Cerramos el primer cuarto del siglo XXI con la certeza que los humanos vivimos al borde del abismo y en un trasfondo marcado por los imprevisibles estragos que tiene y tendrá el cambio climático sobre nuestro hábitat natural. Una concatenación de conflictos bélicos y de elecciones han acabado creando un ambiente internacional altamente tóxico y peligroso que puede estallar en cualquier momento y de cualquier (mala) manera.
Por primera vez desde los años de plomo de la Guerra Fría, vuelve la amenaza de la devastación atómica. El Kremlin ya evoca abiertamente esta posibilidad si no consigue imponer su voluntad en Ucrania, aunque la guerra convencional que comenzó, casi hace cuatro años, haya sido un estrepitoso y ridículo fracaso para sus ambiciones expansionistas.
En la escalada verbal que mantiene con los dirigentes europeos, Vladímir Putin muestra una agresividad y una hostilidad que nos tenemos que tomar muy seriamente. Alguien capaz de provocar una carnicería humana como la de Ucrania, con ataques criminales contra la indefensa población civil y enviando miles de jóvenes soldados rusos al matadero, ha perdido los límites de la moral y es perfectamente capaz, si así lo considera su enloquecido cerebro, de pulsar el botón rojo.
De repente, los europeos volvemos a estar en el ojo del huracán de la historia y el fantasma de las dos catastróficas guerras mundiales del siglo XX vuelve a aparecer en nuestras vidas. Con el agravante que nuestro más sólido aliado militar de las últimas décadas, Estados Unidos, está presidido ahora por un lunático, Donald Trump, que mantiene una perversa complicidad de fondo con Vladímir Putin y que está dispuesto a “vender” a Ucrania y que fomenta descaradamente la desunión y la división del bloque europeo, el principal apoyo que le queda a Kiev.
Del mismo modo que Donald Trump ningunea y humilla a las Naciones Unidas, también está erosionando la cohesión de la OTAN, que solo utiliza para forzar que las empresas armamentísticas norteamericanas hagan más negocio con los países aliados. Además, intenta arrebatar Groenlandia a Dinamarca y anexarse Canadá, dos socios de la Alianza Atlántica. Los drones rusos invaden, una y otra vez, el espacio aéreo europeo, en una provocación inaceptable que tendría que merecer una respuesta fulminante y contundente que no se produce.
Los europeos tenemos que aceptar y tomar conciencia de nuestra soledad. Sabiendo que la Unión Europea está infiltrada por quintacolumnistas, como Viktor Orbán (Hungría), Robert Fico (Eslovaquia) o Andrej Babis (Chequia), que operan en la órbita de Vladímir Putin y Donald Trump y sabotean la imprescindible unidad de acción en estos momentos críticos.
Desde EL TRIANGLE defendemos el pleno apoyo de la Unión Europea a la heroica lucha del pueblo ucraniano por su independencia y plena soberanía territorial. También manifestamos nuestro decidido compromiso a combatir, con la fuerza de las ideas y de las palabras, el nuevo rostro multiforme del fascismo, en nuestra casa y en todos los países donde está proliferando. Ante los graves embates que sufre, nos ratificamos en la plena validez y futuro del proyecto de integración europea, como un espacio de paz, de libertad, de tolerancia, de igualdad y de justicia social.





