Badalona rota

Bluesky

Estos días navideños estamos viendo todo tipo de reacciones a raíz del desahucio masivo e inhumano de centenares de personas que se refugiaban en el antiguo instituto B9, un edificio abandonado en el barrio de Sant Roc de Badalona. La actuación, calificada por muchas entidades y vecinos como salvaje y profundamente insensible, ha generado una oleada de indignación que ha traspasado las fronteras del barrio.

Varias voces señalan que uno de los discursos más ruidosos ha sido el del alcalde García Albiol (PP), que -según estas mismas voces- ha presentado la operación como un éxito de gestión, incluso vanaglorándose de haber dejado en la calle a personas que simplemente intentaban sobrevivir en unas condiciones extremadamente adversas. Para mucha gente, esta actitud transmite poca habilidad política y una falta de humanidad difícil de entender en un momento del año que, simbólicamente, apela a la compasión, el cuidado y la convivencia.

Nos guste o no, estas personas desalojadas son vecinos y vecinas nuestros, personas que llegaron a Badalona buscando una vida más digna. No es un fenómeno nuevo en Badalona, ya que durante la década de los años sesenta, miles de familias llegaron a la ciudad procedentes de otros territorios del Estado español huyendo de la pobreza y la falta de oportunidades. Tanto aquellos como los de ahora comparten una misma realidad: son seres humanos luchando por vivir con dignidad, una dignidad que les fue negada en sus lugares de origen y que, desgraciadamente, también se les niega cuando se les expulsa sin alternativa en pleno invierno.

Pero, ante esta actuación institucional que se ha percibido como fría, algunos dicen criminal, y desconectada de la realidad social, ha emergido una respuesta que el alcalde no se esperaba: la fuerza de la solidaridad vecinal. Entidades sociales, colectivos de barrio y personas anónimas reaccionaron de manera inmediata, organizándose para ofrecer comida, mantas, alojamiento temporal y apoyo emocional. En cuestión de horas, lo que había sido un acto de desprotección se transformó en un ejemplo de comunidad, empatía y responsabilidad colectiva.

Este contraste -entre una gestión institucional que muchos han percibido como distante, rígida y carente de empatía, y una ciudadanía que se moviliza sin dudarlo- ha dejado en evidencia una realidad incómoda: cuando las instituciones fallan en su responsabilidad de proteger a los más vulnerables, es el vecindario quien sostiene el tejido social.

La frialdad con la que se han tomado decisiones que afectan directamente a la vida de personas sin recursos ha sido, para mucha gente, un golpe profundo y difícil de asimilar. En un contexto en el que se esperaría sensibilidad, capacidad de escucha y una voluntad real de encontrar soluciones humanas, la respuesta institucional ha sido percibida como mecánica, burocrática y sorprendentemente distante. Más que una gestión pensada para proteger, ha parecido una operación administrativa ejecutada sin mirar a los ojos de las personas que sufrían las consecuencias.

Esta forma de actuar ha generado la sensación de que las instituciones han priorizado los procedimientos por encima de las personas, como si el sufrimiento humano quedara relegado a un segundo plano. Detrás de cada rostro desalojado hay una historia, una lucha, una fragilidad que se ha visto ignorada. Muchos vecinos y entidades sociales han expresado que esta desconexión emocional -este absentismo de compasión- es especialmente dolorosa en un momento del año que, simbólicamente, apela al cuidado, la comunidad y la responsabilidad colectiva.

El resultado es una herida moral que no proviene sólo del desahucio en sí, sino de la manera en que se ha gestionado: sin calidez, sin empatía y sin la voluntad de acompañar a personas que ya vivían en una situación límite. Para mucha gente, esta actitud institucional ha sido un recordatorio incómodo de hasta qué punto las estructuras públicas pueden quedar alejadas de la realidad cotidiana de los más vulnerables.

Esta falta de calidez y sensibilidad del alcalde -señalada por numerosas entidades y vecinos y vecinas- ha generado una sensación de desamparo que contrasta profundamente con los valores que solemos asociar a estas fechas.

Y, sin embargo, ante esta frialdad, esta xenofobia, ha emergido una fuerza mucho más poderosa: la solidaridad espontánea del vecindario de Badalona. Familias, entidades sociales, colectivos de barrio y personas anónimas han reaccionado con una rapidez y una generosidad que han superado cualquier previsión. Han ofrecido comida, ropa, espacios de acogida, apoyo emocional y, sobre todo, algo que ninguna administración puede decretar: humanidad.

Este gesto colectivo ha demostrado que, incluso en los momentos más oscuros, Badalona sabe reconocer la dignidad de todas las personas. La ciudad ha hablado a través de sus acciones, y el mensaje es claro: la indiferencia y la xenofobia no nos representa; la solidaridad sí.

Es esta respuesta comunitaria, y no la frialdad y la desidia institucional, la que refleja el verdadero espíritu de estas fechas y lo que debería guiarnos durante todo el año.

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