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Las opíparas comidas de estas fiestas son un suplicio para las personas con trastornos de la conducta alimentaria

Els afectats per TCA viuen aquestes festes molt malament

Els afectats per TCA viuen aquestes festes molt malament.

Andrea Gabarró

Andrea Gabarró López, periodista interessada en els conflictes socials.
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La Navidad, ese ritual que se vende como refugio cálido, puede convertirse en una prueba de resistencia para quienes viven con un trastorno alimentario: la mesa deja de ser lugar de encuentro para ser escenario de vigilancia, culpa y miedo. Mientras los anuncios repiten que “todo es alegría”, distintas unidades especializadas en trastornos de la conducta alimentaria (TCA) han registrado un aumento de entre el 20% y el 40% de nuevos casos y urgencias relacionadas con estos trastornos desde la pandemia, según servicios de salud y revisiones recientes.

En España, profesionales de la red pública y concertada alertan de que cada vez llegan pacientes más jóvenes, con casos atendidos a partir de los 9 años, y de un incremento en hombres y personas adultas que llegan a consulta tras años de silencio. Sociedades científicas y asociaciones especializadas coinciden en que los TCA afectan sobre todo a adolescentes y mujeres jóvenes, pero advierten de que la presión estética y la exposición constante a cuerpos “normativos” en redes sociales han disparado las comparaciones y el malestar en casi todos los grupos de edad.

Un periodo especialmente estresante

En ese paisaje, la Navidad condensa casi todos los detonantes posibles: comida omnipresente, reuniones largas, pérdida de rutinas y cultura del comentario fácil sobre cuerpos y platos. La psicóloga Patricia Barba, especializada en TCA, autoestima e imagen corporal, lo sintetiza así: “El papel de la comida como protagonista es clave. La gente se junta muchas veces solo para comer y, cuando hace tiempo que no nos vemos, la costumbre es hablar de cómo vemos al otro: ‘te veo muy bien’, ‘estás muy delgada’, ‘has engordado’… Ese tipo de frases hace mucho daño”.

Desde principios de diciembre, explica, ve en consulta “más ansiedad anticipatoria, más problemas de sueño y más ganas de evitar reuniones familiares” entre pacientes que saben que les esperan varias comidas festivas. Guías clínicas y materiales de asociaciones especializadas coinciden en que la Navidad puede ser un periodo especialmente estresante para quienes conviven con un TCA porque la comida se convierte en protagonista durante días y se multiplican las ocasiones para comparar cuerpos y raciones.​​

“Nadie se fiaba de mí”

Ada Sánchez lo sabe bien. La primera Navidad que pasó “en recuperación” fue, paradójicamente, una de las más duras de su vida: venía de meses de restricción extrema y llegó a diciembre con un ultimátum médico —15 días para subir de peso o ingreso— en pleno calendario de comidas familiares. “Sentía los ojos de todo el mundo encima de mí, sentía que nadie se fiaba de mí”, recuerda al pensar en aquellas sobremesas en las que alguien la acompañaba incluso al baño para asegurarse de que no vomitaba. “Pasar de no comer nada a tener que afrontar unas Navidades y que todo el mundo espere de ti que comas como si no te pasara nada es fuerte”, admite. Antes de que el trastorno lo invadiera todo, las cosas eran distintas: “Siempre me ha gustado comer y disfrutaba mucho de los encuentros de Navidad; repetía si me gustaba algo y no me preocupaba”, cuenta, aunque esa etapa quedaba ya lejana y algo difusa. Hoy, ya recuperada, mira de otra forma el ruido que rodea a la mesa: “Existe, en general, una narrativa alrededor de las comidas de Navidad peligrosísima: ‘verás cómo nos pondremos’, ‘en enero tendremos que ir al gimnasio’, ‘nos estamos pasando mucho’… Son mensajes aparentemente inofensivos, pero que pueden afectar mucho a quienes tenemos alrededor”, admite.

Romina Villar, en cambio, no tiene un “antes” nítido al que volver. Su equipo terapéutico sitúa el inicio del trastorno en torno a los 9 años, a partir de diarios infantiles donde se leía “no quiero comer” u “odio la comida”, aunque ella no guarda recuerdos claros de aquella época. Esa historia derivó más tarde en una bulimia nerviosa y, con 25 años, sigue en proceso de recuperación: “Siempre digo que he empezado a vivir a los 23 años, cuando salí del ingreso hospitalario; no tengo recuerdos de una vida sin esto”, resume.

Para ella, la palabra Navidad trae una imagen inmediata: una mesa larga, mucha comida y el miedo a descontrolarse, engordar y tener luego que “compensar”. Vive las fiestas como una coreografía milimetrada para sobrevivir a la mesa: pregunta siempre qué habrá de menú, planea sentarse junto a su padre y su hermano para sentirse más segura y admite que otros años se imponía una “predieta de Navidad” para llegar a las comidas con la sensación de tener algo bajo control. “Lo que más me choca es ver toda la comida en la mesa y el miedo a descontrolarme, a querer probarlo todo porque son cosas que me he prohibido durante años”, se sincera.​

No hace falta opinar del cuerpo de los demás

En ese contexto, los comentarios pesan tanto como los platos. Ada recuerda los “has adelgazado mucho” o incluso los “estás muy guapa” de familiares lejanos como cuchillos envueltos en celofán: “Te llevan a pensar: ‘si ahora estoy guapa, cuando suba de peso dejaré de estarlo’”. También le dolían las frases genéricas de sobremesa —“madre mía, cuánto hemos comido”, “este postre es una bomba”, “ahora ayuno de dos días para compensar”— que colocan al cuerpo y a la comida en el centro y alimentan la culpa.

Romina coincide en que lo que más le hiere no son tanto los “aprovechad que es Navidad” dirigidos a todos, sino las observaciones sobre su cuerpo y su vida: “Te veo más gordita, más delgada”, “este año no tienes pareja”… “Lo atribuyo todo a mi cuerpo”, admite. Por eso, si pudiera parar una comida navideña y dirigirse a todas las familias, pediría algo muy simple: “No hace falta opinar del cuerpo de los demás. Aunque tu intención no sea hacer daño, no sabes por lo que está pasando la otra persona. Mejor mantenerse callado”​, sentencia la joven.

Limitar los tiempos de sobremesa

Patricia Barba coincide en que ahí se juega una parte importante del sufrimiento. Recuerda que no solo habría que evitar comentar el cuerpo o la cantidad que come la persona con TCA, sino también el de cualquier otro comensal, y que la mesa no es el lugar para hablar del trastorno en sí. Propone pactar de antemano con la persona afectada una palabra o gesto de seguridad para poder levantarse, limitar los tiempos de sobremesa y retirar la comida de la mesa cuando ya no se está comiendo, de forma que el encuentro pueda seguir sin que el alimento sea protagonista permanente. Al mismo tiempo, insiste en que los TCA son condiciones multifactoriales en las que pesan la presión estética, la cultura de la dieta, las dinámicas familiares y la falta de herramientas para gestionar el malestar, y que la pandemia y el auge de las redes sociales han amplificado todos esos factores, con un aumento de casos y una edad de inicio cada vez más temprana. “Las dietas son un factor de riesgo: en prácticamente todas las personas con las que he trabajado hay historia de dietas antes del trastorno”, señala.​​

La posibilidad de estar mejor existe

Ni Ada ni Romina hablan de una recuperación simple o lineal. Ada señala a su madre como figura clave: fue quien buscó ayuda, sostuvo el proceso y, al mismo tiempo, la confrontó con el sufrimiento que la enfermedad causaba en casa. “Mi proceso de recuperación fue lento y muy poco lineal”, explica. “Físicamente he recaído pocas veces, de manera anecdótica, pero mentalmente no considero que me recuperara rápido para nada; es ahora cuando por primera vez empiezo a sentirlo así.” Hoy se siente más cómoda en su cuerpo, ha aprendido a poner límites a ciertos comentarios y habla de un “pacto de convivencia” familiar que evita determinadas conversaciones en la mesa. Romina insiste en que no ve la salida clara, pero se agarra a las historias de otras compañeras: “Aunque yo de momento no haya salido, sí que he visto a compañeras que han salido de esta, y si ellas han podido, todas las otras personas que estamos pasando por esto también podemos”.​

A pesar de todo, ni Ada ni Romina quieren que el reportaje se lea solo como una advertencia. Ada piensa en quien pase estas fiestas atrapada entre la culpa y el miedo: “La posibilidad de estar mejor existe, por muy difícil que parezca. La culpa es un monstruo que se disfraza de aliada para secuestrarte y quitarle luz a tu vida”, advierte. Romina, que aún no ve el final del túnel, se aferra a algo sencillo: que nadie debería sentirse obligado a “estar bien” ni a comer como el resto para no arruinar la fiesta. Entre las dos, y con el marco de Patricia, recuerdan que una Navidad menos perfecta —con menos comentarios, menos exigencias y más pactos— puede ser, para muchas personas, la única forma posible de seguir sentándose a la mesa.

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