Multar por beber agua de una fuente

Bluesky

Quizás ya ha pasado un tiempo, y bien es sabido como en nuestra época muchas noticias caen en el saco del olvido a gran velocidad, como si nunca hubieran existido.

Susana Alonso

El ayuntamiento de Martorell decidió multar con 750 euros a todas aquellas personas que llenen garrafas con agua de las fuentes públicas. La causa alegada para tomar esta medida, aprobada con los votos de Junts y el PSC, es el pánico en el empleo.

Sólo con el último párrafo bastaría para escribir una tesis doctoral que reflejase todas las preocupantes derives de nuestra época. Aquí no disfruto de tantísimo espacio, por lo que optaré por una serie de reflexiones unitarias.

Podríamos empezar con un poco de Historia. Después de la Guerra Franco-prusiana de 1870/71 el filántropo británico Wallace decidió dar a la ciudad de París una serie de fuentes para evitar carestías de líquido elemento para la ciudadanía. Por entonces el agua en casa no era nada frecuente y su idea se esparció por la Vieja Europa, donde todavía sobreviven los diseños originales, visibles, entre otros lugares, en Barcelona.

La ciudad condal y Roma destacan ahora por ser de las pocas urbes en todo el mundo con centenares de fuentes públicas. Las nuestras deben datar de finales del siglo XIX. Algunas de ellas, como una en el Poble-Sec en el cruce de Margarit con Elkano, fueron fundamentales para aprovisionar a todo un barrio. Las mujeres iban con cántaros, los llenaban y así podían cocinar y dar de beber a la familia, además de emplear el agua para todo tipo de usos.

En la Ciudad Eterna estas fuentes se pueden encontrar en toda su superficie y sus habitantes las conocen como nasoni, pues tienen forma de nariz y forman parte del paisaje local.

En África se decía, lo recuerdo muy bien, como parte de sus problemas podrían desaparecer si cada población tuviera una fuente a una distancia inferior a veinte kilómetros, lo que a nosotros, occidentales, nos parece una barbaridad, pero para los que viven en el continente negro sería un remedio a hambres, desnutriciones y propiciaría abastecimiento cotidiano.

Como se puede observar a partir de pocos ejemplos las fuentes son un bien necesario que no surgió de la nada. De hecho, está bien claro, responden a necesidades básicas de nuestra especie. El mecenazgo de Wallace y los dos casos mediterráneos mencionados exhiben cómo nuestros antepasados consideraban el agua un bien común que debía distribuirse a toda la población.

El paso de los años y los avances tecnológicos no han hecho mermar esta dinámica, excepto por tiquis miquis que piensan en cómo los perros beben y otros más favorables a beber líquido elemento embotellado. Por otro lado en las ciudades, como en la capital catalana, los impuestos en este aspecto son abusivos y, como todo el mundo la necesita, nadie se plantea hacer una huelga para echar a una compañía que se lucra sin satisfacer las necesidades ciudadanas ni justificar el porqué de sus elevadas ganancias.

En Martorell lo que apreciamos es un punto extra de este partido. De vez en cuando las fuentes son exclusivas de aquellos que ocupan viviendas, como si no hicieran servicio a cualquier habitante de la localidad, sobre todo a los más pobres, que pueden satisfacer sus urgencias mediante una práctica noble y antigua que no gusta a los dos partidos hasta ahora hegemónicos en el Principado.

Decir que las multas son por el fenómeno okupa suena a muy grotesco, de un populismo poco propositivo y medio dictatorial, alejado de lo real por voluntad de asegurar ganancias para unos pocos y, de paso, liquidar cualquier viejo símbolo de civilización interclasista. Así, de como quien no quiere la cosa, Cataluña mueve ficha para cargarse un rasgo identitario asumido para un % poderoso de su población, la misma que ha aprendido a distender el grano de la paja y ha perdido el miedo a la avalancha de noticias sobre los okupas, en general con tendencia en los bajos comerciales de los edificios, es decir, en espacios que no son domicilios, si bien, todo hay que decir hay excepciones.

La ciudadanía, a la que menciono aquí desde una preocupación colectiva, también observa cómo la clase política adquiere de a poco una tendencia a robar elementos que son cruciales para cualquier democracia. Una fuente lo es, como una plaza o una escuela. Sin los mismos, ya lo decía Pérez Andújar, el sistema se empequeñece y ahora la tormenta se hace fuerte desde preceptos cínicos que quieren privatizar y hacer correr la voz sobre peligros bestiales, cuando los que de verdad nos dan miedo son tratados de manera banal. Hablan de ocupaciones de casas, captan el agua en las grandes ciudades y multan el sentido común de «si quieres agua bien fresca en la fuente tienes que ir» mientras simulan moverse, pero la palabra público desaparece de a poco de su vocabulario.

(Visited 41 times, 4 visits today)

HOY DESTACAMOS

Deja un comentario