es una militante muy desobediente, por decirlo de alguna manera. Es bastante ácrata. Quiere decir que nosotros tenemos que seguir siendo antisistema. Dice que una de las diferencias sustanciales que existen entre los hombres y las mujeres es que éstas son desobedientes. Los hombres, no obstante, tienen una estructura de poder completamente jerarquizada. Nosotros no pretendemos incluirnos en el sistema.

¿El feminismo global no encubre contradicciones como, por ejemplo, las que puede haber entre, digamos, el «feminismo blanco» y el de las mujeres del tercer o cuarto mundo?

La temática, el programa, no es lo mismo, pero la orientación sí. Las preocupaciones son las mismas. La intensidad de los problemas no es la misma, pero los problemas que sufren las mujeres, por ejemplo, en la India, son los mismos que interpelan a las mujeres en Europa. El feminismo, decía, ha sido antirracista y anticolonial, y eso nos lleva a ser autocríticos. Hay un feminismo de mujeres blancas. Hay una jerarquía entre mujeres, no sólo entre hombres y mujeres. El feminismo tiene una crítica muy potente, y propuestas sobre todo esto. Patricia Hill Collins, entrevistada también en el libro, es una teórica de lo que llamamos interseccionalidad, que es el fenómeno que se da cuando una persona es discriminada por diferentes razones, no sólo por una: mujeres negras, con discapacidad, pobreza… En el mundo académico el feminismo ha sido muy sensible a mujeres de otras razas, clases sociales, migrantes… Incluso a personas del movimiento LGTBQ. El feminismo es muy permeable e incluyente. Luchamos desde el siglo XVIII.

¿Crees, como incluso sostienen algunas feministas, que somos propietarias y propietarios de nuestros cuerpos y que hacemos lo que queremos?

No estoy de acuerdo con esta visión tan simplificada. Además, no tengo una visión del cuerpo como si fuera una propiedad, en términos empresariales. Me parece una visión muy neoliberal y poco compatible con el feminismo. Uno de los adversarios históricos del feminismo es el neoliberalismo. Incluso en el ámbito regulacionista, se defiende la prostitución como un trabajo, el feminismo no coincide. El cuerpo es mío, en términos de individualismo posesivo, es una mala comprensión, desde el punto de vista feminista. Dicho esto, la cuestión de la prostitución (no del tráfico, donde hay un consenso muy amplio) ha generado muchas disputas en el feminismo. Yo soy abolicionista. Creo que la institución prostituyente es eminentemente patriarcal, y sólo nos podemos oponer. Tampoco creo que una relación sexual pueda ser una relación laboral. No considero que la prostitución pueda ser un trabajo, y mucho menos por cuenta ajena. Pero eso no agota todas las posibilidades, porque una también se puede prostituir de manera autónoma, e incluso formar cooperativas. En el feminismo se puede encontrar gente regulacionista y gente abolicionista.

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