En España, una de cada cinco personas sufre soledad no deseada y en Cataluña casi uno de cada cinco adultos dice sentirse solo, una herida que se agranda en diciembre para mayores y personas sin hogar, cuando las luces y los brindis contrastan con vidas marcadas por duelos, precariedad y vínculos rotos.
En España, la soledad no deseada afecta a alrededor de una de cada cinco personas adultas, según el Barómetro 2024 elaborado por Fundación ONCE y Fundación AXA dentro del Observatorio SoledadES. En Cataluña, el 18,4% de los adultos declara sentirse solo y un 12,6% lo hace de forma crónica, de acuerdo con el Barómetro de la soledad no deseada en Cataluña 2024. La Navidad no figura en esos gráficos, pero sí en los relatos de quienes la atraviesan en soledad: en los grupos del Parc Sanitari Sant Joan de Déu, algunas personas mayores describen estas fechas como “una muerte en vida, un pozo sin salida” que se hace más hondo cuando todo alrededor parece hablar de familia y mesas abundantes, y su coordinador, el enfermero especialista en salud mental Jordi Ramon, calcula que hasta un 18% de las personas ha intentado quitarse la vida, en línea con estudios que vinculan soledad y riesgo suicida en la vejez.
“Acabar en la calle sí o sí”
Núria, hoy residente en el centro La Llavor de Sant Joan de Déu, representa con claridad la realidad tras las cifras. Tras denunciar a un compañero por intento de agresión sexual y comprobar que él mantenía su puesto, cayó en una fuerte ansiedad que la llevó a coger la baja laboral. Perdió el subsidio por faltar a una cita médica y, con el piso familiar en venta, comenzó a encadenar sofás ajenos y habitaciones prestadas hasta temer “acabar en la calle sí o sí”. Durante meses, entre miedo y vergüenza, evitó pedir ayuda —desconocía los recursos públicos— mientras agotaba ahorros y veía enfriarse sus lazos personales. Su experiencia refleja lo que advierten los estudios sobre sinhogarismo femenino: muchas mujeres agotan primero las redes informales antes de acudir a los servicios sociales, por miedo a una calle insegura.
Para Núria Zapata, directora del programa de vivienda compartida de Sant Joan de Déu, la soledad que deja el sinhogarismo es sobre todo una fractura de vínculos: “Es la ruptura de la cadena de afectos que te sostiene: pierdes la red, el pasado y la sensación de que a alguien le importó que acabaras en la calle”, resume, y añade que esa marca persiste incluso cuando ya hay llave y colchón, como le cuentan muchas de las personas que acompaña. Núria, que vive en La Llavor, confirma ese diagnóstico al explicar que “te sientes como si no tuvieras sitio en ninguna parte, como si sobrases en todos los sitios”, y cuenta que ha encontrado algo de arraigo en la relación con otras mujeres del recurso y en el cuidado diario de su perro, Tet, diminutivo de “Petitet”, que la obliga a salir, sostener rutinas y no “tirar la toalla”.
El contexto social juega en contra: la memoria 2024 de Sant Joan de Déu Serveis Socials describe un mercado laboral más desigual, una oferta de vivienda social “muy residual” y un aumento desmesurado de los precios del alquiler, que dificultan el acceso a una vivienda digna, especialmente a quienes viven de prestaciones o en exclusión severa, y en ese marco la entidad acompañó en 2024 a 1.065 personas con 468 plazas residenciales y 136 viviendas de inclusión en Barcelona, Badalona, Calella y otros nueve municipios.
La soledad se dispara entre quienes tienen problemas de salud mental
Los datos muestran que la soledad no deseada no es solo cosa de mayores, pero sí los golpea con especial dureza cuando se cruza con el calendario. El Barómetro estatal recoge que afecta en torno a un 20% de la población general, con especial incidencia entre jóvenes —aproximadamente un tercio en la franja de 18 a 24 años— y entre personas mayores que viven solas, donde uno de cada tres se siente sola sin desearlo; el estudio catalán subraya que en esa comunidad el 18,4% de los adultos declara sentirse solo y que la soledad se dispara entre quienes tienen problemas de salud mental, hasta superar la mitad de los casos, algo que Jordi Ramon ve cada día cuando personas mayores con ansiedad o depresión describen la soledad como “un pozo del que cuesta incluso imaginar la salida”.
Las fiestas intensifican la soledad: “Puedes ir a muchas actividades y seguir sintiéndote solo si no recuperas el sentido de pertenencia”, explica Jordi. Sus grupos agradecen las llamadas y visitas de diciembre, pero sienten una “visibilidad de temporada” que se apaga en enero, dejando un vacío emocional difícil de sostener cuando la rutina vuelve al silencio. La guía sobre soledad no deseada en mayores de Sant Joan de Déu propone ir más allá de las pastillas o las agendas llenas y apostar por escuchar, dejar de infantilizar y fomentar modelos de cuidado donde la persona recupere voz y vínculos reales, recordando que acompañar también significa dar tiempo y presencia, no solo recursos.
“Cuesta muchísimo volver a confiar”
En el caso de las mujeres que han pasado por el sinhogarismo, la Navidad añade capas a una soledad atravesada por el género: Núria Zapata señala que, antes de dormir al raso, muchas han aceptado sofás a cambio de sexo, trabajado como internas sin contrato ni horario o encadenado situaciones de violencia y abuso, y Núria condensa esa herida en una frase: “Nos cuesta muchísimo volver a confiar, sobre todo en los hombres; a la mínima salta la alarma”.
Sant Joan de Déu ha respondido con una red de recursos que combina centros residenciales, programas de vivienda primero y pisos compartidos, con servicios específicos para jóvenes, mujeres, familias y personas mayores; mientras tanto, en el plano íntimo, Núria admite que ha tenido que “aprender a vivir con la soledad, incluso a quererla un poco, porque si no acabas malviviendo”, y ya no espera que la llamen por Navidad, mientras Jordi, como experto, se resiste a aceptar esa resignación como destino colectivo y repite que la soledad no deseada, que afecta a una de cada cinco personas en España, exige miradas sanitarias, sociales y políticas, pero también gestos mínimos —un hola, un cómo estás, una silla más en la mesa— que no desaparezcan cuando se apaguen las luces.
*Puedes leer el reportaje íntegro en la edición de esta semana de EL TRIANGLE












